Regular la inteligencia artificial exige una alianza educativa renovada
¿Qué tipo de educación necesitan nuestros niños y jóvenes en tiempos de inteligencia artificial? La encíclica Magnifica Humanitas ofrece claves para un debate que involucra a familias, escuelas, autoridades y sociedad.
Recientemente, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció que, una vez concluido el Mundial de Futbol, comenzará el análisis para construir un marco regulatorio sobre inteligencia artificial en nuestro país y adelantó que en esa discusión se tomarán en cuenta las reflexiones del Papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas.
Con frecuencia, cuando se habla de inteligencia artificial, el debate se concentra en la innovación, la competitividad o el desarrollo económico, sin embargo, la encíclica recuerda la relevancia de garantizar la protección de la dignidad humana y educar a las nuevas generaciones en un mundo donde la tecnología moldea la manera de pensar, aprender y relacionarse.
Antes de entrar al debate sobre cómo regular la inteligencia artificial en México, queremos hablar de los tres desafíos y la respuesta que propone León XIV (MH 139-147) para el ámbito educativo y que merecen convertirse en parte del debate público.
El primero es el desafío sociopolítico. La educación de calidad sigue siendo una deuda para millones de personas. La revolución tecnológica amenaza con ampliar aún más esa brecha entre quienes tienen acceso a herramientas, formación y acompañamiento, y quienes están quedando rezagados.
Regular la IA también debe aportar normativas para evitar que la innovación profundice las desigualdades y garantizar que cualquier estudiante pueda acceder a una educación que los prepare para este nuevo escenario.
El segundo es el desafío pedagógico. No basta con incorporar computadoras o aplicaciones a las aulas. Los planes de estudio, los métodos de enseñanza y la formación permanente de los docentes necesitan responder a las realidades que enfrentan.
Una regulación sobre inteligencia artificial exige que la escuela enseñe algo más que el manejo de nuevas herramientas; debe formar personas capaces de utilizarlas con responsabilidad y sentido crítico, sin convertirse en usuarios pasivos de aquello que los algoritmos deciden mostrarles.
El tercer desafío es el intelectual y sapiencial. Rodeados de información, existe el riesgo de acostumbrarnos a respuestas inmediatas mientras perdemos la capacidad de formular buenas preguntas, de investigar, de reflexionar y de discernir.
Como advierte el Papa, una sociedad que sabe muchas cosas, pero que pierde el horizonte del sentido, termina debilitando su libertad interior, y ante ello propone recuperar una “higiene de la atención”, a través de espacios para el silencio, la lectura, el estudio reflexivo y el análisis ponderado.
Para asumir la responsabilidad de atender estos tres desafíos, respaldamos el llamado que hace la encíclica para constituir una alianza educativa renovada entre la política, las instituciones educativas, y las familias.
Esto implica impulsar políticas públicas de largo alcance que antepongan el interés superior de los menores a los modelos de negocio que monetizan su atención y su tiempo.
Destacamos la propuesta del Papa para establecer reglas claras sobre el acceso de los menores a determinadas plataformas, exigir una mayor responsabilidad a los proveedores de servicios digitales y fortalecer los mecanismos de prevención frente a la explotación, la violencia y los abusos que pueden presentarse en internet.
La Iglesia no apoya a ningún partido político ni busca sustituir el trabajo de los especialistas. Nuestra intención es recordar que ninguna política pública será suficiente si olvida la formación de la persona.
Hacemos un llamado a reflexionar con profundidad el tipo de educación que necesitan nuestros niños y jóvenes para vivir en esta nueva época, y para formar personas que nunca dejen de pensar por sí mismas.





