Fray Jerónimo, el famoso fraile longevo que se ‘alimenta’ del silencio

Fray Jerónimo tiene 94 años, es un franciscano que ama el silencio, y su ermita a los pies del Popocatépetl es su más preciado tesoro.
Fray Jerónimo, fraile franciscano constructor de la Capilla del Silencio / Foto: Alfredo Márquez
Fray Jerónimo, fraile franciscano constructor de la Capilla del Silencio / Foto: Alfredo Márquez

Sentado en el pequeño balcón de su dormitorio y fumando su puro, fray Jerónimo Genovar Guimar no duda un momento y asegura que el secreto para alcanzar los 94 años de edad es su fe en Dios y, sobre todo, vivir el silencio en su máxima expresión todos los días, porque “el silencio es para Dios una alabanza”, y si algo le gusta a este franciscano es entonarla en honor a Él.

“Cada día, líbrame Señor del peligro de no tener fe -esto es lo que frecuentemente le pide a Dios fray Jerónimo Genovar-, pues el justo vive de la fe; sin fe, devociones nada más, bautizos nada más, matrimonios nada más. ¡Pero cuando hay fe todo sube!”, subraya el religioso originario de la Isla de Mallorca, España, luego de soltar una bocanada de humo.

Fray Jerónimo, como le conocen todos en la Tercera Orden Regular de los Franciscanos, se sume en sus recuerdos y señala que lleva más de 72 años de ordenado y que realmente no sabe cómo sucedió esto, pues nunca quiso estar en el seminario. De hecho, para poder ordenarse se le tuvo que conceder un permiso especial, pues aún no cumplía con la edad establecida para ello, que es entre los 25 y 26 años.

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¿A qué edad se ordenó  y qué lo llevó a hacerlo?

A los 23 años, en aquel tiempo se pedía permiso para que pudiera ordenarme. No sé qué es lo que me llevó a hacerlo, fue hace 72 años, sólo sé que no quería estar en el Seminario y lloré mucho, todos los padres de aquel tiempo me recuerdan como el niño que ha llorado más para volver a casa. No sé cómo llegué a los 72 años de sacerdote, yo quería irme, no me gustaba el seminario, y ahora sí.

La ordenación de Genovar Guimar se llevó a cabo en 1950 en la Archibasílica de San Juan de Letrán, la catedral de la diócesis de Roma, donde se encuentra la sede episcopal del obispo de Roma, el Papa.

“Era el año Santo de 1950 y éramos 300 los que nos ordenaríamos como sacerdotes en San Juan de Letrán, y estábamos en todo el atrio y todo estaba blanco, muy bonito. Fue el 25 de marzo del año Santo. El Papa Pío XII quiso darle mucha importancia a estas ordenaciones con una de las actividades más importantes del año”, rememora Fray Jerónimo.

El misionero Fray Jerónimo

Después de ser ordenado, el joven sacerdote fue enviado a la Diócesis de Mallorca. Pasado un tiempo, se le encomendó trasladarse a Brasil, específicamente a la zona del Amazonas en donde estuvo durante 10 años trabajando con la provincia francesa.

Cumplida esa encomienda, fue enviado como fundador de una misión que le dieron a una provincia española en Perú, a la prelatura de Huamachuco, y fue de los primeros sacerdotes que llegaron a la sierra de ese país. Ahí permaneció cinco años.

Después de eso fue a estudiar liturgia a Colombia, y una vez concluidos sus estudios, hace 53 años, lo destinaron a México, específicamente a la Parroquia de los Santos Reyes TOR, ubicada en la colonia Peñón de los Baños, en la Ciudad de México.

Al llegar a la parroquia, de inmediato el franciscano español se dedicó a hacer una reconstrucción y renovación total del templo, desde la estructura misma, incluida la cúpula, hasta los diferentes ornamentos en su interior, los cuales fueron elaborados por él mismo.

La cerámica, su otra pasión

Una vez instalado en México, el fraile se inscribió en la Escuela de Diseño y Artesanía (EDA) en la que estudió dos años, a raíz de esa pasión construyó en la parroquia un taller que incluyó un horno. Así, durante 40 años se dedicó a hacer sus piezas de cerámica, muchas de las cuales se vendían en la parroquia.

“Me inscribí en la parte de cerámica y me gustó mucho, hice muchas cosas de cerámica, se vendió mucho, ahora ya no. Estoy bien pero el trabajo es algo de dentro, es algo entrañable. Toda la inspiración no es solamente de aquí (se toca la cabeza y el corazón), viene de acá (se toca el estómago)”, aseveró.

La Ermita del Silencio

Después de 11 años de su llegada a México, Fray Jerónimo siguió un nuevo destino: el estado de Puebla, en específico la zona del Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl, a 22 kilómetros de la ciudad de Puebla.

El sacerdote franciscano se dedicó a construir y darle forma a un proyecto, del cual se siente muy orgulloso y que representa el legado que deja, la Ermita del Silencio, que después de un arduo trabajo, dedicación y pasión, concluyó en 1986.

Fray Jerónimo siguió un nuevo destino: el estado de Puebla, en específico la zona del Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl.

Fray Jerónimo siguió un nuevo destino: el estado de Puebla, en específico la zona del Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl.

La Ermita del Silencio es un espacio de silencio, meditación y contemplación construido con piedra volcánica, que cuenta con una cueva de meditación y un jardín con vista al volcán Popocatépetl.

“Donde estuve más a gusto fue en la Ermita del Silencio, ahí estuve 34 años, empecé de la nada y la dejé construida. Me sentí muy a gusto en el silencio y los retiros; los retiros del silencio; los retiros de la Ermita. Silencio y oración”, sostiene Fray Jerónimo durante la entrevista.

¿Qué representa para usted la Ermita?

“Un encuentro con el Señor. Un encuentro vivo, no de rezos, un encuentro”.

¿Qué añora de la Ermita?

“Hay lugares importantísimos. Uno es una cascada en donde se hace la meditación y la oración mental, inspiras ‘Jesús Hijo de Dios, ten misericordia de mí’, allá tenemos un lugar para eso”.

“Después hay la Capilla del Santísimo, muy agradable, de cerámica de cuando yo trabajaba, y la Capilla de la Contemplación a la que se entra descalzo y se ve todo el paisaje del arte, el Popo nevado, es hermoso”, concluye Fray Jerónimo.

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