¿Las plantas tienen alma?
La idea de que las plantas tienen alma puede parecer extraña, pero la filosofía cristiana, inspirada en Aristóteles y desarrollada por Santo Tomás de Aquino, ofrece una respuesta que distingue entre distintos tipos de alma.
¿Hablarle a una planta ayuda a que crezca?, o ¿darle de chanclazos para que floree?, ¿puede sentir cuando alguien la cuida? Estas preguntas han despertado un renovado interés por el mundo vegetal, pero existe otra: ¿las plantas tienen alma?
Pues sí tienen alma, pero no en el sentido en que comúnmente entendemos el alma humana. Para responder esta pregunta, el Pbro. Juan Carlos Ávila Reza, responsable de la Dimensión de Ecología de la Arquidiócesis Primada de México, explicó que, siguiendo el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, la tradición cristiana entiende que todo ser vivo recibe de Dios el don de la vida, aunque no todos participan de ella de la misma manera. De ahí que reconozca distintos niveles de vida dentro de la creación.
“Dios es el principio supremo y comparte el don de la vida a través del alma. En la escala de los seres están los ángeles, el ser humano, los animales y también las plantas, cada uno con una naturaleza distinta”, señaló.
¿Qué tipo de alma tienen las plantas?
Para poder entender qué tipo de alma tiene una planta, hay que partir de la explicación de la filosofía de Aristóteles, la cual fue retomada y profundizada por santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica; en ella, el alma no se entiende únicamente como una realidad espiritual destinada a la vida eterna, sino como el principio vital que hace que un ser esté vivo.
Esta tradición distingue tres tipos de alma:
- Alma vegetativa: propia de las plantas, que les permite nutrirse, crecer y reproducirse.
- Alma sensitiva: pertenece a los animales, que además de las funciones vegetativas les permite sentir y moverse.
- Alma racional: exclusiva del ser humano, que incorpora inteligencia y voluntad, además de ser espiritual e inmortal.
Santo Tomás de Aquino, señala que el alma racional contiene las capacidades vegetativas y sensitivas, pero las trasciende por su dimensión espiritual. Por ello, afirmar que las plantas tienen alma no significa que posean un alma inmortal como la del ser humano, sino que participan del principio vital que les permite existir y desarrollarse.
¿Qué enseña la Iglesia sobre las plantas?
Aunque el Catecismo de la Iglesia Católica no utiliza la expresión “alma vegetativa”, sí enseña que toda la creación procede de la bondad de Dios y participa de ella (CIC 299). Asimismo, recuerda que los animales son criaturas de Dios y que el ser humano recibió la misión de gobernar responsablemente la creación (CIC 2416-2418).
Para la Iglesia, aunque toda la creación tiene valor, el ser humano ocupa un lugar especial porque fue creado a imagen y semejanza de Dios y posee un alma espiritual e inmortal, algo que no ocurre con las plantas ni con los animales.
Toda la creación tiene un valor
Para el padre Ávila Reza, esta enseñanza ayuda a comprender mejor la relación entre el ser humano y el resto de la creación, pues “cada ser tiene un valor; no podemos comparar qué es más importante, si el sol, el agua o el fuego. Todos tienen una razón de ser dentro de la creación, aunque la obra culmen de Dios es el ser humano”.
El sacerdote recordó que la fe cristiana invita a superar una visión meramente utilitarista de la naturaleza. “Las cosas no sólo son para usarlas y desecharlas; tienen un sentido. Dios nos las confía para administrarlas con sabiduría, respeto y responsabilidad”.
Sin duda que este pensamiento coincide con la encíclica Laudato si’, en la que el papa Francisco afirma que cada criatura posee un valor propio y que toda la creación manifiesta el amor de Dios.
Además, ocho siglos antes de que el papa Francisco hablara de ecología integral en Laudato si’, santa Hildegarda de Bingen, Doctora de la Iglesia, ya describía la naturaleza como una manifestación de la vida que Dios comunica a toda la creación mediante la viriditas, una palabra latina que puede traducirse como “verdor”, “frescura” o “fuerza vital”.
Para la mística benedictina, las plantas no eran simples recursos naturales, sino expresión de esa vida que brota del Creador e invita al ser humano a contemplar, agradecer y cuidar la obra de Dios. Aunque nunca afirmó que las plantas tuvieran un alma espiritual como la del hombre, su pensamiento ayudó a comprender la naturaleza como un reflejo de la sabiduría y la bondad divinas.
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El padre Juan Carlos Ávila Reza destacó que uno de los mejores ejemplos de esta mirada cristiana hacia la naturaleza es San Francisco de Asís, quien llamaba “hermano” al sol, al agua, a los animales y al resto de las criaturas.
“Él descubrió la presencia de Dios en toda la creación. Nos enseña a mirar con amor de hermanos todo lo que Dios nos ha compartido”. Añadió que esta espiritualidad invita a cuidar jardines, animales y espacios naturales, pero también a recordar que la ecología integral comienza por el respeto al prójimo.
“Todo está conectado. Cuidar la creación también implica humanizarnos constantemente, respetar al otro y construir una convivencia sana. Ese es el llamado que nos recuerda Laudato si’“.
¿Y la ciencia qué dice?
En las últimas décadas, algunos investigadores han explorado la posibilidad de que las plantas posean formas complejas de comunicación, memoria o respuesta a estímulos.
Uno de los casos más conocidos fue el del investigador estadounidense Cleve Backster, quien en la década de 1960 afirmó que las plantas reaccionaban incluso a la intención humana mediante cambios en su actividad eléctrica. Sin embargo, sus experimentos no han podido reproducirse de manera consistente, por lo que sus conclusiones no son aceptadas como evidencia científica.
Más recientemente, disciplinas como la fisiología vegetal han demostrado que las plantas pueden comunicarse mediante señales químicas y eléctricas, responder al ambiente e incluso conservar ciertos mecanismos de memoria biológica. No obstante, estos hallazgos no implican que tengan conciencia o un alma en el sentido filosófico o religioso.
La ciencia sigue investigando hasta dónde llegan las capacidades de las plantas. La fe, en cambio, plantea ¿qué dice de nosotros la manera en que tratamos la creación? Para el padre Juan Carlos Ávila Reza, la respuesta pasa por reconocer que toda vida es un regalo de Dios y, por ello, merece respeto.
“Como recuerda Laudato si’, todo está conectado. Dios nos creó a su imagen y semejanza, nos ama y nos ha confiado la creación para cuidarla y respetarla. Ese cuidado también nos ayuda a realizarnos plenamente como personas”, concluyó.
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