Editorial

¡Alto a las desapariciones!

Miles de familias se aferran a una esperanza para encontrar a sus seres queridos.
Este fenómeno de las desapariciones no puede ser algo cotidiano en México; es responsabilidad elemental del Estado garantizar la integridad de los ciudadanos.
Este fenómeno de las desapariciones no puede ser algo cotidiano en México; es responsabilidad elemental del Estado garantizar la integridad de los ciudadanos.

Cuánto nos ha cambiado la cotidianidad de la violencia en México, que el valor de la vida, en el caso de las personas desaparecidas, ha sido reducido a un interminable número de listas y a noticias que han pasado de ocupar un espacio en las primeras planas a ser contenidos secundarios en algunos medios de comunicación.

Las listas pueden parecer escandalosas, pero para los medios de comunicación son atractivas, pues es más fácil recordar un número; sin embargo, cada lista está conformada por historias de personas, por integrantes de familias que quedaron en la desolación ante su pérdida. Cada lista también está integrada por historias de impunidad, de corrupción y de actos de omisión de las autoridades.

En los últimos años hemos visto cómo nos ha deteriorado la creciente y escandalosa violencia, y como consecuencia, cómo se le ha restado valor a la vida. Lo hemos visto, mientras el tiempo transcurre, los listados crecen, y miles de familias –muchas de ellas sin el apoyo de las autoridades– se aferran a una esperanza para encontrar a sus seres queridos. Son ellos, con su lucha, los que han logrado los mayores avances.

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Este fenómeno de las desapariciones no puede ser algo cotidiano en México; es responsabilidad elemental del Estado garantizar la integridad de los ciudadanos.

En los últimos meses, algunos gobiernos han pedido perdón por la inacción en el tema de la desaparición forzada, y han surgido algunas iniciativas de combate a esta práctica. Qué bueno que este tema tenga presencia en la agenda legislativa y de gobierno, pero es urgente que se establezca un plan de trabajo firme, y políticas públicas serias y con resultados inmediatos para erradicar este mal.

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No podemos permitir que se sigan fracturando vidas, familias, comunidades, borrando del mapa a personas, sin que nadie haga nada, o se agranden listas que no sirven más que para tener un registro.

Las desapariciones en nuestro país no pueden ser una noticia más o un cúmulo de listados. No podemos estar acostumbrándonos a que desaparezcan los de junto, pues un día vamos a desaparecer nosotros y, si bien nos va, sólo nos apuntarán en la lista.