Era una recién nacida cuando la dejaron en la casa hogar que hoy dirige

La hermana Mayín es la superiora de la casa hogar de las Religiosas de la Divina Providencia e Hijas de María. Esta es su historia.
La hermana Mayín dirige hoy la casa hogar que un día la vio llegar. Foto: Miguel Ávila.
La hermana Mayín dirige hoy la casa hogar que un día la vio llegar. Foto: Miguel Ávila.

Han transcurrido 60 años desde el día en que las Religiosas de la Divina Providencia e Hijas de María, en la colonia Agrícola Oriental, recibieron en su casa hogar a una pequeñita de 15 días de nacida y a su hermanito de 2 años. Sus papás los llevaron ahí, y los dejaron con la promesa de que un día regresarían.

La hermana Mayín -como es conocida la actual superiora de dicha comunidad- sólo recuerda haber tenido una infancia muy feliz al lado de su hermanito, bajo los cuidados de las religiosas de aquella época, en que la comunidad sufría fuertes carencias económicas.

“Tenía yo unos 8 años -platica-, cuando empecé a darme cuenta de la manera en que las madres se desvivían por nosotros y por todos los demás niños; y a cobrar conciencia de que también existía un mundo allá afuera. No era que no saliera. Era que empezaba a entender la realidad”.

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Cuenta que su hermanito creció y fue llevado a una casa hogar para niños un poco más grandes. Y ella se quedó ahí, sintiendo cada vez más fuerte el deseo de ser como esas religiosas fundadas por la hermana María de los Ángeles Ybellez, quien tenía un especial interés por preparar a las niñas para su futuro según su vocación: ya fuera para el Matrimonio o para la Vida Religiosa.

La hermana Mayín aún no cumplía los 10 de edad, cuando ya sentía fuerte su vocación: quería ser una religiosa de la Divina Providencia e Hija de María. No obstante que también sintiera atractivas las cosas de afuera:

“Por una parte -dice-, el Matrimonio me sonaba bien; más porque tenía suerte con los muchachos y me hicieron varias propuestas de noviazgo. Por otra, iba creciendo en mí un deseo imposible de cumplir dentro de la comunidad por la pobreza en la que vivíamos: ir a Disneylandia”.

Fue a los 15 años cuando lo decidió: dejó a un lado su sueño de ir a Disneylandia y dio por cancelada la idea del Matrimonio, a fin de integrarse formalmente a la comunidad de religiosas, para lo cual el entonces Vicario para la Vida Religiosa le otorgó un permiso especial, pues los 17 era la edad mínima.

La alegría de servir

“Por más que tenía una vida plena -señala la hermana Mayín-, siempre me preguntaba por mis papás: ¿quiénes eran?, ¿cuáles serían mis raíces?, ¿de dónde vendría yo?, ¿por qué me habrían dejado? Jamás sentí hacia ellos un rencor, pero eran cosas que me venían a la cabeza”.

Como la hermana Mayín sabía de las condiciones de pobreza en que muchos papás llegaban a dejar a sus hijos a la casa hogar para que al menos tuvieran alimento, suponía que esa había sido la razón por la que la habían dejado ahí junto con su hermanito.

“Y si algo habría que perdonarles -dice-, yo desde el principio perdoné a los dos. No les podría guardar rencor. Finalmente me dejaron al inicio de un camino en el que siempre está Dios, y en el que encontré la alegría que hay en el servir”.

Una experiencia inolvidable

Platica la hermana Mayín que cuando tenía 21 años, la mandaron a Tijuana junto con otras hermanas para participar en un congreso de Pastoral Vocacional, al que pudo asistir gracias a un señor que tenía mucho dinero y se hizo cargo de los gastos.

Cuando terminó la semana del congreso, aquel señor les dijo que pidieran permiso para quedarse un día más, pues las quería llevar a conocer un lugar. También les pidió que se levantaran a las cinco de la mañana porque el lugar estaba retirado y quería que llegaran a buena hora.

“Apenas subí al coche, me quedé dormida. Cuando llegamos, el señor nos dijo que despertáramos. Abrí los ojos y vi una cosa maravillosa que me hizo llorar de alegría: ¡Estábamos en Disneylandia! No podía dejar de llorar. El señor nos dio dinero para comprar lo que quisiéramos. Compramos recuerdos para nuestras hermanas. Y a mí que me encanta sacar fotos, me regaló seis rollos para tomar cuantas quisiera”.

Por eso, la hermana Mayín hasta la fecha suele decir a los niños de la casa hogar que con Dios todo es posible: “Si tenemos un sueño, si lo deseamos con todo el corazón y se lo pedimos a Dios, un día, en el momento más inesperado, Él nos pone la oportunidad para alcanzarlo”.

Casi casi… por poquito

La hermana Mayín platica que cuando tenía 40 de edad, llegó a la casa hogar una señora con su marido, preguntando si todavía estaban ahí unos niños que habían dejado hace mucho tiempo: un niño de dos años y una más pequeñita, sin que precisaran la edad de ésta.

“Sentí una emoción que no puedo describir. Sólo atinaba a pensar: ‘¡Dios bendito!’. ‘¡Me vienen a buscar!’. Yo quería decirles: ‘¡Soy yo! ¡Soy yo!’. Quería levantar la mano, que me vieran. Les preguntaron: ‘Hace cuánto los dejaron’. ‘Pues hace como 38 años’, dijeron los señores’. Y mi corazón se seguía llenando de emoción.

Hasta que los mismos señores dijeron los nombres de sus hijos: “Se llamaban Margarita y Leonardo”. En ese momento la hermana Mayín supo que no se trataba de ella y de su hermano, sino de otros que habían llegado en circunstancias similares.

“Margarita y Leonardo desde luego que ya no estaban aquí -platica-. Lo importante es que pudimos contactar a los señores con sus hijos, y fue muy conmovedor verlos nuevamente juntos. Fue algo muy bonito. Esto me sucede cada vez que los niños se rencuentran con sus familias”.

Al servicio de Dios y de los niños

Actualmente, la casa hogar de las Religiosas de la Divina Providencia e Hijas de María alberga a 85 niños, y son atendidos por sólo cinco religiosas, contando a la hermana Mayín, quien desde hace 3 años es la Superiora.

“Cinco son los dedos de una mano: cada dedo es diferente al otro, cada dedo cumple una función distinta, pero al cerrarse la mano se hace mucha fuerza y se pueden lograr muchas cosas”.

Finalmente, la hermana Mayín habla de un deseo que guarda en el corazón: “Mis papás dijeron que regresarían. Yo a veces digo en broma: ‘A lo mejor no les ha dado tiempo’. Ya no creo que vengan. Eso sí, le pido a Dios me conceda encontrármelos en el cielo, y darles las gracias de todo corazón por haberme dejado aquí, en un lugar en el que pude poner mi vida al servicio de Dios y de los niños.

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