¿Qué marca a un niño para toda la vida? Así se construyen vínculos que protegen
En México, 6 de cada 10 niñas y niños han vivido violencia que muchas veces se normaliza como parte de la crianza.
En la cocina, Doña Claudia prepara el almuerzo. Quiere que su hijo Ponchito llegue bien al partido de fútbol. De pronto, escucha algo romperse en la sala. Corre, solo para ver que su pequeño Ponchito acaba de romper una reliquia familiar con su pelota.
Sin pensarlo, toma la chancla y sale detrás de él.
Años después, Alfonso —ya adulto— vuelve a correr, ahora en tono de broma, mientras su familia recuerda la escena entre risas. Es una imagen familiar en muchos hogares de América Latina: la chancla como símbolo de disciplina, convertida en chiste, en meme.
Sin embargo, más allá del humor, esta escena refleja algo más profundo. Durante años, distintas voces han advertido que el castigo físico en la crianza suele justificarse como parte de la cultura: “así nos educaron”, “es por su bien”, “forma carácter”. Incluso se minimiza: “no es para tanto”.
Ese tipo de experiencias —que muchas veces se cuentan con risa— son solo un ejemplo. Existen otras mucho más graves que permanecen invisibles o normalizadas.
Y ahí está el problema.

Una violencia que sigue siendo “normal”
En México, 6 de cada 10 niñas y niños han experimentado algún tipo de violencia, y más del 60% ha sido educado con métodos violentos como golpes, gritos o humillaciones. A nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de 400 millones de menores de cinco años sufren castigos físicos o violencia psicológica de forma regular (OMS, 2025).
Además, más de la mitad de niñas y niños entre 1 y 14 años han recibido castigos físicos o agresiones psicológicas dentro de sus hogares (UNICEF, 2024).
Lo más alarmante no es solo la cifra, sino que muchas de estas prácticas siguen siendo vistas como parte natural de la crianza.
“Mi mamá me pegaba porque me quería”, es una de las respuestas más comunes que escucha en consulta la psicóloga especialista en trauma Mariana Beltrán del Río.
El buen trato no es solo “no pegar”
En el marco de la Semana del Buen Trato, durante la conferencia “El buen trato comienza en el vínculo: construir relaciones”, la psicóloga Mariana Beltrán del Río y el doctor César Zavala Peñaflor plantearon la idea de que el buen trato no se define únicamente por la ausencia de violencia, sino por la calidad del vínculo que los adultos construyen con niñas, niños y adolescentes.
Beltrán del Río advirtió que una de las principales dificultades es que muchas formas de violencia han sido integradas a la vida cotidiana sin cuestionamiento.
“Muchas veces aquello que llamamos normal puede estar cargado de violencia, de negligencia”, explica.
De hecho, en México se estima que 63% de los menores de 14 años sufren agresiones físicas o psicológicas como parte de su crianza, lo que evidencia que muchas prácticas violentas siguen siendo vistas como formas de educación (SIPINNA, 2023).
Desde su experiencia clínica, explicó que es común que las personas recuerden prácticas de su infancia —golpes, gritos, humillaciones— como algo “natural” o incluso necesario, sin dimensionar el impacto emocional que estas experiencias dejaron.
En esa misma línea, el doctor Zavala profundizó en que reducir el buen trato a “no gritar” o “no castigar” es quedarse en un nivel superficial del problema. Para él, el buen trato implica una dimensión mucho más profunda, relacionada con la manera en que los adultos reconocen al niño como sujeto.
“El buen trato va a tener una base muy significativa en el vínculo. Implica respeto, sensibilidad emocional y el reconocimiento del niño como persona”.
Esto supone un cambio de enfoque: no se trata solo de corregir conductas, sino de construir relaciones donde el niño sea visto, escuchado y validado, donde sus emociones tengan un lugar y donde el adulto no solo reaccione, sino que sea capaz de responder de manera consciente y respetuosa.
El vínculo que protege
A partir de esta idea, los especialistas insistieron en que el vínculo no es un elemento secundario en la crianza, sino un factor de protección fundamental.
Zavala explicó que cuando un niño crece en un entorno donde se le trata con dignidad, ese trato no solo impacta su bienestar inmediato, sino que se internaliza como una forma de entenderse a sí mismo y de relacionarse con los demás.
“Un niño que se siente valioso se sabe digno de cuidado”.
En otras palabras, el niño aprende —a través de la experiencia cotidiana— qué es lo que merece. Si es escuchado, si sus emociones son tomadas en serio, si sus límites son respetados, desarrollará una base emocional que le permitirá identificar cuándo algo no está bien.
Esto se traduce en habilidades concretas: mayor seguridad emocional, capacidad para poner límites, criterio para reconocer situaciones de riesgo y herramientas para defenderse. No porque alguien se lo haya explicado explícitamente, sino porque lo ha vivido.
Beltrán del Río complementó esta idea señalando que estos vínculos seguros permiten a los niños anticipar el comportamiento del adulto, sentirse protegidos y desarrollar confianza en sí mismos y en los demás. Es decir, el buen trato no solo forma, también previene.
A nivel global, este enfoque cobra aún más relevancia si se considera que la mayoría de los casos de violencia infantil ocurren en entornos cercanos, donde el vínculo debería ser un espacio de protección (OMS, 2025).
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Cuando el niño no es visto
El contraste con un vínculo débil o negligente es profundo. Los especialistas describieron cómo la ausencia de reconocimiento emocional puede marcar de manera significativa el desarrollo de un niño.
“Un niño que no es visto emocionalmente se vuelve invisible”, explicó Zavala.
Esta invisibilidad no es solo simbólica. Se traduce en una desconexión con uno mismo: niños que aprenden que lo que sienten no importa, que sus necesidades no serán atendidas o que expresar emociones no tiene sentido.
A largo plazo, esto puede derivar en baja autoestima, dificultad para reconocer el propio valor, necesidad constante de validación externa y problemas para establecer límites en sus relaciones. En contextos más graves, esta falta de referencia puede hacer que el niño no logre identificar situaciones de abuso o violencia, simplemente porque no tiene con qué compararlas.
La evidencia es clara: el maltrato infantil está asociado con problemas de salud mental, depresión, ansiedad y conductas de riesgo que pueden extenderse hasta la adultez (OMS, 2025).
Beltrán del Río subrayó que muchas veces estas experiencias no se perciben como violencia directa, sino como negligencia: ausencia de escucha, falta de atención, invalidación emocional. Sin embargo, sus efectos pueden ser igual de profundos.
Conductas que no son el problema
Uno de los momentos más reveladores de la conversación fue cuando ambos especialistas cuestionaron la forma en que se interpretan muchas conductas infantiles.
“Muchos de los llamados trastornos de conducta son respuestas de adaptación a entornos difíciles”, señaló Beltrán del Río.
Desde esta perspectiva, comportamientos como la agresividad, la rebeldía o el aislamiento no son necesariamente el problema en sí mismo, sino la forma en que el niño ha encontrado para sobrevivir en un entorno que no le brinda seguridad.
Zavala reforzó esta idea al señalar que el ser humano tiene una enorme capacidad de adaptación, especialmente en la infancia. Frente a contextos de violencia, negligencia o inestabilidad, los niños desarrollan estrategias para poder sostenerse emocionalmente, aunque estas estrategias no siempre sean funcionales a largo plazo.
“Son gritos de auxilio”.
Incluso, diversos estudios advierten que la violencia vivida en la infancia tiende a reproducirse en la adultez, perpetuando ciclos que pasan de una generación a otra (OMS, 2025).
Esta mirada implica un cambio importante: dejar de ver la conducta como algo que hay que corregir de inmediato, para empezar a preguntarse qué hay detrás de ella, qué está tratando de decir ese niño y qué necesita realmente.
El reto es estar presentes
Frente a este panorama, los especialistas fueron claros en que la solución no pasa por buscar una crianza perfecta, sino por construir presencia real en la vida de los niños.
“No se trata de ser padres perfectos, sino de ser padres presentes”.
Zavala explicó que el vínculo se construye en lo cotidiano, en los espacios que ya existen: el trayecto a la escuela, la comida, los momentos antes de dormir. No se trata de generar grandes dinámicas, sino de estar verdaderamente disponibles.
Esto implica mirar, escuchar, validar, interesarse genuinamente por lo que el niño vive. También implica enseñar a nombrar emociones, permitir su expresión y acompañarlas sin juicio.
“El mensaje que le llega al niño es: eres valioso y el tiempo contigo es importante”.
Beltrán del Río añadió que incluso en el conflicto —que es inevitable— se puede sostener el buen trato. La forma en que un adulto maneja el enojo, pone límites o resuelve una diferencia también enseña al niño cómo relacionarse consigo mismo y con los demás.
En ese sentido, el buen trato no es un ideal abstracto, sino una práctica cotidiana que se construye en cada interacción.




