Tres pilares en la empresa
La visión cristiana de la empresa se basa en la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes y la construcción del bien común.
Tres grandes pilares sostienen la visión cristiana de la empresa: dignidad personal, destino universal de los bienes y bien común.
Primero, la dignidad inviolable de la persona. El trabajador no es un recurso humano. Lamentablemente, hoy entramos a cualquier empresa y pueden indicarte el “área de recursos humanos”. Lo cierto es que el ser humano no es un recurso y el dinero no es un fin.
El trabajador nunca es un recurso humano, es una persona digna. No es una pieza en un engranaje, sino un fin en sí mismo. La empresa existe para el hombre y no el hombre para la empresa. Jesús decía: “No está el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”. Juan Pablo II lo expresaba diciendo: “El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo”.
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Segundo, el destino universal de los bienes. Erróneamente hemos puesto el concepto de propiedad privada en la cúspide de la pirámide, pero la propiedad privada es subsidiaria del destino universal de los bienes que es prioritario a todo.
La propiedad privada es legítima, sí, pero no es absoluta. La riqueza tiene una hipoteca social. Toda empresa cristiana debe preguntarse siempre: ¿esta utilidad construye sociedad o sólo engorda balances?
¿Qué es la hipoteca social? Es ese compromiso ético y moral de poner los propios talentos, el tiempo y los recursos al servicio siempre de los demás, especialmente de los más necesitados, y no sólo en beneficio personal.
La figura de la hipoteca social fue especialmente popularizada por pensadores, como David Noel Ramírez, quienes sostienen que sobre la propiedad privada grava esa hipoteca social siempre y que obliga a usar los bienes para el bien común. Es decir, no debe verse como un producto financiero, sino como una obligación moral que tenemos que cumplir y que nos permite compartir y contribuir al desarrollo de una sociedad más justa.
Tercero, el bien de la empresa construye bien común. Cuando la empresa crece destruyendo tejido social, tarde o temprano su propio crecimiento se va a volver contra ella misma y la va a destruir.
Tenemos que ver a la empresa como una comunidad de personas y no sólo como una relación contractual que es la visión que domina entre nosostors. La empresa, antes que nada, es una comunidad de personas unidas en un proyecto común.
Una empresa sin alma da como resultado: trabajadores resentidos, directivos cínicos y una sociedad fracturada. Sin embargo, una empresa con alma produce algo muy escaso en la sociedad: la confianza. Y sin confianza no hay mercado que funciones ni país que pueda sobrevivirlo.


