Opinión

Ángelus dominical: Somos mejores dueños de nuestras bellas palabras

CORRE Y VUELA por los todos los rumbos y más allá de nuestro horizonte la máxima que reza: “Somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras”; no me pregunten quién me dio permiso para meter al laboratorio automotriz tal sentencia para un análisis experiencial, y nunca mejor utilizada la palabra “automotriz”, que en directo indica la máquina que se mueve por sí misma y aplicada a tal laboratorio pues habla de que a nadie le pedí autorización para esculcarla y ver su alcance y sus defectos…

GRATA SORPRESA me llevé luego de exprimirla, voltearla al revés, restregarla con jabón, tres hervores en agua corriente, dos noches de sereno fino y luego una planchadita para que diera el resultado siguiente: “Somos más y mejores dueños de nuestras bellas palabras y pésimos esclavos de nuestros torpes e inútiles silencios”…

DE LAS DOS FRASES ya dichas no se concluye que cuando hablamos de “fraternidad universal” o de “amor al prójimo” sin saber realmente a qué nos referimos y sin respaldar tales palabras con el testimonio claro y la experiencia real, pues -¡la verdad!- no pasamos del plano meroliquero y del boato estentóreo; pero lo que quiero subrayar es que siempre hemos de ser tan cuidadosos con lo que se habla como de lo que se calla…


ASISTÍ AL INICIO –formal y solemne- del curso escolar que ya corre en el Seminario de San José (en la diócesis de Xochimilco) y aunque a ojos profanos no pasaría de ser una actividad más entre miles, yo me llené de esperanza y consuelo al ver cómo se concretan los esfuerzos, se encaminan los ideales, se materializa la emoción de aquellos jóvenes y sus formadores que –literalmente- están respaldados por tantos corazones que se abren a un futuro mejor…

LLEGÓ A MI VENTANA – ¡épale, qué susto me dio!- un indigente y drogadicto que resultó llamarse Luis (Güicho, pa’los cuates); venía en su “avión” y de repente, venía un poquito más andrajoso que yo, y con evidencia que las lluvias y tormentas (lo mismo que regaderas, mangueras, palanganas o cubetas) le habían hecho los mandados; mascullaba su propio discurso y no tuve otra que seguir dándole el “avión”, además de ofrecerle un plátano que sería mi colación en la hora meridiana…

MÁS TARDÓ EN RECIBIRLO que en partirlo por la mitad y ofrecerme una diciendo: “Mita y mita”; su generosidad fue mayor y más auténtica que la supuesta generosidad mía (¿te acuerdas de la viejita del evangelio de san Lucas 21,4?) y sus ganas de poner solución me sorprendieron más, pues cuando le dije que no tirara la cáscara en la calle sino que me la diera, al punto la engulló diciendo: ¡esto es pura vitamina!…

ME PIDIÓ UNA MONEDA para su pasaje y al darle yo unos pesos, más bien sospecho que recibí un pasaje de aquellos que valen para cuando nuestro destino no se encuentra en mapas sino en el Corazón de Dios; y debo aclarar que no estoy contento con lo que yo hice, sino con lo que Güicho hizo conmigo…

EN 1985 LLEGÓ el p. Sergio Román a mi parroquia de origen (yo era seminarista, Don Porfirio) y desde entonces pude compartir con él mis anhelos y mis flaquezas, me apoyó en mi crecimiento pastoral y juntos vivimos de dulce, de chile y de manteca, juntos compartimos tareas y ministerios (Desde la Fe, Noche Santa, formación de ministros), y ahora que falleció le agradecí a Dios con todo el corazón por su testimonio generoso y noble, sin aspavientos y siempre con un sentido muy humano y cálido, muy cercano y discreto; para la ofrenda del 2 de noviembre le pondré una coca y un gansito, y en lugar de cigarros, mejor un poco de incienso (!!!)…

LA PALABRA “COLON” es polivalente: sin acento puede evocar la última parte del intestino grueso, con acento puede referirse a una fila muy, pero muy larga o a la moneda de Costa Rica; también hace referencia al apellido castellanizado del genovés Cristóforo, que en latín firmaba “Columbus”, y que parecería el masculino latino de columba (paloma); derivado del gran navegante y cartógrafo, tienen su nombre Colombia, Columbia y Columbus…

HACE UNOS DÍAS una personita cuyo nombre prefiero ignorar habló de la “descolonización” de la historia y yo estoy hecho bolas: ¿quitaremos las colonias en que se dividen nuestras ciudades?, ¿quitaremos tres siglos coloniales de la historia nacional que tanto nos ufanamos?, ¿acabaremos con las colonias de diversos seres vivos que se agrupan de por sí?, ¿le quitaremos a Cristóforo Colombo lo que vivió e hizo en su tiempo y su lugar?, ¿se acabarán por fin los colones para las tortillas, para los trámites oficiales, para ponerse la vacuna?, ¿le diremos a Costa Rica que le cambiamos sus colones por nuestros pesitos?, ¡vaya, ocurrencias!…

 

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El padre Eduardo Lozano es sacerdote de la Arquidiócesis Primada de México.

 

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