Columna invitada
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¿Cómo comulgar correctamente?

¿Qué más da si la Iglesia hoy me pide que la reciba en la mano? ¿Qué diferencia hay con recibirla en la boca directamente o de rodillas?
Comunión Sacramental
Comunión Sacramental

“¡Qué bueno es el pan que tú nos das, regalo de tu amor Jesús!”. “No podemos caminar con hambre bajo el sol, danos siempre el mismo pan, tu Cuerpo y Sangre Señor”. “Señor, ven a nuestras almas, que por ti suspiran, ven Señor”. Y un largo etcétera de cantos hermosos que acompañan la procesión de comunión.

Estos cantos, casi recién compuestos luego de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, lograron recoger el sentimiento de piedad y devoción, así como el sentido profundo de fe que encierra el “acto sublime de comulgar”, como se entendía tanto antes como después de la reforma litúrgica.

En realidad, se trata del mismo acto profundo en el que las posturas corporales o formas concretas de recibir la Santísima Eucaristía han variado en pequeñas cosas a lo largo de los siglos y que buscan salvaguardar el acto maravilloso y singular de comulgar.

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En los textos de los Padres de la Iglesia y de otros escritores cristianos del primer milenio se encuentran tanto catequesis sobre la manera correcta de comulgar, que exhortaban a la fe y a la piedad, como severas reprimendas a los abusos que se tenían, denuncias que al leerlas hoy nos hacen exclamar “¡¿ya desde entonces?!”

Lo importante es considerar lo que los padres de ayer y de hoy siempre han recomendado. ¿Cómo comulgar correctamente? Y para responder esta pregunta, hay que hacernos primero otra: ¿qué es comulgar?

La forma correcta de recibir la Sagrada Comunión en la mano.

La forma correcta de recibir la Sagrada Comunión en la mano.

El sustantivo “Comunión” que le damos como nombre propio al acto de comulgar debemos comprenderlo en el todo de la celebración eucarística, es decir, no es “comunión” un rito más en la secuencia celebrativa de la Misa, no es sólo acercarnos a “comer” una Hostia consagrada, es entrar en unidad plena de sentimientos, emociones, afectos, razonamientos, conocimientos y acciones con Jesucristo, y con el Jesucristo que conocemos en el Evangelio predicado por la Iglesia.

De esta manera, lo que llamamos “comunión” es el punto de llegada, la cumbre, del todo que es la celebración eucarística y que tiene dos partes bien diferenciadas, pero que constituyen una unidad indivisible: la liturgia de la palabra, donde “comulgamos” con Jesús a través de nuestro asentimiento de fe a la Palabra que nos dirige y, la liturgia de la eucaristía, donde comulgamos con Jesús al unirnos al sacrificio de alabanza que ofrece al Padre con el don de sí mismo: en ambas acciones es Cristo unido a su cuerpo, es Cristo en comunión con su cuerpo que es la Iglesia, bajo la acción plena del Espíritu Santo, el que se ofrece en el altar.

Unidos así a Cristo es que llegamos a la síntesis de estas dos partes (que ya dijimos que es un todo), es decir, nos acercamos haciendo una procesión (que no es hacer sólo una “fila” para comulgar mientras cantamos) para realizar el gesto sacramental de la comunión, o dicho de otra manera, nos unimos a Cristo sacramentalmente presente en las especies eucarísticas porque queremos ser uno en Él, porque aceptamos plenamente su Evangelio (liturgia de la palabra), porque nos ofrecemos con Él en el sacrificio de la cruz (liturgia de la Eucaristía) y porque, con la fuerza de este alimento, vamos a ser uno con Él en la forma de vivir de cada día transparentando con nuestros hechos y palabras que somos totalmente suyos.

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Comulgar nos exige algo más que preocuparnos de la más devota forma externa de hacerlo, y no porque eso no sea importante, lo es siempre y cuando haya primero una condición interior, porque si lo importante al comulgar fuera la postura externa en realidad eso puede hacerlo cualquiera (¡uyuyuy!, en hacer poses piadosas, nadie nos gana).

Se trata primero de aceptar la Palabra de Dios sin condiciones, y para aceptarla primero hay que conocerla, y para conocerla primero tenemos que abrir los oídos del cuerpo (poner atención) para que la capte los oídos del alma (escucharla con devoción) y luego llegue al corazón (usar nuestra razón para comprenderla).

Luego de eso, pasar del asentimiento racional y consciente a transformarlo en un estilo de vivir según Cristo, un estilo de vivir en el que yo, sostenido por la gracia de la Palabra de Dios, decido vivir según el Evangelio, que no es otra cosa que trabajar todos los días para construir el mundo y la historia según la voluntad del Padre que Cristo vino a cumplir cabalmente, lo que incluye alejarnos cada día y con perseverancia de todo lo que desdiga de nuestro ser en Cristo, es decir, toda acción de mal y de pecado, y estar prontos a vivir cada día ofreciendo nuestra persona junto con Cristo crucificado.

Así es como llegamos a “comulgar”, es decir, con todo esto detrás, decididos a seguir a Jesús y a ser como Él, y recibimos al Jesús que predicó su Evangelio, el cual aceptamos sin vacilación, nos unimos a Jesús que nos mostró que el camino a la gloria es su cruz y que debemos tomar la nuestra para seguirlo; y entonces sí, y ahora sí, comulgamos con su persona total: su cuerpo, su sangre, su alma, su divinidad y su Iglesia (que es su cuerpo místico y de la cual es cabeza).

Conscientes de esto, vamos a comulgar con devoción (que no es sentir bonito o ir casi levitando) sino con el sincero deseo de realizar lo que esto implica, y la postura o la forma corporal, si bien ayuda y es necesaria, pasa a segundo término.

Habrá en Misas restricciones sanitarias, mientras dure la contingencia. Foto: Mauro Monti/Diócesis de Roma

Habrá en Misas restricciones sanitarias, mientras dure la contingencia. Foto: Mauro Monti/Diócesis de Roma

¿Qué más da si la Iglesia hoy me pide, como un acto de caridad cristiana para cuidar a mi prójimo (y mi prójimo es el sacerdote o el ministro que me la ofrece, y también los otros que se acercan a comulgar) que la reciba en la mano? ¿Qué diferencia hay con recibirla en la boca directamente, o de rodillas? Lo que se debe arrodillar ante Jesús sacramentado es nuestra vida, porque al comulgar -todavía hay que agregar- no se recibe a Cristo por la boca y pasa por el esófago y llega hasta al estómago (y si seguimos la leyes de la digestión, pues lo que sigue…), no, a Jesús lo recibimos con todo el cuerpo, con todos los sentidos, con toda el alma y el corazón, y ese todo que es cada uno de nosotros es el que se une al Cristo total.

Hoy, pues, sin ningún temor, acerquémonos a comulgar (con todo lo que ya expliqué), con toda la devoción (como ya lo expliqué) y, como dice san Cirilo de Jerusalén en el lejano siglo IV: “cuando te acerques a recibir el Cuerpo del Señor, no te acerques con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino haciendo de tu mano izquierda como un trono para tu derecha, donde se sentará el Rey. Con la cavidad de la mano recibe el Cuerpo de Cristo y responde Amén…”

Ya luego, cuando pase la emergencia sanitaria, y podamos volver a la normalidad, ejerce tu derecho a recibir al Señor en la boca o en la mano, de pie o de rodillas, pero nunca sin olvidar lo que aquí te he explicado, de lo contrario, terminarás siendo un católico descafeinado que no se ha enterado de lo que hace al comulgar.

Fin del sermón, ahora cantemos: Comulgar es un acto sublime, un encuentro en persona con Dios, no es preciso sentir los afectos, sino unirse con el Redentor.

*El P. José Alberto Medel es especialista en liturgia en la Diócesis de Xochimilco.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

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