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Comentario al Evangelio

Lecturas de la Misa y Evangelio del 19 de julio del 2026

Deja que Dios sea Dios. Mientras llega el tiempo de la cosecha, nuestra única tarea no es arrancar la cizaña de los demás, sino asegurarnos de que nuestra propia vida dé fruto.

13 julio, 2026
Lecturas de la Misa y Evangelio del 19 de julio del 2026
Parábola del trigo y la cizaña / Imagen: Especial
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Fue ordenado sacerdote en la Basílica de Guadalupe el año 2022. Actualmente colabora en la Pastoral Juvenil Vocacional de la Arquidiócesis Primada de México y acompaña a los jóvenes que quieren ser sacerdotes. Asimismo, da formación a laicos comprometidos en el Instituto de Formación Espíritu y Palabra. 

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Lecturas y Evangelio del 19 de julio de 2026

  • Primera Lectura: Del libro de la Sabiduría: 12, 13. 16-19
  • Salmo: Salmo 85
  • Segunda Lectura: De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 8, 26-27
  • Evangelio del día: Del santo Evangelio según san Mateo: 13, 24-43
  • Comentario al Evangelio

Primera lectura

Del libro de la Sabiduría: 12, 13. 16-19

No hay más Dios que tú, Señor, que cuidas de todas las cosas. No hay nadie a quien tengas que rendirle cuentas de la justicia de tus sentencias. Tu poder es el fundamento de tu justicia, y por ser el Señor de todos, eres misericordioso con todos.

Tú muestras tu fuerza a los que dudan de tu poder soberano y castigas a quienes, conociéndolo, te desafían. Siendo tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza, porque tienes el poder y lo usas cuando quieres.

Con todo esto has enseñado a tu pueblo que el justo debe ser humano, y has llenado a tus hijos de una dulce esperanza, ya que al pecador le das tiempo para que se arrepienta.

Palabra de Dios.

Salmo

/R/ Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Puesto que eres, Señor, bueno y clemente 
y todo amor con quien tu nombre invoca, 
escucha mi oración 
y a mi súplica da respuesta pronta. /R/ 

Señor, todos los pueblos 
vendrán para adorarte y darte gloria, 
pues sólo tú eres Dios, 
y tus obras, Señor, son portentosas. /R/ 

Dios entrañablemente compasivo, 
todo amor y lealtad, lento a la cólera, 
ten compasión de mí, 
pues clamo a ti, Señor, a toda hora. /R/ 

Segunda lectura

De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 8, 26-27

Hermanos: El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que conoce profundamente los corazones, sabe lo que el Espíritu quiere decir, porque el Espíritu ruega conforme a la voluntad de Dios, por los que le pertenecen.

Palabra de Dios.

Evangelio

Del santo Evangelio según san Mateo: 13, 24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó. Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña.

Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’. El amo les respondió: ‘De seguro lo hizo un enemigo mío’. Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’. Pero él les contestó: ‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y luego almacenen el trigo en mi granero’”.

Luego les propuso esta otra parábola: “El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en un huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas”.

Les dijo también otra parábola: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar”.

Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

Luego despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.

Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los ciudadanos del Reino, la cizaña son los partidarios del maligno, el enemigo que la siembra es el diablo, el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”.

Palabra del Señor.

Comentario al Evangelio

El Evangelio de hoy nos regala la célebre parábola del trigo y la cizaña. Es una radiografía perfecta de nuestro propio corazón y del mundo en que vivimos: un campo donde el bien y el mal crecen juntos, entrelazados de una forma tan íntima que resulta imposible separarlos a simple vista.

Hoy en día, vivimos con la obsesión de arrancar lo que consideramos “malo” a toda prisa. Lo vemos en las redes sociales, donde cancelamos a una persona por un solo error, o en nuestras propias familias, cuando etiquetamos a alguien de por vida por sus fallos. Quisiéramos un mundo perfectamente puro, un trigo sin una sola mancha. Pero la lógica de Dios es diferente; es la lógica de la paciencia.

Pensemos en una madre que tiene un hijo que ha tomado caminos equivocados. El mundo le diría que lo corte, que lo aparte, que es “cizaña”. Pero ella, con el corazón roto, sigue esperando, rezando y sembrando amor. Sabe que dentro de ese joven todavía hay trigo. Dios actúa igual con nosotros. Él no es un juez impaciente con la hoz en la mano; es el agricultor divino que prefiere arriesgar su cosecha antes que perder un solo brote de buen trigo.

El gran teólogo San Agustín lo explicaba con una lucidez asombrosa:
“Muchos que hoy son cizaña, mañana serán trigo”.

Si Dios nos hubiera juzgado en nuestro peor momento, muchos no estaríamos hoy aquí. La paciencia de Dios no es indiferencia ante el mal, sino el espacio sagrado que nos regala para que podamos cambiar.

Miremos a nuestro alrededor y, sobre todo, miremos dentro de nosotros mismos. En el tejido de nuestra alma conviven el deseo de hacer el bien y el egoísmo más profundo. No nos desanimemos al ver nuestra propia cizaña. La santidad no consiste en no tener malas hierbas, sino en dejar que el trigo crezca tanto y con tanta fuerza que termine por ahogar el mal.

No caigas en la tentación de jugar a ser el juez del mundo. Deja que Dios sea Dios. Mientras llega el tiempo de la cosecha, nuestra única tarea no es arrancar la cizaña de los demás, sino asegurarnos de que nuestra propia vida dé fruto. No gastes tu energía odiando la cizaña; gástala floreciendo como el trigo. Al final, lo único que permanecerá no será el juicio que hicimos sobre los otros, sino el amor que dejamos crecer en nosotros.

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Fue ordenado sacerdote en la Basílica de Guadalupe el año 2022. Actualmente colabora en la Pastoral Juvenil Vocacional de la Arquidiócesis Primada de México y acompaña a los jóvenes que quieren ser sacerdotes. Asimismo, da formación a laicos comprometidos en el Instituto de Formación Espíritu y Palabra.