Ángelus Dominical

jesús

P. Eduardo Lozano

LA SEMANA PASADA, en este mismo semanario, ya se comentó que estamos en el aniversario número 500 de haberse celebrado la Santa Misa en territorio de lo que hoy tenemos por suelo patrio: México; y fue justo en la Isla de Cozumel el jueves 6 de mayo, fecha que ahora cae en el sexto domingo de Pascua; mucho me hubiera gustado invitarte a festejar -in situ- el acontecimiento, pero… MÁS ALLÁ DE QUE HAYA alguna celebración especial (y las habrá en el referido lugar), está la oportunidad para que agradezcas a Dios tal acontecimiento desde lo concreto y particular de tu devoción, en lo discreto y sencillo de tu vida parroquial, ahí donde domingo a domingo (y también entre semana) participas de la Eucaristía; de mi parte, te comparto que todo el mes de mayo tendré en mi mente y en mi corazón tal efeméride… Y EL SÁBADO 19 de manera especial agradeceré a Dios el don del ministerio sacerdotal, pues en la Basílica de Guadalupe serán ordenados 14 nuevos presbíteros, en la Víspera de Pentecostés a las 17 hrs., ¡estás invitado!, y si no es posible que asistas, pues también desde tu propio lugar agradece a Dios tan Enorme y Mayúscula Bendición… APROVECHO LA OCASIÓN para recordar que el quinto mandamiento de la Iglesia DECÍA: pagar diezmos y primicias a la Iglesia; ahora DICE: ayudar a la Iglesia en sus necesidades; sin más argumentación, entendamos la vertiente más económica y material de la enunciación del pasado, y también comprendamos la formulación más solidaria, amplia y general del presente… ENTRE BROMA Y EN SERIO mi papá buenamente se jactaba de que había dado ya su diezmo a Dios y a la Iglesia tanto en una hija religiosa de clausura y en su hijo presbítero (yo merito); y esto lo comento porque ya alguno empieza a decir que qué tiene que ver eso de los nuevos presbíteros con el quinto mandamiento de la Iglesia: pues una de las necesidades eclesiales -¡de siempre!- es la formación de los futuros sacerdotes… PARA QUE HAYA nuevos presbíteros es necesario que desde las familias vayamos haciendo la tarea propia: participando en la vida sacramental ordinaria, inculcar en los hijos la vida cristiana y los valores del Evangelio, vivir como familia la pertenencia y participación en la comunidad parroquial, asumir un apostolado estable y en comunión con el pastor respectivo, conocer y valorar la vocación a la vida sacerdotal y/o religiosa… ES MUY CIERTO que Jesús llama a quien quiere y de donde quiere, que Él siembra la semilla vocacional donde mejor le parece, pero no está de más que preparemos nuestra parcelita, que vayamos desbrozando el terrenito familiar para que también ahí llegue y germine una vocación ministerial, que le echemos una manita, que no le dejemos toda la tarea… Y SIN COMPLICAR ni rebuscar más la cosa, te diré que yo no recuerdo que mi papá o mi mamá nos hayan hablado de la posibilidad de ingresar al convento o al seminario, pero sus hechos y su modo de vida de muchas maneras nos hablaban de entrega y de servicio a Dios y a los demás: mi padre estuvo muy cercano en la construcción material del ahora templo parroquial y mi madre recorría las calles solicitando la cooperación para el carro de arena o la tonelada de cemento, por ejemplo… “MIRA, JUANITO” -así le decía el padre Vidalito a mi papá- “tienes muchos hijos que mantener (¡fuimos 10 hermanos!) y para que nunca te falte lo necesario, no dejes de poner algo en esa alcancía”, y no le señalaba el cepo de San Judas Tadeo (o “cepillo”, que así también se le llama a la caja de limosnas), ni el de la Divina Providencia, sino la alcancía del Seminario Conciliar de México, que estaba por allá medio escondida y sin imagen alguna que sirviera de atractivo… SE LLAMÓ JUAN DÍAZ el clérigo sevillano que celebró por primera vez en suelo mexicano, y habiendo multitud de juanes a diestra y siniestra no es tanta coincidencia el nombre de mi papá con el de aquel fraile, pero me siento fraternalmente emparentado con ese presbítero y con cualquier otro -a lo largo de siglos o de sitios- por la sencilla razón de que compartimos una vocación a la vida ministerial, y eso es mucho… ACABA DE LLAMAR a mi puerta (escribo desde mi habitación en el Seminario y ya casi son las 22 hrs.) el p. Héctor Rogel Hernández, que próximamente cumplirá 90 años de edad y acaba de completar 64 años de vida sacerdotal; diré que no usa bastón, los anteojos sólo para leer, que no sufre de colesterol, ni de triglicéridos, tampoco del hígado, pulmón o corazón, que tiene un apetito excelente, que duerme como Dios manda, que está tan sano que hasta al diablo espanta, y que toda, TODA su vida tuvo como prioridad que los futuros sacerdotes estuvieran bien estudiados en filosofía y en teología, que no les faltara un libro para su buen estudio y así forjó la biblioteca que hoy lleva su nombre, contenedora de más de 200 mil obras y constituida en la primera de su tipo en América Latina… QUIERO DECIR QUE YA NO tiene la lucidez de antaño, que su cuerpo se ve cansado pero su espíritu parece de roble, y sus limitaciones no obstan para que siga mostrando su gratitud y respeto por quienes le atienden y procuran, en especial a los seminaristas, que ven en él un bello testimonio de entrega, y también descubren en su persona al abuelito que los ha precedido en el camino sacerdotal; yo no dejo de quererlo y desde aquí también le agradezco/…