Javier Campos Morales, S.J.

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COLUMNA

Cielo y tierra

Lecciones de la Antártida

Pidámosle a nuestra Madre que aumente nuestra fe, y nos recuerde que somos hijos del mismo Padre. Y encomendémosle nuestro mundo tan lastimado por conflictos que generan odio y deseos de venganza.

10 diciembre, 2022
Lecciones de la Antártida
El objetivo es poder anunciar el evangelio y la buena noticia para las familias. Foto: Especial
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Es escritora católica y creadora del sitio web Ediciones 72, colaboradora de Desde La Fe por más de 25 años. 

Nada más viendo el documental daban ganas de envolverse en un cobija y beber algo calientito. Trataba sobre la Antártida, el lugar más frío (la temperatura puede bajar a -89 grados centígrados, ¡brrr!), y el menos habitado y con menos flora y fauna de todo el planeta. Descrito como ‘desierto de hielo’, en su monótono paisaje dominan dos colores: el azul de cielo y mar, y el blanco de la nieve que cubre lo que podría llamarse ‘tierra firme’, pero de firme no tiene nada porque abajo está el océano. Curiosamente, aunque el 98% del territorio está cubierto de hielo, es el lugar más seco del mundo, pues no llueve. Es también el de los vientos más fuertes, y el de mayor contraste entre luz y sombra, pues no hay días y noches: durante meses el sol brilla intensamente (y sus rayos reflejados en la nieve afectan la vista y queman la piel), y durante meses todo está completamente oscuro.

Y uno se pregunta: ¿vive alguien allí? Y, de ser así, ¿a quién se le podría ocurrir ir a un lugar en el que nunca verá un árbol ni una flor, y tendrá que aprender a comer foca?

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Pues sí, hay quienes viven allí. Son personas que a pesar de lo que se pudiera pensar no son tontas, locas o masoquistas. Son gente de mente brillante y un objetivo en común: poner sus conocimientos al servicio de la humanidad.

Es poco conocido que en la Antártida conviven científicos de al menos treinta nacionalidades, dedicados a realizar investigaciones interesantísimas. Por ejemplo, el documental mostró una en la que extrajeron del suelo un tubo de hielo de 20 cm de diámetro por 3 kilómetros de largo, al que le hicieron cortes transversales para analizar sus burbujas de aire y así determinar el estado de la atmósfera en la tierra durante los últimos ochocientos mil años.

Y si a estas alturas alguien se pregunta a qué viene esta antártida reflexión, le diré que es porque en estos tiempos en que impera la intolerancia, y en muchos lugares se atropellan los derechos humanos de los creyentes, y en particular de los cristianos, llama la atención que en la Antártida conviven en perfecta tolerancia católicos, judíos, musulmanes, budistas y miembros de toda clase de denominaciones religiosas.

Existen iglesias católicas, como la de Nuestra Señora de las Nieves (no se quebraron la cabeza para buscarle nombre), y también iglesias ortodoxas y templos de otras religiones, y todos se conocen, se respetan e incluso se ayudan en caso de necesidad.

Es notable que mientras muchas de las naciones a las que pertenecen estos científicos están en conflicto e incluso en guerra, ellos se han mantenido al margen, han apostado por tener buenas relaciones con todos e incluso amistad con aquellos a los que se supone debían considerar enemigos. Tienen lo que en la Primera Lectura que se proclamó en Misa el jueves de la primera semana de Adviento, el profeta Isaías describe como: “ánimo fírme para conservar la paz” (Is 26, 3).

Alguien comentó que si la Tierra fuera devastada por una guerra nuclear y hubiera sobrevivientes, éstos tendrían que aprender la dura lección y en adelante empeñarse en convivir pacíficamente. Pues, sin necesidad de pasar por esa traumática experiencia, los habitantes de la Antártida ya conviven en paz. ¿Cómo lo consiguen? Una entrevista reveló que en su mayoría son gente de fe.



Hay quien cree que ciencia y fe están reñidas, pero no es así. Muchos científicos son creyentes: investigar la Creación los condujo a su Creador. Y cabe pensar que es su fe la que los motiva a ver a los demás como hermanos, no como competidores o adversarios.

En estos días celebramos a Santa María de Guadalupe, cuya intercesión logró lo que parecía imposible: que por la fe dos pueblos enemistados a muerte, se volvieran uno solo. Pidámosle a nuestra Madre que aumente nuestra fe, y nos recuerde que somos hijos del mismo Padre. Y encomendémosle nuestro mundo tan lastimado por conflictos que generan odio y deseos de venganza. Que ruegue por nosotros al Señor, porque sólo Él puede transformar cada corazón y darle razones para reaccionar siempre con amor, comprensión, tolerancia y perdón.

Más artículos del autor: Maranathá

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

 

 




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Es escritora católica y creadora del sitio web Ediciones 72, colaboradora de Desde La Fe por más de 25 años. 

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