Formación

Cine: Los coristas

  • “Siempre vale la pena intentarlo”.

Antonio Rodríguez

“¡Piedad, Señor!”, exclama un niño de escasos 11 años, ataviado con pantaloncillos cortos; su súplica provoca que el hombre que lo jala del brazo se detenga de súbito. El hombre lo mira a la cara y le pregunta: “¿Piedad?”. Y es que el niño no había mostrado precisamente una actitud piadosa al hacerle una broma al portero del edifico, una pesada broma que incluso pudo haberle costado la vida; tampoco tuvo piedad cuando otro chico fue culpado injustamente de esa falta por el Director.

El señor Mathieu está decidido a llevarlo a la Dirección, pero se detiene al escuchar los gritos de otro chico que es arrastrado por el propio Director, quien le amenaza con infligirle un castigo sin igual por haberse escapado de la escuela. Ante tanta severidad, el profesor decide no presentar al joven Le Querrec ante la máxima autoridad del colegio, sino llevarlo, a manera de castigo, a atender al portero del edifico.

El señor Mathieu es un ex profesor de música venido a menos. En 1949, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial siguen frescas –sobre todo en Europa–, y Francia continúa sin recuperarse: crisis económica, falta de empleos y familias fracturadas, son alguna de los lastres sociales más claros. Y tal vez estas problemáticas son las que han provocado que el señor Mathieu muestre ahora cierto desapego por su oficio musical. Es contratado como profesor en dicho internado para “chicos problema”, donde la disciplina es una mezcla de escuela castrense con cárcel del condado.

Al terminar de ver el filme, uno se queda con la idea de que el guión pudo haber dado un poco más, tal vez porque no toca de lleno las consecuencias de la guerra, o porque evita un acercamiento a la infancia lastimada por un conflicto bélico, o probablemente por la actitud de los jóvenes al enfrentarse a un profesor muy distinto en métodos de enseñanza: apenas se presenta, es recibido con hostilidades por los alumnos, e incluso, por el director. Pero a pesar de estos pequeños baches, resulta un filme cálido, con el que el espectador puede empatizar al instante.

El portero sufre un accidente a causa de una broma, y el director castiga a un joven al azar. Esto no le resulta correcto al señor Mathieu, quien, al tomar control de su clase, decide emprender por un camino distinto al establecido, diferente a ese que incluye, en muchas ocasiones, castigo físico o trabajo forzado. Después de algunos tropiezos, decidirá formar un coro con los “chicos problema”, los cuales no son más que los hijos lastimados de la guerra, chicos que han perdido a sus padres, familia y amigos. Este coro provocará cambios en todo el instituto.

Ser entrenador de campeones, debe tratarse de una gran dicha. Pero no es nada sencillo fomentar el valor del esfuerzo y la disciplina, mismo que todo profesor debería procurar para sus alumnos. Es así que, para entrenar campeones, se debe ser campeón primero.