Estampas del Mundial
El triunfo de estas jornadas no se mide solo en goles y puntos; se encuentra en el abrazo de un colombiano a un niño uzbeko, en la sonrisa de una anciana elevada por manos jóvenes.
Coordinador del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano de la Ciudad de México (C5 CDMX).
Mientras millones de espectadores siguen el marcador desde sus pantallas, otras imágenes recorren las calles y se viralizan con la fuerza de un gol.
Una adulta mayor, sentada en silla de ruedas, alza los brazos entre la multitud tras el triunfo de la Selección Mexicana contra Corea del Sur. A su alrededor, jóvenes aficionados la elevan entre cánticos y la convierten, sin proponérselo, en símbolo de una fiesta sin exclusiones.
Esta escena dura apenas unos segundos, pero su resonancia atraviesa generaciones y fronteras digitales. No ha sido la única postal memorable de estos días. En las tribunas del Estadio Ciudad de México, un pequeño aficionado de Uzbekistán rompe en llanto al sostener una réplica del trofeo mundialista, triste por la derrota de su selección frente a Colombia. La escena no pasa desapercibida. Varios hinchas colombianos se acercan para abrazarlo y corear el nombre de su país.
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La rivalidad cede espacio a una empatía espontánea entre desconocidos unidos por la misma fragilidad ante el destino de una pelota. La emoción futbolera también puede construirse desde la comunidad y el afecto. Estampas pertenecientes únicamente al espectáculo deportivo.
Émile Durkheim describió, a principios del siglo XX, la función integradora de situaciones en las cuales una comunidad suspende sus divisiones cotidianas para experimentar una “efervescencia colectiva”; José Ortega y Gasset advirtió en su momento la necesidad humana de pertenecer a algo mayor. El futbol, con su estructura dramática de esperanza, tensión y desenlace, ofrece precisamente un escenario donde miles de personas experimentan el mismo vértigo emocional.
Pocas actividades congregan, en un mismo instante, a personas de edades, clases sociales y nacionalidades tan diversas. La cancha se convierte en territorio neutral donde las jerarquías se suspenden y la emoción compartida establece un vínculo horizontal, casi fraterno.
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Para amplificar esa experiencia comunitaria y garantizar su acceso universal, la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, dispuso la instalación de 48 espacios gratuitos distribuidos en distintos puntos. La medida lleva la fiesta mundialista a quienes no pueden acceder a un estadio o a una pantalla de pago, democratizando el goce colectivo y extendiendo la efervescencia a plazas, parques y explanadas.
El triunfo de estas jornadas no se mide solo en goles y puntos; se encuentra en el abrazo de un colombiano a un niño uzbeko, en la sonrisa de una anciana elevada por manos jóvenes. Son estampas del Mundial ajenas al marcador, capaces de recordarnos algo fundamental: el futbol, cuando trasciende la competencia, se convierte en espacio de encuentro, solidaridad y esperanza compartida.
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