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Mons. Eugenio Lira: “La familia, prioridad en la pospandemia”

El Obispo de Matamoros dijo que para discernir qué es lo que viene, hay que ver el pasado, presente y futuro, con la esperanza puesta en la familia
Monseñor Eugenio Lira habló sobre la importancia de la familia en la pospandemia.
Monseñor Eugenio Lira habló sobre la importancia de la familia en la pospandemia.

La V Cumbre Iberoamericana de la Familia cerró con broche de oro sus actividades con la conferencia “Repensar la familia desde la esperanza”, ofrecida por monseñor Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de Matamoros, quien señaló que en estos tiempos de pandemia hay voces que aseguran que cualquier época pasada fue mejor que la actual.

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“Sin embargo, frente a estas aseveraciones, hay que recordar lo que decía san Agustín -señaló-: ‘Piensas que los tiempos pasados fueron buenos porque no son los tuyos’. ¿Cuando le fue bien al género humano? ¿Cuando no experimentó el temor? ¿Cuando gozó de la felicidad asegurada?

Monseñor Eugenio Lira señaló que es cierto que, en más de 230 países del mundo, la actual pandemia ha enlutado un gran número de hogares y dejado hasta ahora demasiados enfermos, además de que ha ocasionado desempleo, hambre y otros daños sociales. “Asimismo, ha generado malestares, incertidumbre, desconfianza y violencia. Y si una pregunta hoy nos inquieta es: ‘¿qué va a pasar después?’

Para contestar esta pregunta -dijo- es necesario dejar que la fe ilumine la razón, “lo cual implica mirar el presente, volver la vista hacia el pasado y dirigirla después hacia el futuro.

La pandemia de coronavirus COVID-19 ha provocado ansiedad y depresión en algunas personas. Foto: Grupo Verona

En más de 230 países la pandemia de COVID-19 ha dejado innumerables muertos y enfermos. Foto: Grupo Verona

Mirar el pasado: las épocas aciagas

En este sentido, monseñor Eugenio Lira señaló que lo que hoy vivimos, ya muchas veces lo ha vivido la humanidad, como ocurrió en el siglo VI con la Peste de Justiniano; en el siglo XIV con la Peste Negra, o en el siglo XIX con la viruela.

Otros ejemplos equiparables a los de la actual pandemia -dijo- son las epidemias ocurridas en el siglo XV en el México antiguo, o las de viruela y sarampión que en el siglo XVI cobraron millones de vidas en Mesoamérica; o bien, las posteriores, de tifo, cólera y fiebre amarilla, así como la Gripe Española ya en el siglo XX.

Señaló que, al igual que sucede en la actualidad, aquellas enfermedades infecciosas no respetaron sexo, edad, ni condición social de las personas; y lo mismo que murieron Papas, perdieron la vida emperadores, presidentes, ministros y personas que han dejado huella en la historia, como sor Juana Inés de la Cruz, o los pastorcitos Francisco y Jacinta Marto, los vidente de Fátima.

Sin embargo -apuntó-, frente a esas terribles enfermedades, también los discípulos misioneros de cristo, dejándose iluminar por la fe, han comprendido lo que explica santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica, que Dios no es directa ni indirectamente la causa de estos males; y que si Él los permite es para sacar el mayor bien del mal, como ocurrió con la muerte de su Hijo, que sacó el mayor bien para nosotros: “liberarnos del pecado, compartirnos su Espíritu y hacernos hijos suyos, partícipes de su vida plena y eterna”.

Explicó que en situaciones como la actual, la humanidad ha sacado su lado más valioso y solidario, y principalmente la Iglesia, que, época tras época, fue organizando un sistema de asistencia en materia de salud, a través de ordenes religiosas, órdenes terciarias y cofradías. Además, como ejemplos de santos que en su época se entregaron en ayuda a los enfermos, citó a san Juan de Dios, san Carlos Borromeo, san Camilo de Lelis, san Vicente de Paúl y muchos otros.

Los llamados videntes de Fátima, Francisco y Jacinta, murieron en la epidiemia que barrió Europa en 1918.

Mirar el presente: la Iglesia de hoy

En este sentido, monseñor Eugenio Lira señaló que gracias a las épocas aciagas del pasado, actualmente la Iglesia es el mayor proveedor no gubernamental de servicios sanitarios en el mundo, pues administra el 26 % de los centros de salud del planeta, con cerca de 18,000 clínicas y 5,500 hospitales, la mayoría de los cuales se encuentran en países en vías de desarrollo, y a veces son la única oferta de servicios sanitarios.

Dijo que además de esta gran obra en materia de salud, hoy muchos laicos y clérigos atienden a enfermos, y realizan labores sociales y caritativas mediante la instalación de centros de acopio de despensas y medicinas; además de atender asilos, casas hogar, casas para inmigrantes y otros servicios a favor de los más afectados, sumándose así al gran esfuerzo de los médicos.

Porque el drama que estamos viviendo -señaló-, como dice el Papa, nos obliga a descubrir que la vida no sirve si no se sirve. Y la incertidumbre, el temor y la conciencia de los propios límites que despertó la pandemia, hacen resonar el llamado a repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones y el sentido de nuestra existencia.

Dijo que ese es el espíritu que impulsa hoy a las capellanías COVID-19, en las que sacerdotes acuden a hospitales públicos y privados para compartir con médicos, enfermos y sus familiares, la luz de la fe, el consuelo de la esperanza y la fortaleza del amor divino.

La pandemia ha ayudado a valorar la vida. Foto Cathopic.

La familia debe ser la protagonista en la pospandemioa. Foto Cathopic.

Mirar hacia el futuro: la familia

A partir de lo que hoy vivimos -señaló monseñor Eugenio Lira-, es posible construir un futuro mejor, generando dinamismos de unidad social que un día fructificarán en importantes acontecimientos históricos, conscientes de que Dios nos acompaña y nos ayuda.

“Este esfuerzo -explicó-, debe comenzar en la familia. Aunque al inicio de la pandemia la convivencia familiar pudo ser difícil, poco a poco nos fuimos acostumbrando a estar juntos, y así tuvimos la oportunidad de valorarnos, redescubrirnos, apreciar el don de la familia, y ver en nuestros seres cercanos no sólo sus defectos, sino también sus cualidades.

En este sentido, señaló que la situación actual nos ofrece la gran oportunidad de seguir creciendo en el diálogo, dedicarnos tiempo de calidad, dar una importancia real a los otros, tener gestos de preocupación y demostraciones de afecto; pero sobre todo, reconocer que el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo.

“Así que, mirando más allá de lo inmediato, hacia la meta eterna, debemos trabajar en la viña de Dios, que es nuestra familia, nuestros ambientes y nuestra sociedad, dando lo mejor de nosotros, y teniendo presentes aquellas esperanzadoras palabras que el Señor dirigió en el siglo XIV a santa Juliana de Norwich -quien vivió la Guerra de los 100 años entre Francia e Inglaterra; el cisma de occidente y la Peste Negra-: ‘¡Todo acabará bien; sea lo que sea, todo acabará bien!’”.

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