¿Por qué se bautiza a los bebés y no se espera a que crezcan?
¿Por qué la Iglesia bautiza a los bebés? Te explicamos por qué el Bautismo es un don gratuito de la gracia, una práctica apostólica y un acto que no cancela la libertad, sino que la acompaña desde la infancia.
“¿Por qué bautizan a los bebés si todavía no entienden nada?”, “¿No sería mejor esperar a que crezcan y decidan por sí mismos?”, “¿No es imponerles una religión desde pequeños?” Estas preguntas aparecen con frecuencia en redes sociales, foros y conversaciones familiares cuando se habla del Bautismo. Para muchos padres jóvenes, incluso católicos, ya no es tan obvio por qué la Iglesia católica sigue bautizando a los niños desde bebés, una práctica que existe desde los primeros siglos del cristianismo.
Lejos de ser una costumbre automática o una decisión tomada a la ligera, bautizar a un bebé responde a una convicción profunda de fe: que el Bautismo no es solo un símbolo, sino un don que protege, acompaña y sostiene la vida desde el inicio. Entenderlo así permite responder, con mayor claridad, a una de las dudas más comunes: ¿por qué no esperar a que el niño crezca y decida si quiere bautizarse?
Un don que no se posterga
Para Mons. Pedro Agustín Rivera, comisionado de Liturgia y Espiritualidad de la Arquidiócesis de México y párroco del templo Santo Niño de Jesús “Limosnerito”, la clave está en entender el Bautismo como gracia y no solo como rito social.
“Es para que tengan acceso a la gracia de la vida nueva que Cristo nos da con su encarnación, con su vida, con su pasión, con su muerte y resurrección”, explica a Desde la fe. Desde esta perspectiva, el Bautismo no es un premio por entender o decidir, sino una ayuda para crecer.
El p. Rivera lo compara con algo muy cotidiano, “es como cualquier cosa que pueda ayudar al individuo a su desarrollo integral. Nadie diría: ‘espera a que crezca para ver si quiere estar sano’“. Por eso, afirma que no hay razón para retrasar una gracia que fortalece desde el inicio.
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¿Jesús no se bautizó hasta los 30 años?
Uno de los argumentos más frecuentes para cuestionar el Bautismo infantil es que Jesús se bautizó siendo adulto. Mons. Rivera aclara que se trata de dos realidades distintas. “El bautismo que daba Juan era un bautismo penitencial, de arrepentimiento. En cambio, el sacramento es acción de Cristo mismo”, señala.
En el Bautismo cristiano, explica, es Cristo quien bautiza y quien otorga el Espíritu Santo, incorporando a la persona a su vida divina y subraya que ante esta gracia, no hay por qué esperarnos a que pase mucho tiempo.

Bautizar en la fe de la familia
Durante siglos, la Iglesia procuró que los niños fueran bautizados poco tiempo después de nacer. Mons. Rivera recuerda que incluso existía la referencia de los 40 días, ligada a la presentación del Niño Jesús en el templo.
“Aunque no tengan plena conciencia de lo que está ocurriendo, se les bautiza en la fe de los padres”, explica. Y ahí entra un punto clave: la responsabilidad familiar.
“Los padres son los primeros responsables del bienestar integral del niño: alimento, salud, educación… y también de la vida de la gracia”. Por eso, añade, la Iglesia pide padrinos, no como un adorno social, sino como apoyo real en la educación cristiana del niño a lo largo de su vida.
¿Quita libertad bautizar a un bebé?
Desde el enfoque doctrinal que suele subrayar Mons. Héctor Mario Pérez, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México, bautizar a un niño no cancela ni condiciona su libertad futura, del mismo modo que no la cancela enseñarle a hablar, a convivir o a distinguir el bien del mal. La libertad, explica, no nace en el vacío, sino que se construye con referencias, vínculos y una identidad que se va formando desde los primeros años de vida.
En este sentido, el Bautismo no funciona como una imposición, sino como un regalo previo, gratuito, que antecede a cualquier decisión personal. El niño no elige nacer, no elige a su familia ni el entorno en el que crece, pero recibe cuidado, protección, valores y una cultura que lo ayudan a desarrollarse. La fe se ofrece de la misma manera: como una posibilidad que se propone, no como una carga que se impone.
Mons. Héctor Mario ha insistido en que la fe no se transmite sola ni por decreto, sino que se acompaña con el testimonio cotidiano. El Bautismo, entonces, es apenas el inicio de un camino que requiere coherencia, educación y ejemplo por parte de los padres y padrinos. Sin ese acompañamiento, el sacramento corre el riesgo de quedarse en un gesto vacío.
Si más adelante, ya en la adultez, una persona decide alejarse de la Iglesia, puede hacerlo libremente; nadie se lo impide. La gracia recibida en el Bautismo no desaparece, pero tampoco obliga. Permanece como una semilla que puede quedar dormida o volver a dar fruto, recordándole que hubo un momento en el que fue amado, acogido y confiado a Dios desde el inicio de su vida.
Una práctica desde los primeros cristianos
En los primeros años de la Iglesia, la mayoría de los bautizados eran adultos, detalla Mons. Pedro Agustín. “Era lógico, pues casi todos se estaban convirtiendo al cristianismo”. Sin embargo, desde el Nuevo Testamento aparece algo importante: no solo se bautizaba a personas individuales, sino a familias completas.
En los Hechos de los Apóstoles se cuenta, por ejemplo, que Lidia fue bautizada “junto con su familia” (Hch 16,15), y que el carcelero de Filipos recibió el Bautismo “con todos los suyos” (Hch 16,33). San Pablo también menciona que bautizó “a la familia de Estéfanas” (1 Co 1,16). En aquella época, cuando se hablaba de una “casa”, se incluía a todos: adultos, niños y también a los más pequeños, aunque no se les nombre uno por uno.
Desde el inicio, la fe cristiana se vivió en comunidad y en familia, no como algo solo privado. Por eso, el Bautismo se comparó con el Arca de Noé: no se salvó una sola persona, sino toda una familia. Así lo explica la primera carta de san Pedro, cuando dice que el agua, que salvó a Noé y a los suyos, es figura del Bautismo que hoy nos salva (1 Pe 3,20–21).
Más que un rito, un inicio
Mons. Rivera insiste en que el Bautismo no puede quedarse en una costumbre social. “No es solo un ritual, es el inicio de una vida: la vida de la gracia“, afirma. Por eso, advierte que retrasar el Bautismo durante años suele reflejar una fe poco vivida en la familia.
“No hay que esperarnos a que el niño esté en riesgo para acercarlo a Dios“, dice, recordando que muchos padres piden el Bautismo incluso en hospitales cuando la vida de un bebé está en peligro.
La clave, concluye, está en la coherencia, es decir, “no solo rezar o cumplir ritos, sino vivir una fe encarnada, donde el niño descubra, poco a poco, que Dios no es una obligación, sino alguien que ama. Cuando un padre vive su fe de verdad, desea lo mejor para su hijo. Y lo mejor es que viva la vida nueva en Cristo”.
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