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Dios también es empresario

La empresa no solo genera riqueza: también puede ser un espacio de fe, servicio y construcción del bien común, según la tradición cristiana.

28 mayo, 2026
Dios también es empresario
A través de internet podemos aprender y unirnos en oración. Foto: iStock.
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Vivimos en un tiempo en el que a la empresa se le exige mucho y diría que se le critica incluso más. Se le culpa de desigualdad social, de explotación, de corrupción, y no digo que a veces no haya razones. Pero también es cierto que si no hubiera empresa, no habría trabajo. Si no hay trabajo, no hay dignidad. Y si no hay dignidad personal, no habrá nunca paz social. 

Para el cristiano la empresa no es únicamente un mecanismo de producción de bienes de consumo o de riqueza. Es un lugar teológico. Un espacio donde se juega la fe de manera seria. No existe una fe que se pueda quedar en el templo sin salir a la calle, en la fábrica, en la oficina, en la nómina, en el consejo administrativo. 

¿Cuál es el fundamento bíblico del planteamiento que quiero exponer? Yo diría que Dios es el primer empresario y por tanto modelo de todos los empresarios. La Sagrada Escritura comienza con una imagen profundamente empresarial. Un Dios que crea, un Dios que ordena, un Dios que distribuye, un Dios que encarga, evalúa y confía. Todo al hombre. Creo que pueden ser calificativos perfectos de un empresario. 

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En el Génesis, Dios pone al hombre como administrador. Cuidado, no como dueño absoluto, como administrador. Cultiven y cuiden el jardín, les dice. Y desde ahí nace, yo creo que la clave decisiva de interpretación del empresario, visto desde la fe. No es propietario absoluto nunca, sino administrador de unos dones recibidos y que algún día le serán requeridos al mismo tiempo. 

Jesús, en el Evangelio ya, lejos de despreciar los negocios, utiliza constantemente imágenes económicas en sus parábolas, si se han dado cuenta. Talentos, viñas, administradores, jornaleros, deudas, salarios, cuentas, inversiones. No idealiza la pobreza, algo que ha engañado a mucha gente y que fue posiblemente uno de los grandes engaños del comunismo. Pero tampoco condena la riqueza, como tal. Condena la riqueza sin alma, la ganancia sin justicia y el poder sin responsabilidad. 

¿Y qué dice la tradición de la Iglesia? Yo diría que se podría resumir en una palabra, la empresa al servicio del bien común. 

Desde León XIII, con la Rerum Novarum, hasta hoy, la Iglesia ha sido la única institución que durante más de 100 años ha reflexionado de manera orgánica sobre la empresa, el trabajo, el salario, la propiedad y la justicia social. 

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