19 de enero: la Iglesia recuerda a los santos Mario, Marta, Audifax y Habacuc, mártires
Conoce la historia de los santos Mario, Marta, Audifax y Habacuc, una familia cristiana martirizada en Roma por asistir a los perseguidos y confesar su fe en Cristo.
La historia de la Iglesia primitiva está marcada por familias enteras que dieron testimonio de su fe hasta las últimas consecuencias. Entre ellas se encuentra la de los santos Mario, Marta, Audifax y Habacuc, que, movidos por el amor a Cristo y a sus hermanos perseguidos, selló su fidelidad con el martirio.
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¿Quiénes fueron Mario, Marta, Audifax y Habacuc?
En tiempos del emperador Claudio, una familia cristiana y profundamente devota, de origen persa, llegó a Roma con el propósito de visitar los santuarios y reliquias de la ciudad, especialmente los de los apóstoles san Pedro y san Pablo. Estaba compuesta por Mario, el padre; Marta, su esposa; y sus dos hijos, Audifax y Habacuc.
Una vez cumplida su peregrinación, no regresaron de inmediato a su tierra, sino que se dedicaron a consolar y asistir a los cristianos encarcelados, quienes sufrían crueles tormentos a causa de su fe. Los fortalecían con palabras de aliento, sostenían sus necesidades con limosnas y, cuando alguno moría, lo sepultaban con devoción y ternura.
Cuenta la tradición que incluso recogían el agua con la que habían lavado los pies de los cristianos perseguidos y la derramaban sobre sí como bendición, por haber tocado los pies de quienes padecían por Cristo.
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Martirio
Las autoridades no tardaron en enterarse de estas acciones. El emperador Claudio mandó apresarlos e intentó persuadirlos para que renunciaran a su fe y adoraran a los dioses paganos. Ante su firme negativa, los entregó a Musciano, uno de sus tenientes, con la orden de someterlos a tormento y darles muerte.
La crueldad fue extrema. Mario y sus hijos fueron desnudados y azotados con varas delante de Marta. Después, los ataron al potro, los quemaron con antorchas encendidas en los costados y desgarraron sus cuerpos con peines de hierro. A pesar del dolor, la familia alababa a Dios con alegría, agradeciendo poder padecer por amor a Cristo.
Marta, fortalecida por la fe, animaba a sus hijos diciendo:
“Estad fuertes, hijos míos”.
Más tarde, les cortaron las manos y se las colgaron al cuello, llevándolos por la ciudad mientras se proclamaba: “No blasfeméis a los dioses”. A lo que ellos respondían con valentía:
“No son dioses los que vosotros adoráis, sino demonios que os engañan”.
Marta los seguía, recogiendo la sangre de su esposo e hijos, con la que ungía su cabeza, manifestando un profundo gozo espiritual.
Finalmente, fueron sacados de la ciudad, decapitados en un arenal y sus cuerpos quemados para impedir que los cristianos los veneraran. Marta fue arrojada a un pozo, donde entregó su vida.
Una mujer cristiana llamada Felícitas recogió los restos que pudieron rescatarse y les dio sepultura en una de sus propiedades, junto con el cuerpo de Marta, el 19 de enero del año 270. Tiempo después, sus reliquias fueron trasladadas a la Iglesia de San Adriano mártir, junto a otros cuerpos de mártires cristianos.
El testimonio de los santos Mario, Marta, Audifax y Abacuc nos recuerda que la fe no es solo una experiencia personal, sino una entrega total que transforma a la familia en una verdadera Iglesia doméstica. Su historia sigue resonando como un llamado a vivir el Evangelio con valentía, amor y fidelidad, incluso en medio de la persecución.


