Opinión

Chinchachoma, un signo de amor y contradicción

Conocí a Chinchachoma cuando en 1987 leí su libro Mis 7 amadas mujeres públicas, quise conocer a ese personaje y me fui como dos meses al templo de San Jeronimito en la Candelaria. Sólo lo veía y tenía una personalidad impresionante y de gran energía: desaliñado, cantaba, gritaba y reía. Entre sus feligreses había prostitutas, niños de la calle y gente que sólo por morbo estaba allí. Después de Misa, repartía a los niños la limosna.

Con una especial pedagogía hacía que la gente lo escuchara: un día gritaba, otro día cantaba (solamente una vez).

Me impactó su manera de celebrar la Misa, su unión al amor de Dios, La Trinidad Santa, su mística, unirse al amor divino, la comunión plena con el Creador. Se trasformaba sus ojos, su voz, sus tiernas palabras tan libres.

Fue mi padrino de ordenación sacerdotal el 4 de julio de 1993, después de haber trabajado en la Pastoral Juvenil en: Jornadas de Vida Cristiana; Retiros Juveniles; Encuentros del Movimiento Escoge, Novios y Matrimoniales; el Reclusorio Sur; eventos con Alex Lora con quien hacía mancuerna, pues eran amigos.

A partir de 1995, compartimos en el programa: Santa María de Guadalupe Siempre Con Nosotros, en ABC Radio 760 de A.M. Me dijo que iba a Bogotá, Colombia, y pidió grabar programas de lo que sería su muerte, sin saber que estaba profetizando su “Encuentro con El Jefe”.

Hacia el final de sus días, intuía su encuentro con la Providencia. Siempre confiaba en la Providencia, en una ocasión con motivo de su cumpleaños, nos invitó a un restaurante elegante, con buen bufet, y buenos vinos, al final llegó la mesera con la cuenta: ¡Y no teníamos para pagar!, y nos dijo: ¡La Providencia paga!

Al ver que había algo raro, llegó el Jefe de Meseros. La señora de al lado, al reconocer a Chinchachoma, se ofreció a pagar y otro señor dijo que era un honor conocerlo, y también quiso invitar. Al escuchar el encargado quién era el comensal, dijo que era un honor tenerlo en ese restaurante, y que estaba pagado todo. Concluyó Chinchachoma diciendo: ¡Ya ves, la Providencia pagó! Y señalando a los tres, dijo: ¡El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo! Recalcando la idea de que él siempre confiaba en La Providencia.

Siempre confiando en la Providencia, tenía el “Don de Saber Disfrutar cada Instante como Si Fuera Niño: con mucha sencillez”. Como esa vez que íbamos en el carro y me dijo: “párate, párate”, había visto a un niño de la calle y se iba a jugar con él, haciendo de su barba un violín, y cantándole. O cuando yendo en el auto sacó medio cuerpo en pleno Periférico, y le gritó a Dios: “¡Padre, eres bello!”

Chinchachoma era “un signo de contradicción”: rompía esquemas en la teología, docencia, jerarquía, liturgia, espiritualidad, etc.

Hoy ya no hay Chinchachoma, hay a quien no le agradaba por ser grosero, desaliñado, porque no respetaba las normas. Estaba vetado por muchos, en sus ambientes moralistas y santurrones, pero un día lo entendí, cuando en el seminario me vetó un padre, por mi modo de pensar y sentir.

Lo superé pensando en el Chinchachoma, en “el Cristo Escupido”, que era su doctrina: en el más despreciado y humillado está Jesucristo.

Para mí es un orgullo haber tenido en él a un verdadero amigo, pues de repente y sin pensar venía a mi parroquia a descansar; a comer; a dormir; buscando un poco de paz. A veces en la soledad oraba, y en otras lloraba, y al salir del cuarto, se veía fortalecido, lleno de vida y con ganas de compartir la alegría de Dios.

Tenía una percepción especial de Dios-Hombre que nos llevaba a ver al Cristo de abajo, nos cuestionaba y hacía comprometernos con Dios.

*Párroco de la Asunción de Nuestra Señora, en el Pueblo de Santa Fe. Colaboró 16 años en el programa radiofónico Santa María de Guadalupe. Presidente de la asociación Effetha Kum.