Opinión

Como los monjes, hagamos espacio al silencio

Me sucedió durante el invierno de enero del 2022, que, estando en el campo en unos días de retiro en silencio, caminando por entre los árboles y las piedras, entrada ya la noche, con la poca luz que se desprendía de una lejana lámpara, ensimismado en mis pensamientos, me detuve súbitamente al escuchar unos susurros, que luego al avanzar se convirtieron en unas voces que apenas se oían.

Me di la vuelta para mirar hacia la capilla que estaba cerca, pero completamente a oscuras. Dirigí mis pasos hacia ella, encontré la puerta de madera abierta, entré, y me di cuenta que ahí estaban, los monjes cisterciences, que después de haber trabajado y rezado todo el día, a diversas horas, aún se encontraban ahí, elevando diligentemente sus oraciones, en serenos cantos gregorianos a Dios nuestro Señor.

Unas cuantas velas, tímidamente iluminaban el recinto, el altar cuadrado al centro, el crucifijo doliente colgando encima de él, atrás el retablo con la imagen amorosa de la Virgen Guadalupana, y en bancas a los lados, 14 monjes repartidos, con sus hábitos blancos y cogullas, que cantaban sosegadamente sus rezos por toda la humanidad.


Al final de las oraciones, uno de los monjes, al fondo del templo, rociaba con agua bendita a los que habían participado en la vigilia, como señal de protección y agradecimiento a Dios, por el día que nos había regalado, y en la esperanza, también, de poder vivir el día siguiente.

Tal experiencia vivificante me evocó y me transportó a los remotos monasterios benedictinos bellamente narrados por M. Raymond, en su obra: los tres monjes rebeldes (Herder 2002).

Jacona, Michoacán.

3 al 11 de enero del 2022.

 

Mons. Alfonso Miranda Guardiola es Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Monterrey. 

 

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