10 de febrero: Celebramos a San José Sánchez del Río, ‘san Joselito’
San José Sánchez del Río fue un joven mártir mexicano de 14 años que murió durante la Guerra Cristera. Conoce su historia, su gran legado y la razón por la que fue elevado a los altares.
El 10 de febrero la Iglesia celebra la memoria de San José Sánchez del Río, un joven mexicano que, con apenas 14 años de edad, entregó su vida como testigo valiente de la fe católica durante la persecución religiosa conocida como la Guerra Cristera (1926-1929). Su historia, martirio y santidad constituyen uno de los testimonios más conmovedores de fidelidad a Cristo en el México del siglo XX.
Después de San Felipe de Jesús, primer santo de América y primer mártir mexicano, que fue sacrificado en Japón en una cruz debido a su fe, san José Sánchez del Río es el más difundido en México, debido al martirio que sufrió de manos de sus captores y durante el cual no cesó de gritar: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!“.
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¿Qué podemos aprender de san José Sánchez del Río?
¿Quién fue san José Sánchez del Río?
José Sánchez del Río nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, Michoacán, en el seno de una familia profundamente católica, encabezada por sus padres Macario Sánchez y María del Río, por lo que desde pequeño mostró un ardiente amor por la fe y un carácter valiente y generoso. En la iglesia parroquial de su pueblo, recibió el bautismo el 3 de abril del mismo año, y allí recibió los sacramentos de confirmación y comunión años después.
En su casa, san Joselito, conoció la pobreza y el trabajo desde una temprana edad, pero sobre todo, creció rodeado de unidad familiar y de los valores cristianos que dan sentido a la vida: la fe, la caridad hacia propios y extraños, concretados en una piedad sólida que le transmitieron sus padres.
De acuerdo con el perfil que tiene la Arquidiócesis de Morelia, desde que hizo su Primera Comunión, José Sánchez del Río tomó la decisión de cultivar una amistad sincera y fiel con Jesús, misma que mantuvo con valentía hasta el momento en que murió. Fue a la escuela y se integró a la ACJM (Acción Católica de la Juventud Mexicana) y, como sabía montar y recorrer largas distancias, posteriormente se afilió a la de Guadalajara.
El llamado para participar en la Guerra Cristera
El joven santo mexicano nació y creció en el período de la Revolución Mexicana, una época muy difícil para las familias, los pueblos y ciudades de todo el país, por los episodios de violencia constante que se desarrollaban entre las diversas bandas de revolucionarios y las fuerzas del Gobierno federal que se disputaban el poder.
En 1926, cuando estalló la Guerra Cristera en respuesta a las severas políticas anticlericales del gobierno del presidente Plutarco Elías Calles —que suprimieron el culto público, cerraron templos y persiguieron a sacerdotes y fieles— José, de 12 años, sintió el llamado para apoyar la causa de Cristo Rey y sumarse al alzamiento de campesinos creyentes y jóvenes de la Acción Católica que lucharon en defensa de sus más sagrados derechos contra las que llaman “leyes injustas del gobierno federal”.
La región donde él vivía era cien por cien cristera y, desde el inicio del alzamiento, los hombres y mujeres del occidente de Michoacán se distinguieron por su defensa valiente de la fe y de los derechos sagrados de Cristo. Ahí escuchaba los relatos que contaban los mayores sobre sus hazañas en el campo contra los perseguidores de Cristo, por lo que él también soñaba en irse con ellos para defender los derechos de Cristo Rey en su patria, tal y como lo hicieron sus hermanos. Sin embargo, debido a su corta edad, sus papás no se lo permitieron.
El ingreso de san José Sánchez del Río a las fuerzas cristeras
José no se desanimó ante la negativa de sus padres, y tanto insistió que, después de escribir varias veces al general de las tropas cristeras, con apenas 13 años logró que le permitieran enrolarse en las fuerzas cristeras que luchaban al mando del general Prudencio Mendoza, jefe de los cristeros de la zona de Cotija y sus alrededores.
Así, se enlistó en las fuerzas cristeras, no como combatiente, sino realizando tareas de apoyo logístico y, sobre todo, portando la bandera de los rebeldes. Su participación fue inspirada por el deseo de defender la libertad religiosa y el derecho de los católicos a vivir su fe sin coerción.
José fue muy apreciado en la tropa cristera porque desde que llegó se distinguió por su servicialidad. Se le veía por todos lados del campamento, engrasando las armas, friendo los frijoles de la comida, cuidando que a los caballos no les faltara agua y pastura.
Aprehensión y martirio de san José Sánchez del Río
El 5 de febrero de 1928, durante un combate entre los cristeros y fuerzas federales en las inmediaciones de Cotija, el caballo del jefe Guízar Morfín resultó muerto de un balazo. Ante ello, José, el valiente niño cristero de 14 años, bajó de su montura y se la ofreció a su líder a quien le dijo:
“Mi general, aquí está mi caballo. Sálvese usted aunque a mí me maten. Yo no hago falta y usted sí”.
Debido a ello, José fue capturado y hecho prisionero por los soldados. Al igual que a otros cristeros detenidos, los condujeron maniatados a Cotija, en donde se encontraba el general callista Guerrero, quien lo reprendió por combatir contra el Gobierno. Ante ello, Joselito le replicó:
“Me han aprehendido porque se me acabó el parque, pero no me he rendido”.
Los soldados intentaron forzarlo a renegar de su fe bajo tortura, por lo que durante días fue sometido a vejaciones físicas con el propósito de quebrantar su fidelidad a Cristo. Sin embargo, José permaneció firme, recordando a las autoridades que prefería la muerte antes que negar a su Señor.
El niño cristero fue encerrado en la parroquia de Cotija, que era custodiada por su padrino Rafael Picasso, y que el ejército convirtió en corral. José, indignado, mató a los animales reprochándoles que las iglesias eran casas de oración.
Las últimas cartas de san José Sánchez del Río
Desde prisión, José Sánchez del Río escribió una carta a su madre en la que decía:
“Querida mamá:
“Fui hecho prisionero en combate este día. Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero no importa. Mamá, resígnate a la voluntad de Dios. No te preocupes por mi muerte, que es lo que me mortifica. Diles a mis hermanos que sigan el ejemplo que les dejó su hermano el más chico. Y tú haz la voluntad de Dios. Ten valor y mándame tu bendición juntamente con la de mi padre. Saluda a todos por última vez, y tu recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte, antes de morir, desea.”
José se enteró de los esfuerzos que hacía su familia para liberarlo y pidió que no pagaran por su rescate ni un solo centavo, pues ya había tomado su decisión de morir antes que traicionar en lo más mínimo a Cristo Rey. El niño cristero escribió su última carta el 10 de febrero de 1928 y la dirigió a una de sus tías:
“Querida tía:
“Estoy sentenciado a muerte. A las ocho y media de la noche llegará el momento que tanto he deseado. Te doy las gracias por todos los favores que me hiciste tú y Magdalena. Dile a Magdalena que conseguí que me permitieran verla por última vez y creo que no se negará a venir (para que le llevase la Sagrada Comunión), antes del martirio. Salúdame a todos y tú recibe como siempre y por último el corazón de tu sobrino que mucho te quiere… Cristo vive, Cristo reina, Cristo impera y Santa María de Guadalupe“.
El fusilamiento de san José Sánchez del Río
“El viernes 10 de febrero de 1928, cerca de las 6 de la tarde, sacaron al valiente niño cristero del templo convertido en prisión y lo trasladaron al cuartel. Al acercarse la hora de su sacrificio, los soldados del gobierno le comenzaron a desollar los pies con un cuchillo, pensando que José se ablandaría con el tormento y terminaría pidiendo clemencia a gritos, pero se equivocaron. Al sentir los tremendos dolores en su propio cuerpo, José pensaba en Cristo en la cruz y se lo ofrecía todo mientras gritaba ¡Viva Cristo Rey!”, relata el presbítero Rubén Olguín Guerrero en el perfil de la Arquidiócesis de Morelia.
“Los soldados”, continúa el sacerdote, “lo sacaron a golpes e insultos del cuartel y le obligaron a caminar descalzo con sus pies heridos por las calles empedradas rumbo al cementerio. Su martirio llevaba ya algunas horas, pues pasaban las 11 de la noche cuando llegaron al campo santo. Los verdugos aún querían hacerlo apostatar de su fe aplicándole esos bárbaros tormentos, pero no lo lograron”.
De acuerdo con los relatos retomados por el padre Olguín Guerrero, “llegados al cementerio, José se paró al borde de su propia fosa mientras seguía vitoreando a Cristo Rey. Los verdugos acribillaron su cuerpo maltratado a puñaladas, hasta que el capitán de la escolta decidió acabar con todo y disparó con su fusil a la cabeza del mártir, que ya se encontraba derrumbado en la fosa. Sus últimas palabras fueron: ‘¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!’”.
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Proceso de beatificación y canonización
La Iglesia Católica reconoció oficialmente el testimonio de fe de José Sánchez del Río como mártir “in odium fidei” (por odio a la fe), por lo que su causa de santidad inició formalmente el 1 de mayo de 1996 con la apertura del proceso diocesano en Zamora, Michoacán, y la declaración de Siervo de Dios. La entonces Congregación, ahora Dicasterio, para las Causas de los Santos de la Santa Sede ratificó el proceso y, el 22 de junio de 2004, el Papa Juan Pablo II aprobó la proclamación de su martirio.
El 20 de noviembre de 2005, san Joselito fue beatificado por el cardenal José Saraiva Martins en Guadalajara, Jalisco, por mandato del Papa Benedicto XVI, dentro de un grupo de mártires cristeros.
Posteriormente, el 21 de enero de 2016, el Papa Francisco aprobó un milagro atribuido a su intercesión: la inexplicable recuperación de una bebé en Sahuayo que había estado en riesgo de muerte. Este milagro allanó el camino para su canonización, que se celebró el 16 de octubre de 2016 en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, junto a la de otros beatos.
La memoria litúrgica de San José Sánchez del Río se celebra en la Iglesia universal el 10 de febrero, en conmemoración de su martirio. En México, la Conferencia Episcopal Mexicana y el Dicasterio para la Doctrina de la Fe han autorizado esta fecha como memoria libre de su santo testimonio.
El legado de un santo joven
San José Sánchez del Río representa un modelo de valor, fidelidad y entrega total a Cristo Rey. Su joven edad no fue obstáculo para ofrecerlo todo por su Señor, mostrando que la santidad es un llamado que no entiende de límites ni edades.
Su figura trascendió México y es especialmente invocado como patrono de la juventud, de los cristianos perseguidos y de quienes buscan mantenerse firmes en la fe en medio de las adversidades. En su ciudad natal, Sahuayo, su memoria se celebra con procesiones, peregrinaciones y misas, convirtiéndose en lugar de peregrinación y devoción para muchos fieles.
La historia de san José Sánchez del Río no solo rememora una tragedia histórica, sino que nos invita a contemplar el rostro vivo de la fe que, aun en medio de persecuciones, proclama sin miedo: “¡Viva Cristo Rey!”. Su testimonio continúa siendo luz y aliento para toda la Iglesia, recordándonos que la fidelidad a Cristo es la mayor heroicidad que puede existir.
De san José Sánchez del Río podemos recordar una bella frase que le dijo a su madre: “Nunca había sido tan fácil ganarse el cielo“.
** Esta nota se actualizó el 4 de febrero de 2026.



