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Homilía del Arzobispo Aguiar en el Domingo XXV del Tiempo Ordinario

El discernimiento necesita la luz de la Palabra de Dios, y con ella interpretar los acontecimientos.
El Arzobispo Carlos Aguiar preside la Misa dominical. Foto: Basílica de Guadalupe/Cortesía.
El Arzobispo Carlos Aguiar preside la Misa dominical. Foto: Basílica de Guadalupe/Cortesía.

“Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar, invóquenlo mientras está cerca…Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor” (Is. 55, 6.8).

Esta profecía de Isaías históricamente corresponde al tiempo inmediato en que el pueblo de Israel dejaría de ser esclavo en Babilonia. El profeta por tanto, prepara al pueblo para que al regresar a Jerusalén no cometa los mismos errores históricos de rebeldía y olvido de Dios, que trajeron como consecuencia la destrucción del Templo, de la Ciudad, y el destierro.

Buscar al Señor es tenerlo en cuenta en la vida, es consultarlo para saber qué es lo que quiere de mí. Por eso es tan importante el discernimiento, porque es la forma para descubrir la voluntad de Dios. En pocas palabras, el discernimiento necesita la luz de la Palabra de Dios, y con ella interpretar los acontecimientos para descubrir qué dice Dios a través de ellos. Luego la interpretación es necesaria compartirla en comunidad: con la familia, círculo de amigos, asociación de fieles, y con quienes están al frente de la comunidad eclesial.


Si además, aprendemos a llevar a la práctica la voluntad de Dios estaremos caminando conforme a los planes que Dios tiene. Estos planes son siempre para nuestro bien, porque Dios nos ama y quiere nuestro bien, ya que Él por su misma naturaleza es el Bien Supremo.

En cambio el ser humano en sus relaciones con los demás, siempre busca su propio bien, descuidando el bien de los demás, y al buscar solo su beneficio, siempre estropeará el buen camino del prójimo. Por ello, pensar y actuar de manera egoísta conduce irremediablemente a planes, que a corto o mediano plazo serán nefastos.

Por ello, el Profeta advierte de manera propositiva: que el malvado abandone su camino, y el criminal, sus planes; que regrese al Señor, y Él tendrá piedad; que regrese a nuestro Dios, que es rico en perdón.

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A pesar de estar convencidos que la voluntad de Dios es para nuestro bien, sin embargo, muchas veces es difícil ponerla en práctica. A este propósito servirá de motivación y aliento para fortalecer nuestro espíritu, el aclamar con frecuencia en la oración la expresión del Salmo 144: Siempre es justo el Señor en sus designios y están llenas de amor todas sus obras. No está lejos de aquellos que lo buscan; muy cerca está el Señor, de quien lo invoca.

En la Parábola que Jesús propone en el Evangelio de hoy, hay dos elementos que explican y completan nuestra reflexión: el primero es tener trabajo, y el segundo recibir la paga.

En la viña del Padre siempre hay trabajo para todos, aunque unos llegamos desde temprana edad, otros en plena juventud, otros en edad madura, otros en el ocaso de la vida; pero todos recibiremos la misma paga, un denario. ¿Por qué? Porque el tener trabajo significa encontrar el sentido de la vida, el para qué la he recibido, y en ella encontrar las satisfacciones que produce la alegría ante las cosas buenas y la fortaleza ante el sufrimiento y las penas. Trabajar en la viña del Reino del Señor, pase lo que pase, es garantía para la existencia terrena.

En cuanto a la paga de un mismo denario para todos, significa que al ser recibidos en la Casa del Padre, compartiremos en plenitud, como hijos suyos, la naturaleza de Dios, es decir, el amor y la eternidad.

Así tendremos la experiencia que comparte San Pablo hoy: Hermanos: ya sea por mi vida, ya sea por mi muerte, Cristo será glorificado en mí. Porque para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia.

Vemos con claridad que el Apóstol valora tanto la vida como su término con gran convicción y realismo, al grado de afirmar que terminar como Jesús en la cruz, abandonado de sus discípulos, y traicionado por uno de ellos, y muriendo injustamente crucificado y sentenciado por blasfemo y falso profeta es camino de vida y de vida eterna.

Por eso continúa diciendo: Pero si el continuar viviendo en este mundo me permite trabajar todavía con fruto, no sabría yo qué elegir. Me hacen fuerza ambas cosas: por una parte, el deseo de morir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; y por la otra, el de permanecer en vida, porque esto es necesario para el bien de ustedes.

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Expresa así con gran claridad que la vida, cualquiera que sea el derrotero que tenga, es oportunidad y camino hacia la verdadera vida, a la vida eterna. Pero que esa misma vida tiene sentido y la ama con apasionada entrega, porque es la oportunidad de ayudar y servir a los demás, sea para acompañarlos en el sendero correcto, como buen pastor y guía, sea para entenderlos, comprenderlos y ayudar a reorientar la conducta de quienes se hayan extraviado y necesiten una mano para levantarse y volver a ser discípulos fieles de Jesucristo.

Termina motivando a la perseverancia, a los miembros de su muy querida comunidad de los filipenses con estas palabras: Por lo que a ustedes toca, lleven una vida digna del Evangelio de Cristo. Pero estas palabras que históricamente fueron dirigidas a la comunidad de los Filipenses, hoy son referidas a nosotros, ya no por San Pablo, sino por Dios mismo, porque son Palabra de Dios, según la tradición ininterrumpida de la Iglesia.

Todos sin duda queremos obtener el denario al final de nuestra vida. Motivemos nuestro corazón, recordando que Dios Padre lo quiere, y lo desea más que nosotros mismos. Dios Trinidad anhela y confía que compartamos con Él y con nuestra Madre, María de Guadalupe, el amor y la eternidad. Pidamos a ella que nos quiere y nos cuida tanto, que así sea.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

 

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