¿Por qué nevó en Roma en pleno agosto? La historia detrás de Santa María la Mayor
Una antigua tradición narra que una nevada en pleno verano señaló el lugar donde debía levantarse uno de los santuarios marianos más importantes del mundo.
Sacerdote de la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico. Miembro del Consejo Latinoamericano de protección de menores y personas vulnerables (CEPROME). Teólogo moral. Escribe sobre inteligencia artificial, neurociencias y ética aplicada (neuroética, bioética y bioalgorética), con especial atención a la protección de menores y personas vulnerables. Se formó en la Pontificia Academia Alfonsiana, la Pontificia Universidad Gregoriana y el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), y realizó investigación en el Edmund Pellegrino Center for Clinical Bioethics de Georgetown University (Washington, D.C.).
En el corazón de Roma, sobre la colina del Esquilino, se alza la Basílica Papal de Santa María la Mayor, una de las cuatro basílicas papales de la ciudad y uno de los santuarios marianos más significativos de la cristiandad. Su estructura, nacida en el siglo V, conserva la memoria de la Iglesia antigua y de su amor filial a la Madre del Señor. Cada 5 de agosto la Iglesia celebra la dedicación de esta basílica y recuerda la advocación de Nuestra Señora de las Nieves. La tradición cuenta que, en pleno verano romano, una nevada indicó al papa Liberio y al patricio Juan el lugar donde debía construirse un templo en honor de María.
Santa María la Mayor adquirió una importancia particular después del Concilio de Éfeso (431 d.C.), que proclamó a María como Theotókos, es decir, Madre de Dios. El honor dado a María profesa nuestra fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. En ella, la Iglesia contempla a la Madre que conduce siempre hacia su Hijo y enseña a guardar su Palabra: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8,21).
Además de estar allí la tumba del papa Francisco, quien eligió este santuario mariano, tan amado y visitado por él antes y después de sus viajes, la basílica custodia la venerada imagen de la Salus Populi Romani (Salud del Pueblo Romano) y la memoria del pesebre de Belén. Allí se encuentra también. Todo ello nos remite a la Encarnación: Dios se hace pequeño, vulnerable y entra en la historia humana para salvarla.
María y la cultura del cuidado
Por eso, al invocar a María como abogada nuestra, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos y salud de los enfermos, la reconocemos también como Madre atenta a quienes necesitan mayor cuidado. Una devoción mariana auténtica nos mueve a proteger la dignidad de cada persona, particularmente la de los niños, adolescentes y adultos vulnerables, y a edificar familias, parroquias y escuelas donde nadie viva con miedo ni sea silenciado, humillado o manipulado. Esta misión comprende también el mundo digital, que ha de ser un espacio de respeto, verdad y cuidado; nunca de violencia o explotación. Como enseña san Alfonso María de Ligorio, quien se acoge a la Madre de Dios aprende a confiar en su amparo; bajo su cuidado, aprendemos asimismo a proteger a quienes nos han sido confiados.
Tres gestos para el hogar
- Escuchemos a Dios cada día: reservemos unos minutos de silencio, lectura del Evangelio y oración familiar o personal, para discernir con paz las decisiones cotidianas y aprender a escuchar de verdad a quienes viven con nosotros.
- Cuidemos a los más vulnerables: imitemos la ternura vigilante de María. Protejamos a los niños, adolescentes, personas mayores, enfermos y toda persona vulnerable; cultivemos vínculos sanos, límites respetuosos y entornos físicos y digitales seguros.
- Construyamos hogares de fe y esperanza: hagamos de nuestras palabras, nuestro perdón y nuestros gestos concretos una «casa» donde Cristo sea recibido y cada persona se sienta vista, respetada, segura y amada.

