Docenario de la Virgen de Guadalupe 2021. ¡Síguelo aquí!

Prepara tu espíritu para el 12 de diciembre. Por internet puedes seguir esta serie de reflexiones sobre la Virgen de Guadalupe.
Por la rendija de la puerta cerrada de la Basílica, se asoma la imagen de la Virgen de Guadalupe en la penumbra. Foto: María Langarica
Por la rendija de la puerta cerrada de la Basílica, se asoma la imagen de la Virgen de Guadalupe en la penumbra. Foto: María Langarica

El Dozavario Guadalupano o Docenario de la Virgen de Guadalupe es una actividad, o una serie de actividades, que se realizan durante 12 días en honor a la Reina de México y Emperatriz de América, cuyo propósito es crear un compromiso entre la comunidad para celebrarla devotamente en su día.

De cara al 490 aniversario de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac, la Arquidiócesis Primada de México transmitirá un Docenario que se llevará a cabo del 1 al 12 de diciembre de 2021.

Puedes leer: 11 y 12 de diciembre: Basílica de Guadalupe estará abierta, pero sin Misas

Se trata de una serie de reflexiones y oraciones sobre el tema “La vocación de una Mujer: una Madre y una Maestra”, que serán dirigidas por el sacerdote José Alberto Medel.

El padre Medel Ortega es licenciado en Teología por el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos; licenciado en Teología por el Pontificium Athenaum S. Anselmi de Urbe, y profesor del Instituto Superior de Estudios Guadalupanos.

¿Cómo participar del Docenario a la Virgen de Guadalupe 2021?

La transmisión podrá verse en varios canales, del 1 al 12 de diciembre a las 21:00 horas (hora del centro de México) a través de las siguientes redes sociales:

-ArquidiocesisMx

-Facebook Desdelafe

-YouTube Desde la fe

YouTube José Alberto Medel Ortega

Reflexiones y transmisiones:

Día 1

Concebida sin pecado: En un matrimonio y en una familia

Cuando hablamos de que María fue “concebida sin pecado”, exaltamos el don único y especial que Dios le dio a la que eligió para ser la Madre del Hijo. Sin quitar ni poner nada a lo dicho por la Iglesia en el dogma de la Inmaculada Concepción de María, a veces se nublan algunos elementos que implican también la santidad con la que fue concebida la Santísima Virgen María, me refiero a sus propios padres y a su familia.

La Tradición nos dice que María fue hija de Joaquín y Ana: Por algunos relatos de los evangelios apócrifos se han construido historias sobre la infancia de María, pero lo cierto es que muy poco -o casi nada- sabemos de María niña. Sin embargo, con lo poquísimos datos que tenemos, podemos hacer algunas afirmaciones fundamentales:

Los padres de María eran un matrimonio. Esto que parece una obviedad, no lo es para nuestros tiempos y es muy significativo señalarlo. Los evangelios anotan que al momento de la Anunciación “María estaba desposado con José”. Sin duda, María y José provenían de familias bien constituidas, observantes de la Palabra de Dios. Es difícil pensar que su situación familiar fuera anormal, por el contrario, José y María reflejan la práctica de gente piadosa, respetuosa de la ley divina, que tenía la convicción de fundamentar su vida en valores y principios basados en la fe. El matrimonio de los padres, cuando se vive en el proyecto de Dios, es garantía del crecimiento de hijos sanos y maduros.

El cuarto mandamiento de la ley de Dios donde se manda “honrar a los padres” no se refiere únicamente a la formalidad del respeto, sino a vivir de aquellas cosas buenas enseñadas por los papás.  Un hijo honra a sus padres, y hasta es su orgullo, cuando es una persona de bien, productiva, responsable, capaz de ir por la vida como un ser de bondad, no necesariamente alguien perfecto, pero sí alguien que se esfuerza por ser bueno teniendo a Dios por encima de todo y ayudando a su prójimo.  María y José honran a sus padres y, como ellos, quieren fundar su familia en un matrimonio sólido como Dios quiere.

El testimonio que María observa de sus padres, ella lo reproduce a cabalidad, pues sus padres son personas de fe, gente de la vida ordinaria que vive su fidelidad a Dios en el silencio de la vida cotidiana, cuyas grandes y maravillosas obras son tan simples como respetarse como esposos, ayudarse siendo compañeros, comparten sus alegrías y sus penas, contribuye cada uno con sus dones y capacidades personales al bien del otro, viven cumpliendo la ley de Dios dándole el lugar de primacía que tiene.  Sin duda, todo esto amalgamado por una vida de oración sencilla, que al despertar consagra la jornada y al ir a dormir se agradece por todo lo permitido por Dios.  Es en esta escena cotidiana donde María va forjando su personalidad, la cual le dará un lugar en la sociedad y con la cual formará una familia en el futuro con José.

La vida se construye en pequeñas decisiones que, estando en el camino correcto, a su debido tiempo darán su fruto. Joaquín y Ana jamás pensaron que su hija -aparentemente la única- tendría en sus manos una gran misión, no la criaron para ser la Madre de Dios, la criaron para ser simplemente una buena mujer, una buena creyente y, en el futuro, una buena esposa y madre.  En realidad, eso le bastaba a Dios para que su Hijo se hiciera hombre.

Esta personalidad de María se ve reflejada en el elegido para ser su mensajero ante el Obispo Zumárraga.  María elige a un hombrecillo como ella, a un hombre de la vida cotidiana, a un hombre que se ha forjado con el trabajo y el esfuerzo, a alguien que tiene a Dios por encima de todo y que ama a su prójimo como a sí mismo.  Este personaje, Juan Diego, es el que hará eficaz la fuerza del mensaje que lleva, porque lo acoge en sí con confianza, y va con sencillez a transmitirlo y a hacerlo creíble. Para la grande obra que María ha de realizar en nuestras tierras, ella imita el mismo modo de actuar de Dios, del Dios que enaltece a los humildes.

Demos la importancia debida a nuestra propia familia, pues cada familia, por el mismo hecho de serlo es sagrada, tan sagrada como la de Jesús y como la de María y la de José.  Allí Dios nos dio el don de la vida, de nuestros padres heredamos aquellos valores que nos hacen los hombres y las mujeres de hoy y son el punto de referencia para contribuir al crecimiento de las nuevas generaciones. Abracemos a nuestra familia y veamos en ella el lugar donde Dios quiere que lo glorifiquemos y que sea el primer lugar donde lo sirvamos con alegría.

Día 2

Nació una mujer

Resaltar la feminidad de María en nuestro tiempo no es algo menor.  En nuestra sociedad se discute el papel de la mujer y se reivindican sus derechos. Es innegable que la mujer ha sufrido mucha discriminación y violencia a lo largo de los siglos, que muchas veces ha sido objeto de denigración en su persona y en sus contribuciones, por eso el valorar a María, ante todo, como mujer, nos pone en la sintonía del querer de Dios, de una feminidad evangélica.

En el proyecto creador encontramos el fundamento de todo: Dios creó al hombre y a la mujer, los creó en igualdad de dignidad. Cada ser humano es único y valioso por el simple hecho de serlo, es un individuo de la raza humana con toda la grandeza que esto significa. Nuestra dignidad radica en el hecho de ser una persona con igualdad de derechos y obligaciones por el bien de todos. Junto con ello, la diferenciación sexual, lejos de crear una división, y menos una oposición, exige una comunión tan íntima que simplemente no podría existir el género humano. De este género humano, es la mujer la que alberga en su vientre a los nuevos seres humanos que reproducirán fielmente aquello mismo que Adán dijo cuando vio por primera vez a la mujer: “ésta sí es carne de mi carne y hueso de mis huesos”, y si bien estas palabras se refieren a la igualdad entre el hombre y la mujer, también se pueden entender como la igualdad entre un ser humano y otro, pues todos, sin distingo de raza o sexo, somos carne y huesos de la misma dignidad.

A esto hay que agregar que, dentro del género humano, es a la mujer a quien se le ha concedido el don de albergar en su santo vientre, la gestación de la vida, fruto de la unidad del hombre y la mujer, de manera que, por este altísimo honor, la mujer juega un papel de vital importancia en el desarrollo de la persona y de la Iglesia y de la sociedad.

Si en el plan divino de la creación estaba previsto el papel de la mujer, con mayor razón su misión ahora serviría para la redención. Dios asoció tan íntimamente a la mujer en su plan de salvación, que simplemente este no hubiera sido posible sin ella. Con esta afirmación parecería que Dios estaba condicionado a hacerlo así, y sí, Él mismo puso la condición para que su Hijo entrara en nuestra historia y estableciera esta íntima unión que hay entre el hombre y Dios en Cristo, y este prodigio se hizo en el seno de una mujer.

Nació una niña como todas, con la misma dignidad de todo ser humano y con la capacidad de gestar la vida en su vientre santo. Nació una mujer a la que Dios llamó para colaborar en la salvación y para que contribuyera con su feminidad a dar el toque propio que esta parte del género humano es capaz de dar.

Juan Diego ve a una mujer que estaba “encinta”, un dato que podría pasar desapercibido, pero que en el acontecimiento guadalupano tiene su propia relevancia.  Esta mujer embarazada tal vez debería “resguardarse” para llevar un embarazo “sin riesgos”, pero en estas tierras la mujer no es así, no debería de ser así, pero lo es: la mujer muchas veces tiene que hacer más de lo necesario para sacar a sus hijos adelante, incluso llevándolos en el vientre o cargándolo sobre sus espaldas, las mujeres de este pueblo hacen todo por sacar adelante a sus hijos, y esta carga es sólo física, porque ninguna madre cuenta los dolores, sufrimientos y fatigas que vive por gestar a sus hijos en su vientre y fuera de él, la madre sólo ama.

María de Guadalupe carga en su vientre al Hijo de Dios, pero también a este pueblo de adopción que está naciendo en parto doloroso, y que lo abrirá a la belleza de la vida en Cristo.

Para Juan Diego y para los indígenas de entonces esta mujer encinta era imagen fiel de lo que los evangelizadores estaban tratando de hacer: de gestar un nuevo pueblo con amor materno, con ese amor que toda mujer tiene como instinto y transmite con fidelidad y transparencia.

Juan Diego, con el simple hecho de ver a una mujer, y ésta embarazada, delante de sí, no duda en rendirle respeto y ponerse a sus órdenes.

En el tiempo de las banderas del “feminismo” conviene que los cristianos miremos en María de Guadalupe y en todo lo que ensalzamos y veneramos en ella, lo que toda mujer hace por gestar a la humanidad, sea en su vientre, sea en la multiforme belleza de sus obras, ideas y contribuciones.

Vivamos una “feminidad guadalupana”, donde las mujeres no se arredren ante su misión, donde no se dejen engañar pensando que su valor depende de lo que hacen en relación con lo que hace el varón, y que todos sepamos permitir que las mujeres aporten su necesaria e insustituible misión a la sociedad y a la Iglesia.

Día 3

Toda de Dios: presentación de María en el templo.

El relato de la Presentación de María al Templo nos viene de los evangelios apócrifos.  Es poco probable que tal cual lo que se narra allí haya sucedido históricamente por razones muy simples: la mujer no podía acceder a todo el Templo, su sección estaba muy bien delimitada y no podía traspasar los límites; también porque la “virginidad consagrada” en esa época era impensable, los textos sagrados ven como una bendición el tener hijos, incluso esta bendición crece cuando la prole es numerosa, así que, de hablar de conservar la virginidad, nada.

Por otra parte, el que los evangelios nos digan que María estaba desposada con José, y antes de que vivieran juntos ella conservaba su virginidad, lo más probable es que si Dios no la hubiera llamado a ser la Madre de su Hijo, María hubiera seguido con sus planes de esposa y madre. De manera que es poco probable que María haya sido ofrecida a Dios y que se haya resguardado en su adolescencia en el Templo de Jerusalén. María tiene planes de conservarse virgen hasta el matrimonio porque así lo exige la observancia del sexto mandamiento del decálogo.

Sin embargo, con todo y lo dicho anteriormente, la Iglesia sigue celebrando la “Presentación de María” el 21 de noviembre de cada año. ¿Por qué? Porque, aunque no se haya realizado el acontecimiento que se narra en los textos antiguos, la intención que ahí se refleja sí que sucedió, pues María, ante todo mujer de fe, pone su vida en manos de Dios y le promete ser toda de él.

¿Miramos aquí un asomo de la virginidad que habría de conservar después del parto? No. María se preparaba a ser una mujer como estaba escrito en la palabra de Dios, así que en su visión del futuro María sería una buena esposa y madre observando en su vida el plan de Dios sobre el Matrimonio y la Familia, y María estaba creciendo en esta conciencia y estaba esperándolo hacer en el momento oportuno.

Cierto que con la Anunciación los planes de María tendrán un matiz especial, pero en su infancia María no podría ni imaginarlo, por ahora es una mujercita creyente que se preparar para hacer lo que hace toda mujer y se dispone a vivir su madurez observando los mandamientos divinos.

Consagrarnos a Dios no quiere decir vivir en un estado de vida que desfigure lo que Dios por naturaleza nos ha dado, por el contrario, consiste en permitir a Dios entrar en toda nuestra vida y dejarlo actuar, partiendo de los dones y capacidades que nos ha dado. Consagrarnos a Dios es permitir que Dios vaya transformándonos poco a poco hasta alcanzar la estatura de Cristo.

En el acontecimiento guadalupano María viene a convidarnos la experiencia de ser “todo de Dios”. Su misma presencia es la concretización de una vida que apuesta por el plan de Dios. Los estudiosos de la imagen guadalupana nos dicen que viene en “paso de baile”, es decir, viene jubilosa, del lugar de las flores y de los cantos, lo que para la cosmogonía indígena era el paraíso.

¿Quién, sino aquel que vive de Dios en esta vida, no vive el paraíso por adelantado? ¿Quién ha consagrado su vida a Dios y ha quedado defraudado? María de Guadalupe viene a mostrarnos como ser “todo de Dios”, suyos, consagrados. Ella quiere que vivamos nuestra fe de tal manera, como si ya estuviéramos en el cielo.  Este es el anhelo que hay en el corazón del hombre y que por Cristo y en Cristo podemos alcanzar.

 

Día 4

Una joven y un proyecto de vida.

Ya hemos señalado que María tenía un plan de vida, lo cual no significaba que ella planeara su futuro de manera que todo saliera perfecto. Con María sucedió como nos sucede a nosotros, cuando somos jóvenes soñamos lo que queremos “ser de grandes”.  Ese posible futuro, si bien no está del todo en nuestras manos producirlo, sí puede ser de alguna manera previsto por las decisiones que tomamos en el presente.  Construir el futuro es ser dueño del presente, y ser dueño del presente es tan simple como saber decidir con la ayuda de un adecuado discernimiento.

Discernir es un arte, no se trata sólo de elegir desde las filas o las fobias, sino de distinguir el bien del mal y, rechazar el mal y elegir el bien, y una vez elegido el bien, mirar entre un bien y otro para escoger lo mejor.  Para esto, decía, no basta el gusto, la afición, el deseo, el placer, aunque todo entra en juego, se necesita el auxilio de una luz superior, y esta luz superior es la luz del Espíritu Santo. ¿Cómo, de qué manera, viene el Espíritu Santo a iluminarnos?

Fantasiosamente podríamos pensar que una especie de rayo de luz se va a posar en nuestra cabeza y luego va a penetrar el cuero cabelludo y el cráneo para penetrar en el cerebro y activar milagrosamente las neuronas… no, así no es.  En el Credo o Profesión de fe, decimos: “Creo en el Espíritu Santo… que habló por los profetas”. La Sagrada Escritura inspirada por el Espíritu Santo es su voz, en ella está el plan de Dios sobre todos y cada uno de nosotros y allí están los criterios para decidir en el presente con miras al futuro.

Para proyectar su futuro, para discernir sus opciones, María se deja guiar por la palabra de Dios. Esta la va ayudando a distinguir el bien del mal, a rechazar lo que la puede destruir y elegir lo que le agrada a Dios, el bien, el amor.

María funda su vida no en recetas mágicas, sino en los criterios salvadores que Dios ha dado a través de la Ley y los Profetas. Tocará a María, como tocará a cada uno, hacer vida esa palabra que salva.  Sin pensar que María era una especie de jovencita ilusa que andaba por la vida platicando con los pajarillos y los árboles, María era, sin duda, una mujer de oración y, por lo tanto, una mujer de discernimiento.

María tenía que ayudar en casa como todos, debía contribuir al bien de su familia, y una familia con muchas carestías seguramente; pero en medio de todo, sabía dar su lugar a Dios para dejarse iluminar por Él y pensar qué es lo que habría de decidir para el porvenir. María lo tenía claro, porque así lo decían las sagradas escrituras, tenía que ser una esposa piadosa y una madre amorosa, y para serlo, hoy tenía que albergar las virtudes que las misma Escritura exalta.

No es tan complicado, es tan simple como comprender lo que dice el salmo 127: “¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien; tu mujer, como una vid fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa: ésta es la bendición del hombre
que teme al Señor”.

En estas palabras se resume el camino de la dicha: temer al Señor y seguir sus caminos, es decir, conocer y escrutar se palabra, y vivirla; comer del fruto del propio trabajo, tener una familia como signo de la bendición de Dios. Si María quería ser dichosa, tenía delante de sí las líneas programáticas de la felicidad.

Los indígenas vivieron una etapa difícil luego del proceso de conquista, preguntaban al cielo qué pasaba con todo aquello en lo que habían sustentado su civilización y su cultura. El trauma fue muy doloroso, realmente no lo podemos imaginar. María de Guadalupe aparece para decirles que todo lo bueno que habían construido, que su ciencia, sus virtudes y su civilización se encaminaba a la plenitud que la fe cristiana les iba a aportar.

María, al traer a Jesucristo, vino a elevar lo más noble, santo y justo del alma del pueblo indígena, por la fe en su Hijo; no vino a ningunear a nadie, ni a sobajar, mucho menos a llamarlos herejes o demoniacos, vino a purificarlos de aquellos errores que por su natural limitación no habían advertido y les iluminó con la luz de la fe: este es el verdadero prodigio guadalupano, María supo entrar en la cultura y en la fe honesta de los pueblos indígenas y los condujo hacia la plenitud de Jesús el Señor.

Les hizo ver que todos sus afanes, sus trabajos, sus buenos propósitos, todos unidos en un proyecto de vida sostenido por la honestidad de su fe, ahora sería liberado para pasar de las tinieblas a la luz, y que todo lo que habían construido era la base para una civilización nueva, una que ni siquiera habían imaginado.

Día 5

Noviazgo y matrimonio con José.

María sigue con sus planes, esos que había discernido con la luz de la Palabra de Dios. Así que, como hacen los hombres de todos los tiempos y lugares, María ve en José a un hombre bueno con el cual formar esa familia descrita en la Sagrada Escritura.  No es difícil imaginar lo que habría en el corazón de María cuando miraba a José, lo que seguramente soñaba que sería de su vida a su lado.  Si ella quería realizar en su vida el plan de Dios, tenía que encontrar a un hombre que pensara como ella, que quisiera vivir el proyecto del matrimonio y la familia según la voluntad de Dios.  Ese hombre era José.

Fue en el siglo V cuando por influencia de algunos Padres de la Iglesia como san Ambrosio y san Agustín, que se exaltó mucho la virginidad consagrada. La mejor figura de este ideal de la virginidad era María, por eso, como consecuencia de esta idealización, a san José se le empezó a representar como un anciano llamado a custodiar a esta joven y núbil doncella; historias más atrevidas han señalado que incluso José habría tenido una primera mujer con la que procreó hijos y luego, estando viudo se casa con María.

Nada de esto se sustenta con la realidad.  Lo poco que nos dicen los evangelios sobre José es mucho y suficiente, porque con unas cuantas pinceladas nos reproducen la imagen de aquel que supo ser esposo y padre.

María escogió (o José escogió) a una persona que quisiera fundar su vida en Dios. Ambos eran piadosos y temerosos de Dios, el evangelio dice que José era un hombre justo, es decir, un hombre piadoso, observante de la religión, que temía a Dios y ayudaba a su prójimo, en una palabra, era un buen hombre.

Seguramente José era un joven inquieto como todos, que tenía que madurar rápidamente porque la expectativa de vida tampoco era mucha, así que, enamorándose de María y viendo en ella un “alma gemela” no dudó en pedirle matrimonio según las costumbres de la época.

No me atrevo a imaginar cómo habrá sido el noviazgo de José y María, ni siquiera estoy seguro de haya habido tal, pero de que hubo un encuentro de miradas y que su relación se basó en un enamoramiento que después se convirtió en amor, de eso no me cabe la menor duda.

El matrimonio, como dice el mismo Jesús, ha sido “manoseado” por los hombres según su conveniencia, sin embargo, en el querer de Dios, el matrimonio se funda en el amor y, tan es así, que el mismo Jesús lo eleva a la dignidad de sacramento, el matrimonio es el sacramento del amor de Dios por su pueblo manifestado en Jesucristo crucificado.

Sin pretender decir una barbaridad a lo que corresponde a la Revelación Divina, lo cierto es que Jesús, hombre verdadero al igual que Dios verdadero, reproduce en su enseñanza lo que él mismo vio y vivió entre los hombres, así que, en gran medida, su proyecto sobre el matrimonio lo vio cristalizado en el matrimonio de sus propios padres.

El matrimonio de José y María no fue un arreglo, una conveniencia, un fingimiento para prestarse a una farsa cuyo patrocinador era Dios, no, el matrimonio de José y María se fundó en el amor conyugal y la madurez de ese amor tuvo como camino previo, un noviazgo que implicó discernimiento, elección y amor.

A todos nos toca cuidar que los matrimonios se funden en un amor sólido y verdadero y por ello hay que enseñar a los jóvenes a amar, a distinguir el amor verdadero de lo que se disfraza de amor y que no lo es. Hay que ayudar a las nuevas generaciones a que se atrevan a vivir del amor verdadero, de ese que se compromete, que valora al otro como lo que es, una persona valiosa y digna, que se pueden establecer relaciones sanas y constructivas, que se puede construir un proyecto duradero como lo es matrimonio, viviendo un noviazgo bello y generoso.

El mensaje guadalupano vino a preparar el terreno para que la Alianza nueva y eterna fuera realidad en estos pueblos y en estas tierras.  María pidió un templo para dar en él al que es su amor, su compasión, su auxilio y su defensa, que es aquel que llevaba gestando en su inmaculado vientre. Este pueblo se había preparado por siglos, no sabía con quien había de desposarse, hasta que llegó el que abolió los sacrificios humanos, el que terminó con la barbarie entre hermanos, el que vino a fundar la civilización del amor.

Día 6

El proyecto de Dios en el proyecto de María: la Anunciación

Hasta ahora hemos dicho que la preparación de María para ser la Madre del Hijo de Dios fue, en principio, como la de todas las mujeres que se preparan para ser esposa y madre. No podemos hacer a un lado la acción de la gracia en María, de la cual se vio privilegiada desde su concepción inmaculada.

Sin embargo, con todo y que fue la “llena de gracia”, esta no la asistió como por arte de magia, todas las disposiciones naturales y los medios que María puso a disposición fueron los canales a través de los cuales esa gracia se hizo efectiva. Y, con todo y todo, María nunca imaginó lo que Dios habría de proponerle a través del ángel Gabriel.

El relato bíblico nos dice que un día el ángel Gabriel se apareció a María y le transmitió un mensaje singular: “Has hallado gracia ante Dios, vas a concebir y a dar a luz a un Hijo”.  Ella hizo una pregunta lógica “¿cómo será esto, puesto que yo permanezco virgen?”

Lo extraordinario, hasta aquí, es la aparición del ángel, pero el mensaje podríamos ubicarlo dentro de las coordenadas de la normalidad: María se había preparado para ser esposa y, de hecho, ya lo era, así se indica en el inicio del relato, por lo que, al proyecto sobre el matrimonio le sigue la procreación y educación de los hijos.

Que va a ser madre, es lo más natural del mundo, para eso se había desposado con José, para formar una familia. Ahora, que el hijo que va a nacer “será llamado Hijo del Altísimo” y se le dará el trono de David, pone un toque de extraordinariedad al nacimiento de su hijo: no será un niño cualquiera, se trata del Hijo del Altísimo y el heredero de David.

María conocía las Sagradas Escrituras, creía en ellas y anhelaba su cumplimiento, nunca se imaginó que en ella esta promesa, la más deseada por el pueblo de Dios y, silenciosamente, por toda la humanidad y por toda la creación, llegaría a su cumplimiento a través de ella.

El mensaje del ángel no le era desconocido a un creyente como María, pues la vida espiritual de los judíos de ese tiempo se centraba en la espera del Mesías, todos anhelaban su venida, unos, con intereses ajenos a la fe, esperaban a un general militar que congregara al pueblo y los condujera a la libertad; otros, los que creían de verdad, porque conocían las promesas de Dios a través de la Ley y los Profetas, sabían muy bien el perfil del redentor, así que María, al escuchar al ángel, es capaz de comprender de quien se trata ese Hijo que va a concebir en su vientre.

Comprendiendo la grandeza del mensaje, María hace una pregunta muy simple “¿cómo será esto, puesto que yo permanezco virgen?” Gabriel le dice que esta concepción será por acción del Espíritu Santo. La pregunta de María no es la de quien cuestiona a Dios sus designios, ella los conoce por la Escritura, sólo quiere que ese mensaje se actualice para ella, es decir, que le diga cómo será esto posible.

Ella es esposa y se debe a su marido, Dios no va a contradecir sus designios sobre el matrimonio, por eso la pregunta. El querer de Dios expresado en el mensaje del ángel no fue una irrupción violenta en el matrimonio de José y María, Dios no vino a deshacer sus planes, no vino a obligarlos a hacer su voluntad porque sí, por muy divina que esta sea. Dios hace una invitación que va en la misma línea de la opción de fe de una persona.

María y José se habían desposado para ser compañeros y padres, Dios es lo que necesita de ellos, pero les pide un acto de generosidad: que ese matrimonio, en el que van a ser compañeros de vida, sirva para el proyecto divino en el que el Verbo eterno tenga un hogar, y ese ideal de tener hijos, ahora lo cumplan acogiendo como a hijo propio a su Hijo eterno. María lo va a concebir por obra del Espíritu Santo, José hará de verdadero padre haciendo del hijo un verdadero hombre por la educación.

El proyecto de María y de José no se ve truncado, por el contrario, es tomado por Dios, con el consentimiento de ambos, para una obra tan delicada como la que había prometido a los primeros padres y que refrendó a lo largo de los siglos. María no ve truncado su proyecto de vida, más bien permite que Dios lo tome y cumpla en él su voluntad. Formará un matrimonio sólido y verdadero con José, no será una fachada para guardar las apariencias, Jesús santificará con su presencia la belleza y la nobleza de esa joven pareja que ha ofrecido su matrimonio para la obra de Dios; María dará carne al Verbo Divino y en adelante será Madre de Dios.

La familia de Jesús es sagrada no sólo porque está compuesta de personajes tan singulares, es sagrada porque es una verdadera familia, como todas las familias son sagradas, fundada en el amor de los esposos que han ofrecido su matrimonio al proyecto de Dios; tendrán un hijo, con las singularidades del caso, pero tendrán un hijo de verdad al que amarán y servirán como verdaderos padres.

En el acontecimiento guadalupano, María pide un templo. Para los indígenas el templo no es sólo un lugar de culto, es el fundamento de su civilización, por eso edificar un templo exige formar en torno a él un nuevo pueblo. De esta manera los indígenas interpretan en el pedido de esta Niña del cielo la fundación una nueva civilización entorno a un nuevo templo en el que ella va a dar y a mostrar al que es su amor, compasión, auxilio y defensa.

Los pueblos precolombinos tenían su proyecto de vida basado en sus creencias religiosas, buscaban legítimamente a Dios. La dificultad era que no habían sido iluminados por la divina revelación. María, como testigo de la manera en que Dios obra, los invita a atreverse a encontrar la plenitud de lo que tanto anhelaban en Cristo, y ella será la maestra que les ayudará encontrar como todo aquello que habían vivido en su civilización iba a ser transformado por Jesucristo, su amado Hijo.

Nosotros también hemos de descubrir que a Dios sí le importan nuestros planes, nuestro futuro, que Dios sí nos toma en serio, y más bien somos nosotros los que lo vemos como un invasor en nuestras vidas que viene a imponernos mandamientos difíciles de cumplir. El día que como María y José dejemos que Dios tome nuestro planes y los transforme por su amor en caminos de salvación, entonces dejaremos que Dios obre maravillas como lo hizo con María y con Juan Diego y con todos los que has permitido que Dios actúe en su vida.

Día 7

María madre: el nacimiento y el crecimiento del Hijo

En nuestro tiempo hablar de la maternidad parece un tema pasado de moda. A veces parece que hasta defenderla sería un atrevimiento imperdonable. Hoy se tiene que hablar de “empoderar a la mujer”, y con ello se entiende hacer que las mujeres se parezcan a los hombres. En este sentido una mujer que parezca poderosa es la que imita los gestos del hombre, la que hace lo mismo que él. El 1 de enero de cada año celebramos la divina maternidad de María, nos centramos en el hecho que María concibió a un hombre verdadero que al mismo tiempo es Dios, por eso, porque concibió a una persona, Dios y hombre a la vez, es que decimos que María es Madre de Dios. Sería muy pobre reducir la maternidad de María al puro hecho de que “gestó en su vientre” al Hijo de Dios, pues la maternidad de María fue completa en el sentido de todo lo que implica la maternidad y también porque Dios no usa a las personas para sus fines: Dios involucró a María como protagonista de su plan de salvación, y este protagonismo implicó toda la vida y todas las capacidades y todas las potencialidades de una mujer, de María.

María acompañó a Jesús durante toda su vida, hizo lo que toda madre hace con sus hijos: lo educó, le enseñó todas aquellas cosas que aprendemos de nuestros padres (gestos, modos, manías) y todos los principios que nos van dando raíz en la vida. Asociada con José en el pacto conyugal, María hizo de su hijo un hombre en toda la expresión de la palabra, de manera que los contemporáneos de Jesús no dudaron siquiera un momento que Jesús fuera un hombre como todos.

¿Qué hay de todos esos años en los que Jesús vivió en el silencio de Nazaret? será difícil saberlo con puntualidad, pero no es complicado intuirlo, basta con mirar las formas, las maneras, el actuar de Jesús, los ejemplos que utiliza para explicar su mensaje (las parábolas) para intuir cómo eran sus padres y su entorno. Ser padres no es sólo traer a los hijos a este mundo, ese es el principio, es sobre todo educarlos: ese es el primer derecho que tiene todo hijo y es la primera obligación que tiene todo padre. No ocuparnos personalmente de la educación de nuestros hijos es una grave falta, pues sólo los padres son capaces de dar a sus hijos lo que necesitan para vivir, incluso en medio de las limitaciones humanas. María estuvo al lado de Jesús niño, adolescente, joven, adulto, en todas las etapas donde Jesús fue madurando y descubriendo su vocación, y también donde fue aprendiendo todas aquellas cosas que el ser humano debe saber para ganarse el pan de cada día, para contribuir al bien de los demás ofreciendo los talentos y las capacidades que se tienen personalmente. Jesús es verdaderamente el hijo de Dios, pero esto no significa que el Señor haya venido a este mundo sabiéndolo todo, pues como hombre verdadero tuvo que entrar en el proceso de aprendizaje al que toda persona debe someterse para abrirse paso por la vida. Sin duda María ocupó su lugar de maestra de su propio hijo, y con la ayuda de José, logró transmitirle sus valores, sus principios, sus convicciones, todo aquello que después Jesús honraría con su manera de vivir. La maternidad entonces no es sólo procrear, peor aún como se dice hoy, reproducirse. Ser madre es gestar a los hijos en el vientre, como parte del proceso biológico a través del cual toda persona viene a la vida, pero el otro, igualmente importante, es el de acompañar los pasos de los hijos hasta que ellos mismos sean capaces de decidir sobre sí mismos y emprender su propio camino. Así lo hizo María, así lo quiso Jesús.

El investigador peruano José Aste Tonsaman, a finales de los años setenta, descubrió una serie de imágenes en los ojos de la imagen de la Virgen de Guadalupe.  Años después y gracias a los avances tecnológicos, sus estudios fueron profundizándose hasta no dejar lugar a dudas de que en los ojos de la Virgen está una familia completa.  Estas imágenes respetan la curvatura normal del globo ocular y el fenómeno del reflejo que se da de las imágenes en los ojos humanos.  El mismo investigador, además de la minuciosa explicación que da y que apunta a confirmar lo milagroso del suceso, hace una interpretación que parte de una pregunta: ¿Por qué se ha hecho este descubrimiento en esta época? Decía que sus estudios datan de finales de los años setenta, porque sería a partir de entonces que el ataque a la familia empezaría poco a poco hasta llegar a lo que hoy vemos.  Para el Dr. José, sí se han hecho estos descubrimientos en esta época es para hacernos ver que el mensaje guadalupano tiene como centro a la familia, porque precisamente en los más delicado del cuerpo de esta mujer está reflejada una familia, como haciendo realidad aquella famosa frase “en la niña de sus ojos”, es decir, en la mira, en lo más delicado.

El Hijo de Dios se hizo hombre -con toda la extensión de la palabra- en una familia, para hacer al hombre nuevo en estas tierras, Dios reproduce el mismo esquema evangélico, María lo ejecuta con la misma fidelidad: por lo tanto, el evangelio se reescribe en cada familia, centro de la mirada y del cuidado materno de Santa María de Guadalupe.

Día 8

María discípula: compañera del predicador y maestro.

El conjunto de los evangelios nos reporta tres ocasiones donde aparece María en la vida pública de Jesús: En las bodas de Caná; cuando “su madre y sus hermanos” lo van a ver porque dicen que se ha vuelto loco; y al pie de la cruz.

Eso no quiere decir que María no haya estado al lado de su Hijo en otros momentos, es poco probable que María fuera ajena a la obra de Jesús, más bien María Madre, junto con otras mujeres, acompañaba a Jesús por todas partes.  Centrémonos en estos tres momentos significativos.

En el primero, María se muestra como la propiciadora del primer milagro de Jesús. Más allá del hecho narrativo que da para muchas conclusiones, hay un dato interesante en relación con la última aparición de María en el evangelio, la escena de la crucifixión.  En ambos relatos María está en “la hora”, la expresión que utiliza san Juan para referirse al momento glorioso de la cruz.  En ambos relatos Jesús llama a su madre “mujer”. Con ello Jesús parece que reivindica esta vocación tan particular de una mujer en el plan de salvación. En las bodas de Caná parece que todo transcurre normalmente, María se percata de un detalle que podría dar un vuelco al todo del festejo nupcial: ya no tienen vino. En el todo del acontecimiento su genio femenino le hace comprender la importancia del vino y la gravedad de ese pequeño detalle. Para un problema extraordinario una solución extraordinaria, ¿qué habrá pensado María cuando ve el tamaño del problema y recurre a su Hijo? ¿Por qué hacer intervenir a su Hijo en algo aparentemente sin importancia y en lo que -en principio- Jesús no tenía nada que ver? ¿Habrá imaginado lo que su Hijo iba a hacer? Insisto, más allá de la trama narrativa, hay un toque especial en la forma como Jesús le responde: “Mujer, ¿qué podemos hacer tú yo? No ha llegado mi hora”.  Destaco de nuevo la expresión “mujer”, porque únicamente una “ella”, con todo lo que su corazón es capaz de percibir, se atreve a dejar un problema en manos de Jesús que aparentemente no está en sus manos resolver.  Esta acción temeraria se basa en la confianza que tiene en su Hijo, ella lo crio, ella sabe de lo que es capaz, y ella lo lanza al “nuevo mundo de su misión” en un momento inesperado. ¿Cuándo un joven es capaz de emprender el vuelo de su propia vocación? La gran mayoría lo hace cuando la mamá lo “avienta al ruedo”; antes que nada, la mujer, la que puso Dios en su plan salvífico para trabajar de mujer, es la que tiene la intuición de decir al Hijo: “esta es tu hora”.
Una escena similar se repetirá en el Gólgota.  El que sabía de la necesidad e importancia de la mujer en las obras de la creación y de la recreación, allí en el momento supremo, le refrenda la misión y perpetúa la necesidad de su presencia: “Mujer, ahí está tu hijo”.

La que había sido fundamento de la vocación personal del Redentor y con su contribución especialísima de esposa, madre y compañera, había encarrilado el proyecto divino de que el Verbo fuera verdaderamente hombre, ahora debía seguir contribuyendo de la misma manera.  La Iglesia no podría entender su misión si no se viera en el ejemplo de María, con esta idea se corona el octavo capítulo del documento del Concilio Vaticano II que habla del ser de la Iglesia.

La otra escena a la que he hecho referencia, corona todo lo que se dice de María en la Sagrada Escritura.  Al informe que dan a Jesús de que su Madre lo busca, el Señor responde con el mayor reconocimiento que le hace: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.

En muchos textos del Antiguo Testamento a los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen se les llama “dichosos”, el mismo Jesús, ante el elegio de otra mujer sobre su madre, Jesús dice que es más dichoso el que escucha la palabra de Dios y la cumple.  ¿Qué habrá admirado Jesús más de su madre? ¿Qué habrá visto en la laboriosidad de su día a día, en la ordinariedad de sus gestos de esposa y madre? Sin duda Jesús creció al lado de una mujer feliz, de una mujer dichosa, de una mujer animosa y, como se diría hoy, emprendedora.

No tengo duda que cuando Jesús pensaba en el ideal de discípulo, quien le venía a mente, era su Madre, y menos dudo que José también. El toque que da María a la obra de Jesús es el de la ternura, ese que conmueve al corazón del más duro, y sin duda ese toque lo aprendió Jesús de la más tierna y dulce de las creaturas, de la que era feliz porque había aceptado la invitación del Padre y porque había puesto su confianza en él.

Todo lo dicho anteriormente es el marco de referencia del acontecimiento guadalupano.  En el Nican Mopohua, al que yo llamo el Evangelio de la ternura, se ver reflejado el trato deferente de María por todos, por Juan Diego, por el Obispo Zumárraga, por los pueblos indígenas y sus raíces culturales; por Jesús mismo de quien es portadora. Eso mismo que repasamos del Evangelio se repite aquí en 1531, aquí también viene la misma mujer del Evangelio para hacer “la hora” de Jesús en estas tierras y a recibir de Él en encargo de ser Madre para este pueblo naciente.

Cuánto de este marco referencial debemos aprender para un mundo tan desgarrado por la descalificación, la crítica destructiva, la difamación y otras formas de violencia que desagarran el día a día de nuestro tiempo.  Ojalá y aprendamos de María este pequeño detalle que hace la diferencia en todo.

Día 9

Maestra de Juan Diego

Con la brevedad, que al mismo tiempo no deja de ser elocuencia, del relato de las apariciones, el acontecimiento guadalupano nos muestra como María sigue la misma pedagogía de Dios. María, la Mujer del Evangelio, viene a acompañar el nacimiento de un pueblo como lo hizo al escribirse la historia de la salvación. Para hacerlo escoge a un macehual como ella, a un hombre que vive de su fe y con esa fe construye su día a día. Este hombre va fielmente a Tlatelolco a escuchar el mensaje de los “delegados de nuestro Señor”, es decir, a alimentarse de la palabra de Dios, como lo hizo María en su infancia nazaretana. Desde la primera escena esto queda claro, María llama a un hombre fiel, y por fiel quiero decir un hombre de fe y a un hombre que practica su fe, la cual trata de instruir con la catequesis que los frailes enseñan. Este hombre, precisamente por ello, va ante el obispo con un mensaje que de suyo se antoja increíble, sin embargo, va con la confianza de que está diciendo la verdad, porque es temeroso de los mandamientos divinos y no miente, y porque va a dar cuenta de lo que ha visto y oído.
En la segunda aparición, lleva la razón a la dulce Señora del Cielo de lo dicho por el Obispo, ella le pide que regrese a donde el Obispo para refrendar la petición de que en el llano se le construya un templo. Juan Diego, después de intentarlo por segunda vez, vuelve descorazonado ante María y le pide que envíe a alguien más digno de confianza para realizar su propósito. Juan Diego trata de ser realista, a él no le van a creer, tal vez a través de una persona más distinguida el mensaje alcanzará su objetivo. En su cántico, María recuerda que Dios mira la humildad de sus servidores, Ella es el ejemplo de esto y en adelante así actuará para realizar la misión que Jesús le confío en la Cruz. A pesar de que Juan Diego casi casi se ningunea, María le dice que tiene que ser precisamente él quien cumpla su voluntad. Juan Diego se retira de la presencia de María teniendo esta idea en su mente sin que descienda a su corazón.
Al otro día su tío está gravemente enfermo, Juan Diego hace lo que humanamente puede hacer: lo cuida, lo procura, y en el momento en que todo parece perdido, va en busca de un sacerdote para que preste los auxilios divinos al moribundo. En la cuarta y última ocasión en que se encuentra Juan Diego con María, ella da la lección más importante a Juan Diego, debe confiar, porque antes de que él confíe en Dios, Dios ha confiado en él. Sólo creyendo en la palabra de María, Juan Diego hace a un lado la preocupación por la salud de su tío y se apresta a realizar lo que la Virgen le pedido.
El Evangelio nos da un indiscutible rasgo de María: “meditaba todas las cosas y las conservaba en su corazón”. Esto no significa que inmediatamente comprendía todo, quiere decir que lo recibía como venido de Dios y que, aunque incomprensible al inicio, con la ayuda del Espíritu Santo y en la oración, trataba de penetrar en lo que, sin duda, estaba en sus posibilidades realizar.  Juan Diego tiene este rasgo, un tanto inmaduro, pero la experiencia de lo vivido con su tío y la invitación a la confianza de María, le hace comprender ese modo de obrar que permite que Dios haga maravillas.
Los historiadores nos dicen que luego de sucedidas las apariciones, Juan Diego se edificó una pequeña habitación junto a la ermita guadalupana.  Allí testimoniaba a todos lo bueno que Dios había sido con él por la presencia de María, e invitaba a todos a recorrer el mismo camino, el camino de la confianza.  Esta confianza traducida en testimonio de fe fue la más elocuente predicación de Juan Diego.

Día 10

Maestra del Obispo Zumárraga

El acontecimiento guadalupano tiene muchas aristas, de ella se desprenden enseñanzas muy valiosas.  La narración del Nican Mopohua establece una relación entre dos personajes a través de un intermediario: María envía un mensaje al Obispo de México a través de Juan Diego, quiere decir que la trama del relato es entre María y el Obispo, Juan Diego es el mensajero, pero es al Obispo a quien María dirige su “venerable aliento” y a él es a quien pide el templo; para comprobar la veracidad del suceso, es al Obispo a quien envía “la señal”. Bien podemos decir que el diálogo se da entre María y el Obispo, aunque el relato nos explicite que este “diálogo” se da a través de un intermediador. ¿Qué podemos decir de todo esto?
Los especialistas en el estudio guadalupano nos dicen que el hecho de que sea el Obispo el destinatario del mensaje de María da un tono eclesiológico al acontecimiento.  María, como parte de la Iglesia, se somete a la autoridad de quien en este mundo es la presencia sacramental de su Hijo, el Pastor de la Iglesia.  Este sometimiento no debe entenderse en sentido negativo, se refiere a lo que se logra cuando se hacen las cosas en comunión, en la que los pastores ocupan el lugar de dirección y presidencia.  Si Cristo, en la evangelización fundante, edificó su Iglesia en el cimiento de los apóstoles, en la nueva comunidad que ha de fundar para acrecentar su Iglesia en estas tierras, igualmente va a actuar ahora a través de un sucesor de los apóstoles, del Obispo Juan de Zumárraga, de quien María se va a hacer “aliada” en la gran obra que él y los demás evangelizadores tienen por delante.  María Santísima no viene a “fundar su iglesia”, mucho menos a “inventarse una nueva religión”, viene a proseguir la obra de su Hijo y, como lo dicen los Hechos de los Apóstoles, ella forma parte activa de la comunidad eclesial, no eclipsa el papel y el lugar de los apóstoles, pero sí toma su lugar en la Iglesia y aporta a todos de su riqueza. Si María es “maestra de oración” no es de extrañar que bajo sus auspicios la primitiva comunidad cristiana se reúna para orar, y en ese clima es donde se produce el don pascual del Espíritu Santo; igualmente aquí, María, bajo la autoridad del sucesor de los apóstoles, congrega al nuevo pueblo para que reciba el don del Espíritu Santo, que será el alma del nuevo pueblo de adopción, y este será la razón por la que pida un templo.
Fray Juan de Zumárraga es un hombre de gran experiencia y de una sólida formación humana y espiritual, su presencia en la Nueva España fue indispensable ante lo que estaba significando el encuentro entre dos culturas. Desde que España legitimó su “derecho” a conquistar estas tierras lo hizo con una mirada muy distinta a como hoy podríamos entenderlo.  En esa época, Dios era el referente de toda la vida humana, nada podía entenderse sin Él, así que pensar en la Conquista como un simple movimiento bélico de sometimiento es falsear la historia.  Los españoles de hace cinco siglos lo miraban como un deber de fe, era su manera de entender que debían “cristianizar” el mundo que estaban conociendo, sin el cual el mundo no tiene fundamento. En esto hay claroscuros, pero no se puede cuestionar esta finalidad.  Fray Juan de Zumárraga juega un papel muy importante en este sentido, se convierte en defensor de los indios no de un modo sentimentalista, como hoy, dicen, se defienden los derechos humanos, sino en un sentido de fe, que es una visión muy distinta, donde Cristo con su Evangelio viene a darle dignidad a los seres humanos.  Fray Juan de Zumárraga es un evangelizador, pertenece a la familia fundada por san Francisco de Asís, así que en su “ADN espiritual” está el espíritu misionero. Él encabeza una titánica tarea evangelizadora, y con todos sus esfuerzos y capacidades, sabe que simplemente no le alcanza.  En más de alguna ocasión, el venerable Obispo habrá pedido los auxilios divinos para alcanzar su objetivo.
Santa María de Guadalupe viene a dar aliento e impulso a esta gran cruzada.  Comienza por recordarle al Obispo donde debe estar su mirada: el templo es para dar a Jesucristo, dándolo a él todo lo demás toma su curso.  También le recuerda que los indígenas, en medio de su natural desconocimiento de la fe, son personas deseosas de Dios, nobles, sinceras, abiertas por su humildad y sencillez, y que confiar en ellos, como Dios confía en cada uno de nosotros, aligerará la carga.  Juan Diego es ejemplo de ello, por eso su persona es en sí misma un mensaje de María al Obispo, tal vez hubiera sido más simple que la Santísima Virgen se apareciera directamente al Obispo, pero era necesaria la profesión de fe del pastor, la fe en Dios y su obra y la confianza en el indio.  María, como en las bodas de Caná, es capaz de observar la importancia de los detalles en el todo, por eso se dirige a quien tiene la potestad, divina y humana, de llevar adelante la evangelización y, por otro lado, hace ver lo que en este sentido pueden dar los mismos indígenas.
Así, María enseña al Obispo que, si bien son necesarias sus dotes personales de naturaleza y de gracia, imitar el actuar del Cristo del Evangelio es el camino para escribir la página de la historia de salvación que habría de hacerse en estas tierras. Cuando el Obispo cae en cuenta de esto se da en él una especie de conversión que lo lleva a confiar más en Dios y en María santísima y a ser más dócil para que sea Dios, a través de él, quien realice su obra.  Fray Juan de Zumárraga pasará a la historia como un “defensor de los indios”, pero a los ojos de Dios será un buen pastor que supo dar la vida por sus ovejas.

Día 11

Maestra de un pueblo: “hagan lo que él les diga”

La expresión evangélica de María, es tan simple como profunda.  En las bodas de Caná dice a los sirvientes: “hagan lo que él les diga”. ¿Qué tiene esta frase de extraordinario? Se sacan de ella muchas reflexiones, se dice que con esa frase María está invitando a escuchar la palabra de Jesús, a abrir el corazón a su designio salvador, a su mensaje de verdad y vida.  Cierto, todo esto es cierto, pero por principio de cuentas se trata de una frase sencilla y muy práctica. ¿Qué quiero decir? Recordemos, María ha dicho a Jesús “ya no tienen vino”, Jesús dice a su madre que ni ella ni él tienen que ver en el asunto, sin embargo, María, con su genio femenino y su intuición materna, dice simplemente: “hagan lo que él les diga”, es decir, escuchen lo que va a decir mi Hijo y háganlo, o sea, llenen de agua las tinajas que se usan para las purificaciones de los judíos. A eso me refiero, a hacer algo tan simple, como “llenen de agua esas tinajas”, así que los sirvientes fueron por unas cubetas de agua y las vertieron en las tinajas: así de simple.  Hay un gran sentido de sencillez en esa frase, un poco me recuerda a aquella actitud de los criados con el gran general del ejército sirio, Naamán, que fue a donde el profeta Eliseo para ser curado de la lepra; cuando oye del siervo de Dios que tiene que ir a bañarse siete veces al río Jordán, se molesta y expresa la razón “yo pensé que el profeta iba a salir e iba a realizar signos extraordinarios ¿qué no son mejores los ríos de mi tierra que este río Jordán? Los criados le replicaron con mucha sencillez: “si el profeta te hubiera pedido algo de mayor dificultad, seguro lo hubieras realizado, sin embargo, te pide algo muy simple”. Convencido de ello fue al río e hizo lo señalado por el profeta, luego se produjo el milagro de quedar curado. ¡Qué simple!  ¿Qué fue lo que sanó a Naamán? ¿haberse metido en un río milagroso? ¿haber tenido mucha fe? ¿el gran poder del profeta?  Nada de eso, lo que lo curó fue la humildad, la de darse cuenta de que bastaba con hacer sencillamente lo que el profeta le decía, y así doblegar su soberbia de victorioso guerrero, para escuchar con sencillez el pedido de alguien que ni siquiera salió a recibirlo.  Además de la lepra física, Naamán fue curado de la lepra espiritual, es decir, de la soberbia que arruina a quien la tiene.
Nuestros pueblos habían vivido seguros de sí mismos, confiaban demasiado en sus creencias las cuales, a nuestros ojos, eran bárbaras en todo sentido, pues sacrificaban lo más granado de su pueblo para alimentar al sol.  Ciertamente lo hacían por necesidad, pero también para mostrar su superioridad ante los demás, especialmente los aztecas, lo cuales habían sometido duramente a los pueblos circunvecinos y también tomaban a sus hijos para sacrificarlos.  Esa barbarie se detuvo con la llegada del evangelio, pero no estaban convencidos del todo, por eso el pueblo entró en una dura cruda moral, pues habían visto caer todo lo que habían construido y se les decía que nada de lo que creían era verdad.  Hasta que llegó esta Niña venida del cielo, donde está Dios, en el lugar de las flores y los cantos, para decirles que no era necesario sacrificar a nadie más porque ya había que había sido sacrificado por todos y que todo lo que creían, si bien estaba obscurecido por ideas religiosas que no tenían modo alguno de desmentir, su sincero deseo de Dios, su búsqueda honesta de la verdad y el esfuerzo cotidiano por ser mejores no habían sido en vano, al contrario, eran el sólido cimiento para acoger la buena nueva de Jesucristo.
Se tenía que hacer algo simple: obedecer, es decir, “llenar de agua esas tinajas”.  En la voz de María se traduce como “quiero que se edifique una teoteolcatzin, una casita para Dios, donde yo daré al que es mi amor, mi compasión, mi auxilio y mi defensa”.  Como aleccionó a Juan Diego y al Obispo Zúmarraga, en ese lugar habría de aleccionar a “todos los moradores de estas tierras y a todos los amadores míos que me invoquen y en mí confíen”.  Ese nuevo templo, sería el cimiento de un nuevo pueblo en Jesucristo, y para edificarlo solo bastaba obedecer con humildad, confiando en la voz de quien ordena.  Tal vez si a nuestros antepasados la Santísima Virgen les hubiera pedido algo grandioso, sin duda lo hubieran hecho, pero aquí de lo único que se trata es de “hacer lo que Él les diga”, y ese es el mensaje evangélico y permanente que resuena en Guadalupe, el de la humildad y la obediencia.
Los que nos abuelos y ahora nosotros nos toca aprender, es a mirar con sencillez los designios de Dios, que cuando hacemos a un lado toda soberbia y abrimos el corazón al mensaje divino, nos daremos cuenta de que la vida es más sencilla, que es más bien nuestro orgullo la que la hace complicada, para nosotros y para los demás, y que esta sencillez nos pone en la  órbita de lo que es indispensable para construir juntos un mundo mejor.  El mensaje de Guadalupe que ha sido captado así por almas sencillas y humildes, ha hecho de sus obras puntos transformadores de la sociedad y de la historia, no conozco de un solo guadalupano que no sean cada día mejor persona, que no contribuya con sus dones personales al bien de todos, que no sea generoso, que sea chismoso, calumniador o mentiroso, que sea corrupto o que sólo le preocupe salvar su buena imagen; por el contrario, un verdadero guadalupano es alguien tan sencillo que busca en todo, “hacer lo que Jesús dice”, e impregna cada día con los valores del evangelio, por eso es generoso, solidario, respetuoso, honesto, veraz, sincero, amante de la belleza y promotor del bien: cuando mira el rostro dulce y sereno de santa María de Guadalupe lo que resuena en su corazón como dulce melodía es la invitación amable, que para un creyente es imperativo de salvación: “hagan lo que Él les diga”.
Nuestro abuelos y padres han tratado de construir una mejor nación y nos pasan la estafeta para seguir con esa empresa.  Santa María de Guadalupe es la maestra de la cotidianidad, de la sencillez, de la humildad, de la laboriosidad y de la diligencia. Con ellas construyamos una sociedad mejor, es cierto que todos debemos empezar por cada uno de nosotros, pero no debemos estancarnos en la individualidad, por el contrario, pensar siempre en los demás, en los otros, unirnos a todo hombre y mujer de buena voluntad para hacer de nuestra comunidad un mejor lugar para vivir, pues sólo el empeño personal y de conjunto hará que desterremos de nosotros aquellas situaciones destructivas que van minando a nuestra sociedad poco a poco.
Vayamos, con la Morenita del Tepeyac, a seguir haciendo la parte que nos toca en la construcción de la civilización del amor.

Día 12

Desde el cielo, una hermosa mañana, la Guadalupana bajó al Tepeyac.

El famoso canto de “La Guadalupana” que este día se ha cantado de todas las formas posibles, expresa en su sencillez y estilo repetitivo, lo que estos días hemos estado meditando: el milagro silencioso de la transformación de una mujer en Madre de Dios y Madre de la Iglesia.

En las reflexiones anteriores hemos considerado la vocación de una mujer, que, imaginando que se hubiera tratado de una mujer que no recibió la tarea tan hermosa que Dios puso en sus manos, se trataría, sin más, de una mujer como todas. Cuando digo “una mujer como todas” no quiero de ninguna manera minimizar a ninguna mujer, al contrario, lo que quiero poner en evidencia es que la grandeza de una mujer está en el simple hecho de serlo, pues no la hacen grande sus obras, sus contribuciones, sus actividades: todos debemos aprender a valorar a las personas por el simple hecho de serlo, y que su valor no se disminuye incluso cuando se cometen errores o pecados. María en este mundo fue una mujer como todas las mujeres, y su santidad consistió en poner al servicio de Dios su propio proyecto de vida. María es la maestra de lo ordinario, del trabajo cotidiano, del día a día donde la palabra de Dios pone el sabor y le da sentido a todo.

El inicio del famoso canto “La Guadalupana” nos da mucha tela de donde cortar. “Desde el cielo, una hermosa mañana, la Guadalupana bajó al Tepeyac”. Todos sabemos que esa hermosa mañana del 12 de diciembre transformó la vida de nuestro pueblo; pero esa hermosa mañana no era distinta de otras mañanas, era una mañana más, una mañana en la que María vino a decirnos que si Dios está en nuestras vidas todas las mañanas serán siempre hermosas o, mejor dicho, todas las mañanas son hermosas y nosotros aprenderemos a aprovechar su belleza engalanando cada día con las obras de nuestro amor. Cada mañana, es decir, cada día es siempre un punto y aparte en el inacabado proceso de nuestra conversión personal, condición necesaria para que las semillas de gracia sembradas en nosotros el día de nuestro bautismo, sigan germinando y madurando hasta dar los frutos que Dios espera de nosotros. la Santísima Virgen nos enseña que debemos aprender a valorar lo que tenemos enfrente: las personas que nos rodean; nuestra salud y nuestro cuerpo: todo lo que la naturaleza nos da; el trabajo como oportunidad para servir y sacar lo mejor de nosotros; tantas necesidades de muchos hermanos nuestros que necesitan de nuestra predicación evangélica traducida en un modo de vivir solidario y generoso.

La muchachita de Nazaret bien pudo haberse quedado con su proyecto de vida, el cual, como hemos destacado, estaba en la lógica del querer de Dios manifestado en su santa palabra, María hubiera sido una buena mujer como muchísimas que hay, pero como ella misma reconoce en su cántico: “Dios ha mirado la humildad de su sierva” y si a él esto le sirve para la salvación de todos “que se haga en mí según su palabra”.

Cada vez que cantemos “La Guadalupana” recordemos que en todas las hermosas mañanas de nuestra vida baja la guadalupana en nuestro auxilio para que ella nos ayude hacer la voluntad de Dios en la cotidianidad, y que los deseos sinceros que tenemos de que el mundo sea mejor, de que cambie, de que se termine toda expresión violenta, majadera, ofensiva, empezará a realizarse cuando en el corazón de cada uno el Evangelio sea el criterio y la convicción. Así, no solamente será una hermosa mañana para cada uno de nosotros, sino la hermosa mañana en la vida de muchos que viven tristes, desesperados, desganados o haciendo el mal, porque no han experimentado el amor infinito de Dios y porque también nadie se los ha predicado: ese amor que podemos contemplar en la mirada dulce y tierna de la que es Madre de Dios y madre y maestra nuestra, que nos enseña y acompaña a recorrer el camino de fe que nos ha trazado Jesucristo nuestro Señor, a quien sea la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén.

Puedes leer: Virgen de Guadalupe: ¿cuál es el significado de su imagen?

 

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