La muerte de un bebé confronta con uno de los dolores más difíciles de nombrar. Puede ocurrir durante la gestación, al momento de nacer o en los primeros días de vida; puede llegar por enfermedad, por una complicación inesperada, por un aborto o como consecuencia de la violencia.
Las circunstancias son distintas y cada una merece ser comprendida en su propia complejidad. Sin embargo, lo que no cambia es la dignidad con la que tratamos el cuerpo de quien ha muerto.
En México, es frecuente conocer casos de cuerpos de bebés en gestación avanzada y de recién nacidos que son abandonados en la vía pública, en hospitales o incluso entre la basura. Algunos permanecen sin ser reclamados. En otros casos, las propias familias que han sufrido una pérdida gestacional desconocen que, bajo determinadas circunstancias previstas por la legislación, pueden solicitar los restos de su hijo para despedirlo y darle sepultura.
¿Qué ocurre con aquellos bebés que son abortados o aquellos que nadie reclama?
Una sociedad también expresa aquello que considera valioso en la manera en que trata a sus muertos, particularmente a aquellos que no tienen a nadie que pueda hablar por ellos.
Por eso vale la pena mirar experiencias que ya existen en nuestro país. Hay asociaciones y apostolados que, mediante acuerdos con autoridades locales y siguiendo los procedimientos legales correspondientes, reciben los cuerpos de bebés que fueron abortados o que no fueron reclamados para ofrecerles una sepultura digna.
Ellos no buscan sustituir a las familias ni obstaculizar investigaciones judiciales o sanitarias. Su valiosa labor es hacerse cargo de aquellos pequeños por quienes nadie más lo hace.
Desde la Iglesia, creemos que esta posibilidad debería abrirse y facilitarse en todo el país, y no solo en algunos lugares.
Por tanto, hacemos un llamado a las autoridades sanitarias, forenses y de los gobiernos locales para establecer mecanismos que, una vez cumplidos todos los procedimientos legales y periciales correspondientes, permitan entregar los cuerpos o restos de bebés no reclamados a instituciones y asociaciones debidamente acreditadas que estén dispuestas a darles sepultura.
No se trata de entrar en este momento en la discusión sobre las circunstancias que provocaron cada muerte. Reconocemos que el cuerpo humano, después de la muerte, debe ser tratado con respeto, por su propia dignidad humana.
También sería valioso contar con espacios destinados especialmente para estos pequeños. Lugares donde puedan descansar aquellos bebés cuyas familias no pudieron sepultarlos o cuyos cuerpos nunca fueron reclamados.
Un sitio así podría convertirse también en un espacio de memoria, oración y consuelo para tantas madres, padres y familias que han atravesado una pérdida que muchas veces viven en silencio.
Desde nuestra fe afirmamos que la dignidad de toda persona comienza desde la concepción, pero incluso quienes no comparten nuestra fe pueden reconocer que la muerte no convierte un cuerpo en desecho.
Por pequeño que sea, por breve que haya sido su paso por este mundo, por difíciles que hayan sido las circunstancias de su muerte, merece respeto y dignidad.
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