Editorial

Seremos colaboradores, pero no cómplices

Al inicio de este sexenio, la Iglesia quiere participar legítimamente de la vida pública.
Al inicio de este sexenio, la Iglesia quiere participar legítimamente de la vida pública.

La a Iglesia mexicana tiene clara la postura que habrá de asumir ante el gobierno que encabeza el Lic. Andrés Manuel López Obrador: colaborar en los proyectos que apunten hacia el bien común, y ejercer una actitud crítica frente a aquellas situaciones que demanden de los obispos una voz que oriente a los millones de mexicanos que profesan la religión católica; es decir, colaborar sin complicidad.

Ciertamente, la realidad política, social y económica de nuestro país y del mundo ha cambiado, aunque en sus rasgos fundamentales sigue siendo la misma: se clama por trabajo digno y estable, seguridad, respeto a las instituciones, promoción de grupos específicos, empoderamiento de la mujer, mayores espacios de educación y cultura, y un amplio etcétera bien conocido.

Pero el cambio que se necesita no es solamente de personajes e ilusiones, sino de una transformación fincada en valores cívicos por encima de los partidistas, un cambio que se fundamente en principios de justicia social por encima de intereses sexenales, una transformación que apunte y apuntale hacia la educación y la cultura, y no sólo a maquillajes destinados a caer luego de la primer crisis que aparezca.

México necesita mucho más que políticos. Necesita que cada mexicano se afiance en sus convicciones honestas y respetuosas, y desde ahí aporte y apueste a un futuro inmediato y lejano que sepa renunciar a componendas y mediocridades. México requiere de una transformación permanente, y eso sólo será posible si somos capaces de entendernos y respetarnos: entre todos y siempre.

Al inicio de este sexenio, la Iglesia no quiere quedarse al margen de las decisiones importantes, sino participar legítimamente de la vida pública, animando los procesos de transformación y aportando desde su sabiduría a la construcción de un México más fraterno, solidario y en paz. La Iglesia, que está llamada a ser sal de la tierra y luz del mundo, quiere estar a la altura de apoyar y exigir a cada gobernante lo mismo que debemos aportar: una respuesta siempre generosa ante la misma realidad desafiante: México.

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