Historias de Fe

Francisco descubrió el sentido de su vida en prisión

Francisco asegura que Jesús le hizo “primera y segunda llamada”; a la tercera, Él mismo lo puso en el escenario.
A Francisco Guadalupe José Trinidad le restan 14 años de prisión. Foto: Ricardo Sánchez.
A Francisco Guadalupe José Trinidad le restan 14 años de prisión. Foto: Ricardo Sánchez.

Francisco Guadalupe José Trinidad tiene 51 años, lleva seis dentro del Reclusorio Oriente, y le restan otros 14 de prisión. Si para algo desea quedar en libertad, es para volver a ver a sus padres, de quienes no ha recibido visita en el penal, ya que asegura que son personas que no saben leer, ni a quién acudir, ni a qué instancia solicitar apoyo.

Nació en Ixtlahuaca, Estado de México; aunque creció sin estudios, aprendió a tocar bien el piano “de oído”. Posteriormente se casó, tuvo hijos y al tiempo se separó de su familia. Cuenta que, ya lejos del hogar, un día cayó enfermo y estaba a punto de morir, por lo que prometió a Cristo que, de conservarle la vida, se dedicaría en cuerpo y alma a predicar su Palabra. Sin embargo, fue una promesa que no cumplió.

“Un día, unas catequistas de mi tierra me invitaron a participar en el coro de su iglesia, tocando el piano. Mi respuesta fue ‘no’, ya que a mí me gustaba tocar en bailes, en lugares donde se podía echar el trago. Posteriormente fueron unos hermanos cristianos los que me pidieron tocar en su coro, pero igual me negué”.

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Francisco platica que el día en que cayó en el reclusorio se acordó nuevamente de Jesús, y volvió a pedirle ayuda, reconociendo que había fallado en su promesa. “Pero entonces aquí ya no me lo pidieron, sino que me dijeron: ‘¡Vas a tener que tocar el piano en los coros de la Misa!’, y yo por mi parte ya no pude decir que no, porque me di cuenta de que era Él quien me había traído aquí”.

Hoy Francisco está muy agradecido con Jesús, pues gracias a su reclusión se ha convertido en un mejor hombre en todos los sentidos: por una parte, entró iletrado, y ya está cursando la preparatoria; pero lo más importante ha sido su conversión, pues señala que vive en un estado en el que no le hacen falta fiestas ni bebidas; en el que no necesita un psicólogo, ni tener una pareja a su lado, ya que todo lo suple Él.

“No merezco la condena que me dieron –considera–, pero la acepto con gusto, porque, si es al lado de Nuestro Señor, es un privilegio estar en prisión. Quiero seguir aquí hasta que Él me dé mi libertad. Mientras tanto, tengo fe en que un día me concederá ver nuevamente a mis padres, pero ya como un hombre nuevo”.

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