Homilía del Cardenal Carlos Aguiar Retes en su visita a la VII Vicaría “San Pablo Apóstol”

“La mano del Señor estaba con ellos” (Hch. 11,21).

El libro de los Hechos de los Apóstoles narra este hecho de la Iglesia primitiva. Cuenta que la persecución desatada en Jerusalén por la muerte de Esteban, lleva a la comunidad a dispersarse, a buscar un lugar dónde puedan defender su vida y continuar unidos como comunidad.

Pero en esa comunidad que se dispersa por Fenicia, Chipre y Antioquía predicaban −dice el texto− solamente a los judíos ya que consideraban, aún siendo cristianos, que Jesús había venido para el Pueblo de Israel. Sin embargo, hubo entre ellos algunos chipriotas y cirenenses, que también comenzaron a dirigirse a los griegos. Es decir, que de las comunidades judías ya evangelizadas que reconocían en Jesús al Mesías, no restringían su acción evangelizadora solo a los judíos, como en Jerusalén.


Siempre hay líneas más duras o que se aferran más a la Tradición, pero siempre hay otros que se abren más al Espíritu; este es el caso que vemos aquí, y que, gracias a esta comprensión de mayor libertad para transmitir el mensaje de Dios, los griegos comenzaron a convertirse y abrazar la fe. Y al dar este dato –es como afirma el texto–, percibieron que la mano del Señor estaba con ellos.

En este aporte de la Primera Lectura (Hch. 11, 19-26), que luego vamos a verlo en el Evangelio (Jn. 10, 22-30), descubrimos con claridad la importancia de experimentar que la mano de Dios está con nosotros.

Toda actividad, aunque sea muy santa como es la misión de la Iglesia, tiene que ser la oportunidad de descubrir la mano de Dios en lo que hacemos. Aunque escribamos los datos de quien se quiere casar, como lo hacen las secretarias de parroquia. Pareciera una frivolidad, sin embargo, en el encuentro puede descubrirse la mano de Dios; y así crece la Iglesia naciente.

Por otro lado, en el Evangelio vemos cómo a Jesús lo interpelan duramente diciéndole: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso?, si eres el Mesías dínoslo claramente” (Jn. 10,24). Así queremos que muchas veces nos hablen, ¿verdad?: ‘Díganos ya, Señor Arzobispo, ¿qué va a hacer?’. Y Jesús les contesta: ‘Ya se los he dicho, pero no me creen; las obras que hago, en nombre de mi Padre, dan testimonio de mí’ (Jn. 10,25).

Lo que hace el Espíritu a través de nosotros y en los otros, es lo que tenemos que descubrir para saber qué es lo que Dios quiere hacer por medio de nosotros. De ahí el por qué el Papa Francisco insiste, particularmente a nosotros los sacerdotes –pero no se excluye a todos los agentes de pastoral, ni mucho menos a los de vida consagrada– en que debemos ser hombres del Espíritu, capaces de discernir.

El discernimiento ciertamente tiene un objetivo muy preciso para descubrir la voluntad de Dios para mí, o para nosotros como comunidad; pero no sólo eso, el discernimiento es precisamente esa capacidad de descubrir la mano de Dios con nosotros, porque eso es lo que nos va a dar la fortaleza, el entusiasmo ante el fracaso; saber que de los males vienen bienes, y esperarlos.

Cuando hemos hechos las cosas como pensamos que debíamos hacerlas y no tienen un resultado satisfactorio, aun ahí hay que descubrir la mano de Dios, máxime en aquellas otras donde la fecundidad se vuelve evidente, y la alegría asoma rápidamente. Como dicen: al amigo se reconocen en las buenas y en las malas, y a Dios también hay que reconocerlo en las buenas y en las malas.

Las circunstancias siempre son transitorias, por eso siempre hay una nueva oportunidad. Y eso es lo que tiene que levantar siempre la fe y la esperanza de la comunidad de los discípulos de Cristo, nada está perdido. Nada, por más que nos parezca. Pero el Señor va a intervenir solamente a partir de nuestro quehacer, de nuestra actividad, de nuestra generosidad y entrega.

Pidámosle al Señor que, como esta Iglesia naciente, sepamos descubrir la mano de Dios entre nosotros. Pidámosle al Señor que, también con esa convicción, podamos decir yo y mi párroco somos uno; mi párroco, mi comunidad parroquial y el Obispo que nos guía, somos uno; la VII Vicaría y la Arquidiócesis de México somos uno; la Arquidiócesis de México, es una con el Papa Francisco.

Esos es lo que dice Jesús al final: “El Padre y yo, somos uno” (Jn. 10,30), y no crean que lo dijo en un momento en que le estaba yendo muy bien. La interpelación viene porque querían acusarlo y llevarlo a la muerte.

Que el Señor nos ayude, como Iglesia, a ser hombres de Espíritu, de discernimiento, y hacer una comunidad, una comunidad eclesial que descubra que la mano de Dios nos acompaña. ¡Que así sea!

+Carlos Cardenal Aguiar Retes
Arzobispo Primado de México