Un niño extraordinariamente tenaz

Marilú Esponda

 

Tessy y Carlos, que eran los hermanos mayores, tenían una afición común: comprar discos y oírlos en la consola. Carlos siempre mantenía sus “acetatos” ordenados, y debían ser escuchados por orden para que se desgastaran todos por igual.


⎯Oye, pero ¡queremos oír otra canción!

⎯No, esperen a que le toque nuevamente ⎯respondía él.

Además, Carlos fue siempre muy aventurero. Paco ⎯el cuarto de los siete hijos de Don Carlos y Mariate⎯, se movía siempre guiado por su hermano mayor, que tenía una orientación y una manera de desenvolverse fuera de lo común. En una ocasión, al tratar de retirarse de un partido en el Estadio Azteca, el caos fue tal que los obligaron a salir por otra puerta lejana, y la referencia que Carlos había tomado para regresar no estaba a la vista. Carlos y Paco eran muy pequeños, pero el primero en ningún momento perdió la serenidad.

Las cosas se hacían siempre como él proponía. Con el tiempo, esa terquedad se convirtió en tenacidad.

Siendo acólito, los padres Agustinos lo invitaron por primera vez al Seminario Menor, pues veían que se tomaba muy enserio sus funciones de monaguillo. Después de volver de la Iglesia, convocaba a sus hermanos y se ponía a predicarles. Éstos iban dejándolo poco a poco para ponerse a jugar en otras cosas; la única “feligresa” que permanecía fiel era Mayra, la tercera hija del matrimonio Aguiar Retes.

Un día, Carlos tomó valor, y dijo a su padre con decisión:

⎯Papá, quiero entrar al Seminario.

⎯No hijo, estás en primaria, tienes que acabarla y después veremos.

Más adelante, fueron los Claretianos quienes lo invitaron, pues ellos atendían el templo más cercano a su casa. Se repitió la historia con ellos, seguramente porque veían que podía tener vocación. El promotor vocacional insistió, pero Don Carlos fue más enfático:

⎯¡No!, mi hijo no se va mientras no termine la primaria.

Casi por concluir el sexto año, un sacerdote diocesano preguntó en el aula quiénes querían conocer el Seminario. Carlos inmediatamente levantó la mano. Esa visita al Seminario confirmó lo que venía creciendo en el interior de aquél niño de once años. Sabía que el hecho de cuestionarse sobre la posibilidad de tener vocación, era una señal de que podía tenerla. Lo manifestó nuevamente a su papá, y este le dijo:

⎯Hijo, te mandaré a la Escuela Militar para que te formes bien, y tengas muy buena calidad académica.

⎯Papá, pero lo que yo quiero es entrar al Seminario.

⎯Debes estudiar antes secundaria y preparatoria, ya luego veremos.

⎯Pero es el momento de decidir, es la edad en la que están entrando todos.

Cuando era joven, Don Carlos quiso ser militar, así que tenía la ilusión de ver reflejado en su hijo aquel anhelo frustrado.

⎯Bueno, como mi padre no me dejó estudiar en el Colegio Militar ⎯dijo entonces Don Carlos a su hijo⎯, no quiero que pase contigo lo mismo que conmigo. Vete al Seminario, pero si en cualquier momento te das cuenta de que no es tu vocación, no dudes en venirte enseguida a tu casa.

Ahora tocaba a Carlos el turno de informar a los demás familiares sobre su decisión. Preparaba el terreno para írselo diciendo a los más cercanos. Mariate, que estaba enterada de todo, le sugirió decírselo a su abuelito Pablo, quien le comentó:

⎯¿Tú sabes que yo fui seminarista?

⎯No, abuelito.

Don Pablo Retes había sido compañero de Amado Nervo en el Seminario de Tepic. Le contó que cuando era muy pequeño quedó huérfano de madre, por lo que su papá lo encomendó a sus tías para que lo educaran bien. Ellas, tratando de encaminarlo por buenas sendas, le dijeron: “Pablo, entra al Seminario”. “Pero es que yo no quiero ser sacerdote”, respondió él. “Si no vas, no te tocará herencia”. “Pero es que no tengo vocación”. “Pues se la pides a Dios y te la va a dar”. “Pero es que no quiero pedírsela…”.

Finalmente, Don Pablo asintió. Entró al Seminario y estuvo dos años. Sabía que no era su camino. Por eso, cuando Carlos le informó sobre su propósito de ingresar al Seminario, Don Pablo, para asegurarse de que no estuviera coaccionado por alguna circunstancia, le preguntó:

⎯Carlos, ¿tú quieres?, ¿es tu voluntad?, ¿tienes plena libertad?

⎯Sí, abuelito.

⎯¡Adelante! ¡Entra al Seminario!

Su padrino de bautismo no pensó lo mismo. Era él una persona muy cercana, que llenaba a Carlos de regalos cada vez que tenía oportunidad.

⎯¡No entres al Seminario, te vas a enamorar de alguna mujer y tendrás que renunciar! ¿Para qué vas?

⎯Sí voy a entrar, ¡yo quiero ser sacerdote! ⎯respondió Carlos con tenacidad.