La vocación que se vive en matrimonio: así responden juntos los diáconos permanentes y sus esposas

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La vocación que se vive en matrimonio: así responden juntos los diáconos permanentes y sus esposas

Por siete años compartieron aulas, tareas, desvelos y momentos de discernimiento; y aunque solo ellos recibirán la ordenación, ellas también recorrieron un camino de formación y transformación que fortaleció su matrimonio y los preparó para servir juntos a la Iglesia.

5 agosto, 2026
La vocación que se vive en matrimonio: así responden juntos los diáconos permanentes y sus esposas
Tras siete años de formación, seis matrimonios de la Arquidiócesis Primada de México llegan al momento de la ordenación diaconal, una vocación que ambos han recorrido de la mano. Foto: Luis Aldana/APM-DLF
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Cuando un hombre se postra en el suelo para recibir la ordenación como diácono permanente, pocas personas alcanzan a imaginar el camino que lo condujo hasta ese momento.

El foco es él, quien después de años de preparación, responde al llamado de Dios. Sin embargo, detrás de esa escena hay otra historia que casi siempre permanece en silencio: a unos metros de distancia está su esposa, quien durante siete años recorrió el mismo camino de formación, compartió clases, retiros, tareas, momentos de discernimiento y, sobre todo, permitió que Dios transformara también su matrimonio.

La ordenación la recibe él, pero la vocación, en cambio, la viven juntos. Esa convicción atraviesa las historias de las seis parejas que este año recibirán la ordenación diaconal en la Arquidiócesis Primada de México.

Aunque cada matrimonio llegó por caminos distintos, todos descubrieron que el diaconado permanente no comienza el día de la imposición de manos, sino mucho antes, cuando un matrimonio decide estar al servicio de la Iglesia.

El diaconado permanente no comienza el día de la imposición de manos, sino mucho antes, cuando un matrimonio decide estar al servicio de la Iglesia. Foto: Luis Aldana/APM-DLF

Una nueva etapa en su matrimonio

Para Gerardo García Munguía y Claudia Badajoz, aquella respuesta nunca fue una decisión individual.

“Fue una decisión que tomamos en conjunto”, recuerda Claudia. La noticia despertó ilusión, pero también preguntas sobre la nueva etapa que iniciarían como familia. Con el paso de los años comprendieron que la formación no solo preparaba a Gerardo para ejercer un ministerio, sino que los estaba transformando a ambos.

“Hubo un crecimiento personal muy grande. Pienso en cómo iniciamos, en lo que sentíamos entonces, y veo que hoy somos diferentes”, dijo Claudia.

La experiencia fue similar para Alfonso Montoya Sánchez y María Eugenia Ixtla Romero, quienes llevan 37 años de matrimonio. El llamado llegó después de participar en un retiro para matrimonios, donde Alfonso descubrió una vocación de servicio que poco a poco fue tomando forma.

“Tenía una idea de lo que era el diaconado, pero no conocía todo lo que implicaba”, reconoce. Antes incluso de iniciar el proceso, ambos enfrentaron un desafío inesperado; Alfonso debía concluir sus estudios de preparatoria para cumplir con los requisitos de ingreso.

“Fue todo un reto. Tuve que estudiar mucho, siempre con la ayuda de mi esposa, y eso nos hizo entender que debíamos asumir con mayor responsabilidad nuestra formación”.

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Gerardo García Munguía y Claudia Badajoz. Foto: Luis Aldana/DLF-APM

En otras familias, el primer impulso vino precisamente de la esposa. Cuando Roberto Grande Joiner comenzó a preguntarse si debía responder al llamado, no estaba completamente convencido. Fue entonces cuando Elisa Santana Campos y sus hijos lo animaron a dar el paso.

“Lo animamos como familia. Él veía algunas dificultades, pero nosotros le dijimos que siguiera adelante”, recuerda Elisa.

Con el tiempo descubriría que aquel “sí” también cambiaría profundamente su propia vida. “Los sacerdotes nos decían que las esposas no podíamos quedarnos atrás de ellos. Tomábamos las mismas clases, hacíamos tareas y poco a poco fui enamorándome también de todo lo que aprendíamos”, señala Elisa.

La historia se repite, con distintos matices, en los testimonios de Iván Muñoz Solís y Lilia Gabriela Ríos Paniagua.

Cuando Iván habló por primera vez del diaconado, ninguno de los dos sabía realmente en qué consistía. “Pensé que era hacerse sacerdote”, recuerda Lilia entre sonrisas. “No conocíamos mucho sobre el diaconado permanente”.

Fue el acompañamiento de varios sacerdotes y el proceso de discernimiento lo que les permitió comprender que aquella vocación no los separaría como matrimonio, sino que los invitaría a servir juntos.

“Empezamos a conocer qué era el diaconado y entendimos que era un camino de responsabilidad y compromiso. Entonces dijimos: vamos a iniciarlo”, comparte Elisa.

Más que una preparación para desempeñar un ministerio, aquellas primeras etapas significaron abrir la puerta a una nueva forma de vivir el matrimonio. Todos coinciden en que el primer “sí” no fue el de la ordenación, fue el que pronunciaron, como esposos, cuando decidieron caminar juntos.

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Tomás Bravo del Valle y María del Rocío Blanca Paz Gutiérrez. Foto: Luis Aldana/APM-DLF

Siete años aprendiendo de la mano

Quienes observan desde fuera el diaconado permanente suelen pensar que la formación corresponde únicamente al futuro diácono. Sin embargo, la realidad es distinta porque durante siete años, las esposas también estudian, participan en retiros, realizan tareas, reciben formación espiritual y acompañan el discernimiento de sus esposos.

Ellas no se preparan para recibir la ordenación, pero sí para vivir junto a ellos una vocación matrimonial al servicio de la Iglesia.

Así lo recuerda Elisa Santana Campos, esposa de Roberto Grande Joiner, quien confiesa que regresar a las aulas después de tantos años fue toda una experiencia.

“Tomábamos las mismas clases que ellos. Entregábamos tareas y poco a poco fui disfrutando cada materia. Era una emoción volver a la escuela. Los sacerdotes nos decían que nosotras teníamos que ir a la par, que no podíamos quedarnos atrás”.

Una experiencia diferente vivieron Edmundo Israel Mendoza Sánchez y María Isabel Tecla Ortiz. Cuando recibió la primera invitación para ingresar al diaconado, Edmundo aún no contaba con el certificado de preparatoria, por lo que decidió retomar sus estudios para cumplir con el requisito.

“No tenía yo la preparatoria, entonces tuve que estudiarla. Justo al terminar llegó nuevamente la invitación al diaconado y ahí participamos en esta aventura con el Señor”, recuerda Edmundo.

“Fue un reto. Eso nos hizo entender que teníamos una responsabilidad mayor sobre nuestros conocimientos y sobre el compromiso que estábamos adquiriendo”, reconoce María Eugenia.

Aunque cada matrimonio vivió circunstancias distintas, todos coinciden en que el mayor desafío no estuvo en aprobar materias o presentar exámenes; lo verdaderamente difícil fue aprender a reorganizar la vida cotidiana.

El trabajo, las responsabilidades familiares, el servicio parroquial y las clases obligaron a modificar horarios, posponer reuniones familiares y aprender a administrar mejor el tiempo.

“Lo más complicado fue acomodar los tiempos. Entre el trabajo, el estudio y la familia había que encontrar el equilibrio para seguir viviendo plenamente el matrimonio”, añade Alfonso Montoya.

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Edmundo Israel Mendoza Sánchez y María Isabel Tecla Ortiz. Foto: Luis Aldana/APM-DLF

Gerardo García recuerda que el proceso también significó confrontar muchas ideas que ambos tenían sobre la vida familiar y espiritual.

“Cuando entras al diaconado tienes una idea preconcebida, pero conforme avanza la formación esa idea cambia y también interpela a tu familia. No cambia solamente quien recibe la formación; cambia todo el hogar”.

Sin embargo, aquello que en un principio parecía una exigencia terminó convirtiéndose en una oportunidad para reencontrarse. Después de más de tres décadas de matrimonio, Edmundo Israel Mendoza Sánchez descubrió que aquellas tardes de estudio se transformaron en espacios para volver a disfrutar la compañía de su esposa, María Isabel Tecla Ortiz.

“El Señor nos dio la oportunidad de vivir un nuevo noviazgo“, relata con una sonrisa. “Después de las clases nos íbamos a tomar un café, a comer o simplemente a platicar. Volvimos a salir juntos y a disfrutarnos uno al otro”.

María Isabel coincide en que la formación los ayudó a reencontrarse no solo como esposos, sino también como creyentes. “Fue un crecimiento para nosotros y un encuentro con Dios. Aprendimos a caminar juntos y eso también impactó a nuestra familia. Empezamos a compartir con nuestros hijos lo que íbamos aprendiendo y poco a poco otros familiares comenzaron a acercarse más a la Iglesia”, recuerda.

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Roberto Grande Joiner y Elisa Santana Campos. Foto: Luis Aldana/APM-DLF

Una experiencia semejante vivieron Tomás Bravo del Valle y María del Rocío Blanca Paz Gutiérrez. Mientras muchas personas podrían pensar que dedicar siete años a la formación representa un sacrificio, Tomás fue un regalo.

“Hubo momentos difíciles, sí, especialmente durante la pandemia, pero nunca lo vivimos como una carga. Fue una gracia que Dios nos permitió vivir”.

Para Rocío, el verdadero reto consistió en aprender a equilibrar las responsabilidades del hogar con el estudio. “Había que partirse en dos, comenzando por la casa, las clases y todo lo demás exigían organización, pero al mismo tiempo fue maravilloso porque descubrimos muchas cosas de nosotros mismos”.

Ese proceso también transformó la manera en que ambos se miraban. “Lo más hermoso fue volver a encontrarnos. Es como tener una segunda oportunidad para mirar a la persona con la que decidiste compartir la vida y caminar de una manera distinta, con más gozo”, dice Rocío.

Las palabras de Rocío encuentran eco en el testimonio de Lilia Gabriela Ríos, quien describe el proceso desde una perspectiva profundamente espiritual.

“Así como en el matrimonio nos hacemos uno, el diaconado vuelve a configurarnos en Cristo. Cada uno tiene una misión distinta, pero ambos caminamos hacia el mismo servicio”, explica Lilia.

Más allá de las clases, los apuntes o las tareas, las seis parejas descubrieron que la formación tenía el propósito de renovar su matrimonio.

Sin proponérselo, aquellos siete años los llevaron a dialogar más, a escuchar al otro con mayor atención, a enfrentar juntos las dificultades y a descubrir que la vocación diaconal comienza mucho antes de la ordenación, comienza en el hogar, cuando un esposo y una esposa deciden responder unidos al llamado de Dios.

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Alfonso Montoya Sánchez y María Eugenia Ixtla Romero. Foto: Luis Aldana/DLF-APM

“Ella es mi columna”: el ministerio que también se sostiene en las esposas

Gratitud es una palabra que se repite constantemente entre quienes están a punto de recibir la ordenación diaconal, ya que después de siete años de formación, ninguno de los futuros diáconos habla de su camino como una experiencia individual. Al contrario, todos reconocen que no habrían llegado hasta este momento sin el apoyo de sus esposas.

Para Alfonso Montoya, esa certeza ha estado presente desde mucho antes del diaconado.

“Para mí siempre ha sido una gracia tenerla a mi lado”, dice al hablar de su esposa María Eugenia. “Ella es mi columna, la que me sostiene en los momentos difíciles y mi fortaleza para salir adelante. No encuentro otra explicación, ella ha sido la persona más importante de mi vida”.

Cuando se le pregunta qué le agradecería después de todo este proceso, su respuesta es inmediata: “Su tiempo, su dedicación, su voluntad y, sobre todo, su amor”, dijo Alfonso.

La misma convicción expresa Gerardo García, quien considera que el ministerio diaconal no puede comprenderse sin el papel de la esposa. “Ella es una pieza sumamente importante para que funcione o no el diaconado“, afirma convencido.

Durante la formación comprendió que la respuesta al llamado no dependía únicamente de su disponibilidad, sino también de la de Claudia, quien recorrió el mismo camino a su lado.

“Yo le dije que ella era el otro cincuenta por ciento de la respuesta que yo había dado. No me imagino este caminar ni haber llegado hasta aquí sin ella”.

Claudia, por su parte, reconoce que el proceso también transformó la manera en que veía a su esposo. “He visto un crecimiento en todos los aspectos. Muchas cosas que antes pensaba ahora las ve de otra manera”.

Algo parecido ocurrió con Iván Muñoz y Lilia Gabriela Ríos. Mientras él agradece la paciencia, la organización y el apoyo constante de su esposa, ella insiste en que el servicio nunca puede entenderse como una tarea exclusiva del diácono.

“Nos complementamos. Cada quien tiene una función distinta, pero el servicio es de los dos hacia la comunidad”, explica Lilia

Para Iván, el mayor regalo que recibieron durante estos años fue descubrir el amor de Dios en su vida matrimonial. “Conocer el amor de Dios en Cristo Eucaristía nos fortaleció como matrimonio. Cuando uno se agarra de Cristo, Él te va configurando y te hace mejor persona, mejor esposo y también mejor para los demás”.

Esa transformación también marcó profundamente a Roberto Grande Joiner y Elisa Santana Campos. Él asegura que uno de los mayores regalos que recibió durante este proceso fue descubrir, una vez más, el valor de la mujer con quien ha compartido su vida.

“Descubrí que tengo una mujer maravillosa a mi lado. Sin el abrazo de Jesús nuestro camino habría sido muy diferente”.

Para Elisa, la cercanía de la ordenación despierta una emoción difícil de explicar. “He llorado mucho de alegría. Es una emoción que sale del corazón”, confiesa.

Y cuando intenta describir lo que estos siete años significaron para su matrimonio, encuentra una imagen que resume el sentir de varias de las esposas entrevistadas: “Es como si nos volviéramos a casar“.

La misma idea aparece en el testimonio de María del Rocío Blanca Paz Gutiérrez. Después de 32 años de matrimonio con Tomás Bravo del Valle, asegura que la formación les permitió reencontrarse desde una perspectiva completamente nueva.

“Lo más maravilloso fue encontrarnos entre los dos. Caminar diferente, con gozo”. Tomás coincide con ella, pues “hemos aprendido a caminar juntos y agarrarnos de la mano. El Señor es quien propone los tiempos y los caminos, y nosotros queremos seguir respondiendo unidos”.

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Iván Muñoz Olís y Lilia Gabriela Ríos Paniagua. Foto: Luis Aldana/APM-DLF

En el caso de Edmundo Israel Mendoza Sánchez y María Isabel Tecla Ortiz, el proceso también estuvo marcado por la conversión.

Edmundo reconoce que llegó al diaconado después de haber estado alejado de Dios durante muchos años. “Fue ese encuentro con Él el que hizo que ya no quisiera soltarme nunca más”, comparte.

Por ello, cuando piensa en todo lo vivido durante estos siete años, lo primero que agradece es la paciencia de su esposa. “Su amor, su ternura, su perseverancia… y que hasta la fecha me sigue demostrando ese cariño”, dice entre sonrisas.

María Isabel responde con la misma sencillez. “El camino no es sencillo. Hay momentos en los que uno piensa en bajarse del barco, pero cuando los esposos caminan tomados de la mano, esos obstáculos se pueden superar”.

Quizá por eso, cuando se les pregunta qué esperan transmitir a sus hijos y a sus comunidades, las respuestas dejan de hablar únicamente del diaconado, ellos hablan del matrimonio, de la familia y de la certeza de que, aun en medio de las dificultades, caminar con Cristo hace toda la diferencia.

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Autor

Periodista con más de 20 años de trayectoria, titulada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. A lo largo de su carrera ha colaborado en reconocidos medios nacionales como Milenio, El Universal, Revista Alto Nivel, entre otros. Su trabajo se ha enfocado en temas sociales, culturales y de interés humano.