Vida Parroquial

La parroquia de la Soledad integra a los más vulnerables

La Parroquia de la Santa Cruz y Nuestra Señora de la Soledad abrió sus puertas para dar abrigo a quienes viven en la calle, pero su labor va más allá.
parroquia de la soledad

La Parroquia de la Santa Cruz y Nuestra Señora de la Soledad es un refugio para las personas en situación de calle de la colonia: se les da alimento y un techo dónde dormir. Pero el objetivo del párroco y sus voluntarios va más allá, pues busca impulsarlos para que salgan de la pobreza extrema.

Cuando el padre Benito Torres llegó a este templo en 2015 se dio cuenta de la enorme necesidad que vivía la comunidad, azotada por la pobreza, la inseguridad y la violencia.

“Empezamos a hacer un estudio sobre las necesidades del lugar y una de de las más importantes fue las personas en situación de calle o sin techo”, cuenta el párroco.

Para apoyarlas, el sacerdote pidió prestadas ollas a los vecinos e inició un pequeño comedor comunitario que atendió a 18 personas en su primer día. Hoy atiende a más de 380. Pero saciar las necesidades alimentarias es solo el primer paso para integrar a estas personas.

“Queremos que el trabajo que estamos haciendo no solamente quede en asistencialismo. Es darles de comer primero; pero no solamente del pan cotidiano, sino del pan que para nosotros los católicos es elemental que es el pan de vida, de Jesucristo”, cuenta el padre Benito.

Para ello, cada dos meses la parroquia financia retiros espirituales con aproximadamente 40 personas en situación de calle. Ahí, se les habla sobre el sentido de la vida, la dignidad de la persona y el perdón. Después del retiro, se ofrecen talleres dentro de la misma parroquia donde pueden aprender un oficio —como carpintería, jardinería o cocina— y encontrar un trabajo.

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La más reciente iniciativa consiste en abrir las puertas del templo y permitir que personas sin techo pasen la fría noche de invierno ahí, en colchonetas que ocupan todo el espacio de la nave central.

“En la madrugada estaba viendo cómo dormían todos en el templo y me preguntaba si valía la pena el trabajo que estaba haciendo. En eso llegó un señor que dijo ‘Bendito sea Dios. Hace rato le pedí que le diera un lugar dónde dormir con mis hijas y mi esposa; en eso pasó una camioneta y nos trajo aquí’. A veces uno piensa que las cosas las hace para uno, pero no: es el trabajo de Dios”.

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