Editorial

Desenmascarar a la trata de personas

Unos pocos denigran a muchos, convirtiéndolos en mercancía viva.
Seguimos necesitando de la consolidación de la familia para frenar con eficacia el tremendo cáncer de la trata de personas.
Seguimos necesitando de la consolidación de la familia para frenar con eficacia el tremendo cáncer de la trata de personas.

El crimen más nefasto sin duda lo comete quien se esconde tras la máscara de benefactor, quien aprovecha su situación de servidor público, quien presume buenas intenciones, pero termina estafando, manipulando, extorsionando, denigrando la dignidad, la libertad, la convivencia humana.

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Ahí ubicamos a quienes se involucran en la trata de personas, a los que reinventan sometimientos bajo el velo de oportunidades de trabajo, a los que ofrecen protección a costo de miedo, a los que mercadean con la necesidad del desempleado, de la mujer, del indígena, del migrante… de quien sea. Y esto toma tintes monstruosos cuando la víctima es infantil.

La trata de personas no tiene ya el rostro de la esclavitud tolerada, sino de una supuesta justicia laboral; y también hunde sus tentáculos en la explotación sexual o en la manipulación afectiva. Las tecnologías globalizadas lamentablemente han sutilizado los nuevos modos de crimen tan nefando. Y que no sobre decirlo: cuando los progenitores son los primeros explotadores estamos ante una situación peor.

Aunque no es su misión primera, la Iglesia está urgida por el Evangelio a desenmascarar y erradicar los múltiples factores que dan pie a lo que podría compararse a un canibalismo moderno, en donde unos pocos desalmados denigran a muchos sin importarles convertirlos en mercancía viva, en materia prima de inhumanos negocios.

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Un rasgo de civilización auténtico, debería llevar a nuestros gobiernos y sociedades a cancelar todo tipo de manipulación de las personas y grupos, todo intento de coartar la libertad, de manchar la dignidad, de cancelar el futuro de quien sea, ¡más cuando se trata del futuro de niños y jóvenes!

La trata de personas sigue buscando sacar el máximo provecho ante la carencia de políticas gubernamentales efectivas, que se quedan en tácticas de persecución o en maquillaje estadístico, y cuya punición casi siempre llega tarde. ¿Acaso el recorte a programas de salud o la reducción del gasto en educación y cultura, así como el empecinamiento en políticas asistencialistas, no favorecen que este tipo de crímenes se extiendan con mayor celeridad?

Sigue siendo urgente la promoción del trabajo digno y estable, la educación pública que apunte a valorar la dignidad de la persona humana más que hacer eco y fiesta de modas ideológicas, seguimos necesitando de la consolidación de la familia para frenar con eficacia el tremendo cáncer de la trata de personas, que ya tiene tintes de invasivo y amenaza con convertirse en incurable.

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Que nadie se sienta cómodo mientras haya una empleada doméstica “encarcelada” en su ambiente laboral, que nadie se dé por satisfecho mientras la explotación sexual o afectiva tenga como escenario el propio hogar, que todos sigamos trabajando para que nadie llegue a ser carroña de un sistema de esclavitudes mercantiles que parece insaciable, que nadie venda la inocencia de sus hijos como golosina sentimental. 

Sí. Es posible un mundo de auténtica fraternidad y justicia, en donde ningún hombre se constituya en lobo para su semejante.