Párroco de Aguililla: la visita del Nuncio es como agua para el sediento

El P. Gilberto Vergara, párroco de Aguililla, asegura que la visita del nuncio Franco Coppola a tierra caliente es un llamado de atención para todos.
P. Giberto Vergara García
P. Giberto Vergara García

El Nuncio Apostólico en México, Franco Coppola se encuentra desde la tarde de ayer en Apatzingán, Michoacán para realizar una vista pastoral a la comunidad de Aguililla, que en los últimos meses ha sido escenario de violencia a causa del control de la región entre bandas criminales rivales.

Este viernes, a temprana hora, el representante del Papa Francisco, saldrá del Obispado de Apatzingán para tomar la carretera hacia Aguililla, pasará por lo menos por ocho poblados que también han sido escenarios de enfrentamiento, hasta llegar a su destino para reunirse con las familias, celebrar la Eucaristía y comer con el pueblo.

Lo que verá el nuncio en su camino –adelantó a Desde la fe el párroco de Nuestra Señora de Guadalupe en Aguililla– “serán los rastros de la violencia: marcas de balas por todas partes, carros y camiones quemados, porque si bien todo mundo barre su casa cuando tienen visitas, y no dudo que las autoridades hayan hecho lo mismo, hay cosas que no se pueden maquillar”.


Sin embargo, para el padre Gilberto Vergara García, lo más importante es lo que el Nuncio Apostólico “va a encontrar en la mirada sincera de la gente: angustia, sí; pero sobre todo esperanza en la figura fuerte del sucesor de San Pedro, que es a quien él representa”.

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La respuesta a las oraciones

La Iglesia en México ha calificado de “cálida y valiente” la visita del nuncio a Aguililla, pero para el sacerdote, es más que eso: “es necesaria y confortante porque nos trae paz; es como agua para el sediento, como luz en la oscuridad, un abrazo de consuelo. Y es lo que necesitamos ahorita”.

Hasta hace unos días, la comunidad ni siquiera había pensado en la posibilidad de una visita del representante del Papa, aunque sabían que Mons. Franco Coppola había estado muy pendiente de la situación y que en la reciente asamblea ordinaria de los obispos el tema de la violencia en Michoacán iba a ser puesto sobre la mesa.

Hoy, las muestras de solidaridad por parte de las diócesis mexicanas y el anuncio de la llegada de monseñor Coppola –dice el P. Gilberto– se han convertido en una “luz de esperanza en medio de tantas cosas tan revueltas, tan agitadas, que se han vivido en los últimos meses”.

En Aguililla, hoy se palpa la esperanza, y a los ojos de la fe –apunta– es como una respuesta de Dios a nuestras oraciones, porque sabemos que, si bien es una visita pastoral, por el peso de la figura del Nuncio, es una llamada de atención para todos. Con esta visita, el Sr. Nuncio nos está pidiendo a todos poner especial atención en las personas vulnerables, en las víctimas de estas guerras absurdas, para conseguir la paz”.

P. Gilberto Vergara García

P. Gilberto Vergara García con el pueblo de Aguililla a sus espaldas.

La lucha por sobrevivir

Hasta hace unos años, el municipio de Aguililla, uno de los 113 que integran el estado de Michoacán, tenía alrededor de 16 mil habitantes; sin embargo, debido a la situación de violencia, muchos pobladores han abandonado sus casas.

“Pareciera que estamos descendiendo en los círculos del infierno que describía Dante Alighieri. Poco a poco hemos ido cayendo más abajo, no por la gente, sino por los conflictos tan absurdos que hay a nuestro alrededor”.

Explica el sacerdote que muchas personas se han ido del municipio, no porque hayan sido amenazadas, sino porque la violencia los ha alcanzado directamente con la muerte de algún familiar, y “el dolor ya no los deja vivir aquí”; otros no le encuentran mucho sentido a luchar por sobrevivir, y que lo poco que tienen, se les arrebate; y para otros más, vivir en tensión, en el miedo, simplemente no es una opción.

“Pero los que nos quedamos aquí, estamos tratando de sobrevivir, de echarle ganas. Hay gente que dice que lo que le ha pasado aquí es por haber estado en el lugar y en el momento equivocados, pero a mí no me gusta esa frase, porque éste es nuestro lugar y éste es nuestro momento. Estamos donde debemos estar. Los equivocados son los que generan violencia y los que hacen el mal en medio de nosotros”.

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“¿Es mucho lo que pedimos?”

El padre Gilberto tiene una sola palabra para calificar a la gente de su comunidad: “sencillez”. Gente que se puede conformar con tener un “puñito de maíz y unos frijoles”. Por lo tanto, la falta de recursos no es el punto, sino el hartazgo de la población que se siente con miedo. “Te acostumbras a todo, tal vez hasta a comer poco, pero a vivir con miedo e incertidumbre, nadie se acostumbra”.

Es por ello que la comunidad ha decidido seguir luchando por vivir, pero vivir dignamente. “¿Es mucho pedir? –pregunta el sacerdote–. Queremos vivir con dignidad, con libertad, con las garantías y los derechos que nos han sido arrebatados; no estamos pidiendo nada extra, sólo lo que deberíamos tener como mexicanos”.

Pero no es una situación que se haya generado meses atrás, sino que viene arrastrándose desde hace ya algunos años, aunque –lamenta el sacerdote– parece que a nadie le importaba, pues nadie hacía caso”.

“Tuvo que llegar la situación a un límite tal, que si no nos hacían caso, entonces podríamos hablar de una culpabilidad directa del gobierno. Y es que, si ante una situación tan grave el gobierno no hacen algo, entonces es culpable”.

P. Gilberto Vergara García con jóvenes

P. Gilberto Vergara García con jóvenes de su comunidad.

Cumplir con la misión en tierra caliente

Con apenas poco más de dos años como párroco de Aguililla, el padre Gilberto considera que no se necesita ser valiente para dirigir una comunidad en medio de la violencia generada por el crimen, sino el simple “deseo de vivir una vida digna y saber que Dios está contigo, porque definitivamente Él es el único que nos protege”.

Tiene clara la responsabilidad que le imprime su ministerio sacerdotal, y que la gracia de Dios le asiste. “Yo soy del pueblo, y por lo tanto, si yo me quedo callado ante tantas situaciones que nos está ahorcando a todos, corro el riesgo de ser cómplice, y yo no quiero ser eso. Yo quiero estar aquí el tiempo que el obispo lo determine, sabiendo que estoy cumpliendo con mi misión”.

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