Historias de cuarentena: “Nos pusimos en manos de Dios”

El día que comenzaron su periodo de aislamiento tras la prueba positiva por COVID-19, rezaron el Rosario en familia, se encomendaron a Dios y se mantuvieron atentos a los síntomas.
Érica y Ricardo con sus tres hijos.
Érica y Ricardo con sus tres hijos.

Este artículo forma parte de una serie de Historias de fe en cuarentena, entrevistas a sacerdotes y laicos sobre el impacto que la pandemia ha tenido en sus vidas y cómo Dios los ha ayudado.

Con tres hijos pequeños, a Ricardo la noticia de que había dado positivo a COVID-19 le cayó como balde de agua fría.

Se hizo la prueba aún sin tener síntomas y como mera medida de precaución, y esa decisión resultó providencial, pues tuvo oportunidad de recibir atención médica desde el inicio de la enfermedad.


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La probabilidad de que, a esas alturas, Érika -su esposa- y sus hijos Marcela, de 3 años, Ricardo, de año y medio y Bernardo, de apenas tres meses, también estuvieran contagiados era muy alta. Entonces tomaron una decisión, pasar juntos el período de aislamiento.

“Un doctor nos dijo que mi esposo se tenía que aislar, que no podía tener contacto conmigo, ni con los niños. Como que no entendió que nuestros tres hijos son bebés. Yo dije: ‘claro que eso no va a suceder’”, recuerda Érika entre risas.

Ese día, explica Ricardo, rezaron el Rosario en familia, se encomendaron a Dios y a la Virgen y se mantuvieron atentos a los síntomas, midiendo con un oxímetro el oxígeno en su sangre, y con el debido acompañamiento médico.

Desde el principio de la enfermedad nos pusimos en las manos de Dios, pero pronto nos dimos cuenta de que él ya nos tenía de su mano”, agregó Érika.

Érika, Ricardo y sus hijos. Foto: Cortesía

Érika, Ricardo y sus hijos. Foto: Cortesía

Los síntomas, durante todo el período de la enfermedad, fueron muy leves. “¿Qué hubiéramos hecho si uno de los dos se hubiera sentido tan mal que no podía levantarse de la cama? ¿Cómo le haces con tres bebés si no te puedes levantar?”.

Pero la salud de su familia no era la única preocupación de Ricardo. Sus padres, su hermana, su cuñado y sus tres hijos también tuvieron COVID-19.

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En un principio pensaron que los casos estaban relacionados, pues Ricardo había visto a su mamá algunos días antes, en un lugar abierto y guardando la sana distancia, pero resultó que, por las fechas en que se presentaron los síntomas, se habían contagiado en momentos y lugares distintos.

Ninguno debió ser hospitalizado, pero sus papás sí presentaron síntomas mucho más graves, con varios días sin poderse levantar. Semanas después, otro de sus hermanos también resultó positivo.

En total, entre la enfermedad y la cuarentena, el matrimonio y los pequeños estuvieron dos meses encerrados, sin recibir ayuda.

“Crecimos mucho como familia”, dice Ricardo.

Érika coincide  con él: “Cada día nos descubrimos tratando de ser mejores papás, de hacer lo mejor para nuestros hijos”.

 

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