Tiempos de odio y reconciliación

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COLUMNA

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Tiempos de odio y reconciliación

La polarización se vence con la decisión cotidiana de no alimentar el resentimiento.

17 agosto, 2026
Tiempos de odio y reconciliación
La bandera de México
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Consultor en temas de seguridad, justicia, política, religión y educación. 

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México atraviesa una etapa en la que el resentimiento y el odio parecen poco a poco ganar terreno, no se trata únicamente de desacuerdos políticos usuales en cualquier democracia, sino de una polarización que se alimenta cada día con señalamientos, estigmatizaciones y discursos que presentan a quienes no comparten la misma visión como enemigos a los que hay que exhibir y descalificar.

La sociedad mexicana se encuentra hoy profundamente dividida y hasta enfrentada y el resentimiento ya no se queda sólo en discursos, sino que hoy se traduce en hostilidad, amenazas, en agresiones y, eventualmente, en violencia que puede escalar a niveles peligrosos. Nuestro país necesita reconciliarse consigo mismo, sanar heridas profundas de inseguridad, desigualdad y dolor, por lo que no podemos permitirnos que continuemos en un enfrentamiento permanente.

Como claro ejemplo, recientemente el gobierno federal presentó una lista de periodistas, medios de comunicación, analistas y figuras de oposición a quienes señaló como parte de un supuesto “ecosistema digital” dedicado a amplificar mensajes críticos. Más allá de las justificaciones técnicas que se hayan ofrecido después, que se trataba de un análisis de redes, que no era una “lista negra”, el efecto político y social es significativo y es que señalar y juzgar públicamente desde el poder a quienes informan, opinan o disienten no fortalece la democracia, por el contrario, debilita el tejido social, genera miedo, autocensura y polarización.

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Y en un país donde la violencia ya cobra demasiadas vidas, especialmente entre periodistas y personas comprometidas con difundir información, este tipo de ejercicios no abonan, sino que alimentan el clima de confrontación que, de continuar, puede derivar en mayores escaladas de agresividad y confrontación, es decir, más violencia.

Sólo hay dos caminos posibles ante esta realidad: la reconciliación o el odio. El odio es fácil se propaga rápido, ofrece la falsa sensación de pertenencia a quienes se sienten justificados al despreciar al otro, por otro lado, la reconciliación, en cambio, exige madurez, generosidad y una disposición real a reconocer la dignidad del prójimo, incluso cuando pensamos distinto. La reconcialión no significa renunciar a las convicciones ni dejar de denunciar lo que está mal, significa negarse a convertir al adversario en enemigo absoluto y sobre todo rechazar la lógica de la exclusión y la venganza.

La historia reciente de México muestra con crudeza las consecuencias de sembrar división; cada vez que se normaliza el señalamiento desde las instituciones, se debilita la posibilidad de un diálogo genuino, se rompe la confianza y se abre la puerta a que el resentimiento se transforme en violencia física o simbólica. Gobernar no es sólo administrar recursos o impulsar programas, es también cuidar el tejido social, y este se deteriora cuando se prioriza la confrontación sobre el diálogo y la armonía.

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Hoy más que nunca urge trabajar en la reconciliación como un compromiso concreto; escuchar sin descalificar, discrepar sin destruir y defender las propias ideas sin buscar arremeter contra la dignidad del otro. La polarización se vence con la decisión cotidiana de no alimentar el resentimiento.

El Papa Francisco insistió una y otra vez en que el odio no puede tener cabida en el corazón de quien se dice creyente ni en una sociedad que aspire a la paz; el cardenal Pietro Parolin, durante su reciente visita a México, subrayó que la paz comienza con la empatía ante el dolor del otro y que es una tarea artesanal que exige constancia e incluso el cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo primado de México, ha llamado a la fraternidad y a la solidaridad precisamente para enfrentar la polarización que divide a las sociedades, los tres nos llaman a alejarnos de la violencia del discurso, del señalamiento y del resentimiento.

México necesita unidad, no más listas que dividan, necesitamos servidores públicos que alienten al diálogo respetuoso y ciudadanos que elijan la reconciliación sobre el odio; porque, al final, sólo hay dos caminos, y el que elijamos determinará no sólo el tono de la política, sino la posibilidad misma de vivir en paz.

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