¿Por qué disminuye el catolicismo en México?

Es tiempo de conversión, de renovación en nuestra experiencia de fe, y de volver a lo fundamental para ser un referente de compromiso y de esperanza en Cristo para la sociedad.
Veladoras y flores en el atrio de la Basílica de Guadalupe el 11 de diciembre de 2020. Foto: María Langarica.
Veladoras y flores en el atrio de la Basílica de Guadalupe el 11 de diciembre de 2020. Foto: María Langarica.

Las estadísticas nos proporcionan datos objetivos que reflejan una realidad: el censo de 2020 nos indica que los católicos, entre la población mexicana, estamos disminuyendo, hemos tenido una drástica caída del 5% con relación al año 2010, pasando del 82.7% al 77,7%.

Podríamos revisar de otra forma los números y llegar a otra conclusión, si tomamos en cuenta que en el año 2010 los católicos mayores de cinco años, éramos un poco más de 84 millones y en este 2021 somos casi 98 millones, podríamos decir válidamente que en cuanto a personas concretas que se declaran católicos, seguimos creciendo, sí, es verdad, pero en proporción al total de la población, la lectura es diferente, ya que hay dos sectores que siguen creciendo tanto en porcentaje y como en personas.

El primer grupo es el de los cristianos evangélicos, que avanzan de un 7.5% al 11.2% que en personas significa pasar de unos 10 millones a un poco más de 14.  El segundo grupo es todavía más sorprendente, se trata de los no creyentes que llegan a ser más de 10 millones a los que hay que añadir los creyentes sin religión, con más de tres millones, sumando así más del 10%.


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¿Qué es lo que está sucediendo en la población mexicana en general y en la Iglesia Católica en particular? ¿Cómo debemos interpretar todos estos datos y, desde el punto de vista de la comunidad católica qué debemos hacer?.

En primer lugar, la sociedad mexicana avanza rápidamente en el terreno del secularismo, tal como sucede en muchos países del mundo, sobre todo en los países más desarrollados, donde junto al bienestar económico y el progreso de la ciencia y tecnología, crece la indiferencia religiosa o el abierto rechazo a toda idea de trascendencia y religiosidad. Este fenómeno es muy notable en los países europeos, así como en Canadá y Australia.  Es uno de los datos de mayor crecimiento en México de 2010 a 2020.

Por otra parte, está el otro rostro del cristianismo, el que nace de la Reforma Luterana y se desarrolla en los grupos evangélicos y pentecostales de Norteamérica a partir del siglo XIX. Prácticamente desconocidos en México en 1950, cuando la población católica representaba el 98%, han tenido un gran crecimiento en los últimos treinta años. Hay dos elementos que debemos destacar y reconocer, son grupos de un proselitismo perseverante, salen, buscan, insisten llevando la Biblia en la mano, que les da mucha seguridad, independientemente de la forma en que se interpreta o se comprende, no siempre de manera correcta. Junto a esto, el otro factor importante, es la experiencia de conversión personal de muchas personas por influencia de estos grupos y, posteriormente, la participan en una comunidad que les lleva a vivir con mucha intensidad su religiosidad. Esto explica que, de ser casi inexistentes en 1970, hoy suman más de 14 millones.

Qué esta pasando con nosotros, Iglesia católica. Fundamentalmente dos situaciones que no logramos superar. Prevalece una práctica religiosa sincera pero insuficiente, apoyada más en las tradiciones que en la experiencia personal de fe. Muchas expresiones religiosas auténticas, pero con evidentes carencias con relación a una convicción que vaya más allá de la mera costumbre y que tenga elementos formativos profundos. La visión de la Iglesia católica en sus documentos y en sus planes pastorales es muy consciente de todo ello y trata de llegar a propuestas y soluciones concretas, pero no ha habido resultados tangibles. La formación de los agentes pastorales, sean sacerdotes, religiosos, religiosas o laicos siempre va en este sentido, pero falta algo más. Ya iba en esa línea la preocupación de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, es la propuesta fundamental del Papa Francisco: la Iglesia en salida, es decir de puertas abiertas y en búsqueda de los hermanos hacia una renovada experiencia de Cristo y el Evangelio.

El segundo elemento es todavía un desafío mayor: el testimonio. Como Iglesia católica, y especialmente como ministros consagrados, hemos fallado en nuestro servicio a los demás y al Evangelio. Si bien, hay ejemplos luminosos como la Madre Teresa de Calcuta y miles de hombres y mujeres al servicio de sus hermanos, especialmente de los más pobres, también ha habido algunos personajes que han causado escándalo por sus malas acciones y la contradicción de sus vidas. El bien generalmente no es noticia, el mal, siempre es magnificado. La Iglesia ha tenido un desgaste moral ante la sociedad, por el mal ejemplo de algunos. Es tiempo de conversión hacia el interior, es tiempo de renovación en nuestra experiencia de fe, es tiempo de volver a lo fundamental y ser un referente de compromiso y de esperanza en Cristo para la sociedad entera. El Papa Francisco, el Papa de nuestro tiempo, nos llama a la autenticidad y sencillez en la vida cristiana, a dejar de pensar solo en nosotros, a abrir las puertas para que el mundo se reencuentre en Cristo en la verdad y la fraternidad.

Las estadísticas seguirán cambiando por muchos motivos año con año. Lo más importante, y lo que verdaderamente nos debe preocupar, es que, como católicos, como Iglesia, como personas, cambiemos hacia el bien y la verdad en nuestra propia vida, iluminada por la fe y la esperanza en Cristo. Esto es lo que cambia al mundo.