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COLUMNA

Comentario al Evangelio

Lecturas de la Misa y Evangelio del 16 de agosto del 2026

La cananea nos enseña que el silencio de Dios no es ausencia, sino una invitación a cavar más hondo.

14 agosto, 2026
Lecturas de la Misa y Evangelio del 16 de agosto del 2026
Encuentro de Jesús con la mujer cananea.
POR:
Autor

Fue ordenado sacerdote en la Basílica de Guadalupe el año 2022. Actualmente colabora en la Pastoral Juvenil Vocacional de la Arquidiócesis Primada de México y acompaña a los jóvenes que quieren ser sacerdotes. Asimismo, da formación a laicos comprometidos en el Instituto de Formación Espíritu y Palabra. 

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Lecturas y Evangelio del 16 de agosto de 2026

  • Primera Lectura: Del libro del profeta Isaías: 56, 1. 6-7
  • Salmo: Salmo 66
  • Segunda Lectura: De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 11, 13-15. 29-32
  • Evangelio del día: Del santo Evangelio según san Mateo: 15, 21-28
  • Comentario al Evangelio

Primera lectura

Del libro del profeta Isaías: 56, 1. 6-7

Esto dice el Señor: “Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia, porque mi salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse.

A los extranjeros que se han adherido al Señor para servirlo, amarlo y darle culto, a los que guardan el sábado sin profanarlo y se mantienen fieles a mi alianza, los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración. Sus holocaustos y sacrificios serán gratos en mi altar, porque mi casa será casa de oración para todos los pueblos”.

Palabra de Dios.

Salmo

/R/ Que te alaben, Señor, todos los pueblos. 

Ten piedad de nosotros y bendícenos; 
vuelve, Señor, tus ojos a nosotros. 
Que conozca la tierra tu bondad 
y los pueblos tu obra salvadora. /R/ 

Las naciones con júbilo te canten, 
porque juzgas al mundo con justicia; 
con equidad tú juzgas a los pueblos 
y riges en la tierra a las naciones. /R/ 

Que te alaben, Señor, todos los pueblos, 
que los pueblos te aclamen todos juntos. 
Que nos bendiga Dios 
y que le rinda honor el mundo entero. /R/ 

Segunda lectura

De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 11, 13-15. 29-32

Hermanos: Tengo algo que decirles a ustedes, los que no son judíos, y trato de desempeñar lo mejor posible este ministerio. Pero esto lo hago también para ver si provoco los celos de los de mi raza y logro salvar a algunos de ellos. Pues, si su rechazo ha sido reconciliación para el mundo, ¿qué no será su reintegración, sino resurrección de entre los muertos? Porque Dios no se arrepiente de sus dones ni de su elección.

Así como ustedes antes eran rebeldes contra Dios y ahora han alcanzado su misericordia con ocasión de la rebeldía de los judíos, en la misma forma, los judíos, que ahora son los rebeldes y que fueron la ocasión de que ustedes alcanzaran la misericordia de Dios, también ellos la alcanzarán. En efecto, Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia.

Palabra de Dios.

Evangelio

Del santo Evangelio según san Mateo: 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”. Él les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Ella se acercó entonces a Jesús y, postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!”. Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio

El Evangelio de hoy nos sitúa ante una de las escenas más conmovedoras y crudas del Nuevo Testamento: el encuentro de Jesús con la mujer cananea. Ella no pertenece al pueblo elegido; es una extranjera, una marginada, una madre desesperada que grita por la salud de su hija. La respuesta inicial de Jesús es un silencio de hielo que muerde el alma, seguido de una negativa que suena a portazo. Sin embargo, ella no se rinde.

¿Cuántas veces nos hemos sentido como esa madre? En la era de la inmediatez, donde un “clic” nos da respuestas instantáneas, el silencio de Dios se vuelve un desierto intolerable. Es el grito desgarrador en la sala de espera de un hospital, la oración muda de un padre desempleado que ya no sabe qué puerta tocar, o el vacío de quien siente que sus súplicas rebotan contra un techo de bronce. Vivimos en un mundo de conexiones infinitas, pero de profundas soledades.

La cananea nos enseña que el silencio de Dios no es ausencia, sino una invitación a cavar más hondo. Cuando Jesús le dice que no está bien echar el pan de los hijos a los perritos, ella, con una humildad que desarma y una agudeza que enamora, responde: “Sí, Señor; pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Ella no exige derechos; mendiga amor.

San Juan Crisóstomo, maravillado ante esta audacia, escribió: “Mira la prudencia de esta mujer: no contradice, no se indigna… sino que de las mismas palabras de Cristo saca su defensa”. Ella convierte un muro en un puente; transforma un desprecio aparente en el trampolín de su fe. Su confianza es un fuego que el viento del rechazo no apaga, sino que aviva. Al ver esto, el corazón de Jesús se rinde. No es que Él fuera cruel; es que estaba esculpiendo en ella una fe de oro, un monumento a la persistencia.

“¡Mujer, qué grande es tu fe!”, exclama conmovido. Esta mujer es el espejo de la fe inquebrantable. Nos demuestra que la oración no es un monólogo complaciente, sino un combate sagrado de amor. No te rindas cuando el cielo parezca mudo y la noche sea un manto denso que ahoga tus esperanzas. Sigue llamando a la puerta.

No te conformes con mirar la mesa de lejos; atrévete a mendigar con el corazón desnudo. Porque para Dios, la fe de un corazón que insiste en la oscuridad es un imán irresistible. No temas al silencio del Maestro; teme perder la audacia de seguir gritando. Al final, si tu fe es tan terca como tu dolor, prepárate: el silencio aparente del cielo siempre termina en el milagro de su abrazo.

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Autor

Fue ordenado sacerdote en la Basílica de Guadalupe el año 2022. Actualmente colabora en la Pastoral Juvenil Vocacional de la Arquidiócesis Primada de México y acompaña a los jóvenes que quieren ser sacerdotes. Asimismo, da formación a laicos comprometidos en el Instituto de Formación Espíritu y Palabra.