Primero de mayo: el trabajo dignifica a la persona
San Pablo recuerda a un matrimonio que, sin ser misioneros, convirtió su taller en un lugar de encuentro con Dios.
En la carta a los Romanos, San Pablo nos recuerda a Priscila y Áquila, un matrimonio que compartía con Pablo el mismo oficio de fabricantes de tiendas, y no eran teólogos ni misioneros de oficio, eran simples trabajadores, pero desde su taller, evangelizaban; desde su casa acogían a la comunidad y su trabajo se convirtió en un altar. Esa es también la vocación del mundo laboral cristiano: que el taller, la oficina o el mostrador de ventas se convierta en un lugar del encuentro con Dios siempre.
Como diría Benedicto XVI en Caritas in veritate, el trabajo es una expresión esencial de la persona humana; por él, el hombre coopera con Dios en la misma obra de la creación. Cada empleado, cada colaborador coopera con Dios cuando hace bien su tarea, cuando la vive como servicio, cuando busca la excelencia, no sólo por rendimiento, sino sobre todo por dignidad.
“No se puede servir a Dios y al dinero”. ¡Qué frase tan dura la que nos dice Jesús! La dirigió a los fariseos, pero nos la dirige también hoy a nosotros. Y fíjense que no se trata de condenar la riqueza, ni la generación de esa riqueza a través de la empresa ni del trabajo. Jesús no dice que el dinero sea malo, sino que no puede nunca ocupar el lugar de Dios; el lugar prioritario en nuestro corazón.
Decía el Papa Francisco también, “el dinero es un buen siervo, pero es un pésimo amo”. Ténganlo en cuenta siempre. Yo recuerdo un refrán español que aprendí desde niño: “el dinero bienvenido se lo lleva el diablo y el malvenido con dueño y todo”.
El día del trabajo es un momento para reflexionar sobra la ética empresarial, la función económica de una empresa pero sobre todo para caer en la cuenta de la función social que se realiza a través de la promoción de los que en ella trabajan y de la comunidad en la cual debe integrarse.
Debemos dejar a un lado aquella concepción individualista de la empresa, que hace que a los trabajadores los metamos en el cajón de los Recursos Humanos como si se tratara de un medio para obtener dinero. Ni el trabajo ni la empresa tienen como fin el dinero sino la realización de la persona en la construcción del bien común.
El Papa Francisco, en su Cncíclica Fratelli Tutti, decía con fuerza: “el trabajo es una dimensión ineludible de la vida social, donde la persona se realiza y coopera al bien común. Y no es solo un medio de ganarse el pan, sino un ámbito para expresar toda la dignidad del ser humano.”
En el mundo laboral caminamos todos: desde el obrero hasta el directivo, desde la vendedor al del mostrador hasta el ejecutivo del despacho; todos compartimos una misma búsqueda, queremos que nuestro trabajo tenga auténtico sentido, y que lo que hacemos sirva, y siempre deje huella en el corazón del hombre.
Cuando consagramos nuestro trabajo y lo ponemos bajo la mirada de Dios, en el fondo, lo que hacemos es un compromiso de trabajar con honestidad incluso cuando nadie nos ve, porque trabajamos bajo Su mirada y tratamos a cada compañero con respeto y dignidad; renovamos nuestro compromiso en la búsqueda del bien común -que va más allá de los beneficios pesonales- y ponemos en nuestro trabajo el talento al servicio del país y de la comunidad.
Cristo quiere que alcancemos la santidad no con acciones extraordinarias, sino a través de las acciones de todos los días, en la calle, en la oficina, en la fabrica, es decir, que nuestro trabajo lo desarrollemos por amor a Dios y con alegría de modo que el trabajo no sea la “tragedia de cada mañana”, sino la “sonrisa cotidiana”.
Decía San José María Escrivá de Balaguer: “el trabajo hecho con amor se convierte siempre en oración.” Y podríamos añadir con San Juan Pablo II que “trabajar es participar del acto creador de Dios”; por eso cada trabajador es un continuador del Génesis.


