La importancia de cuidar y acompañar una vocación sacerdotal
La vocación sacerdotal es tan delicada como una llama de fuego, que puede expandirse o apagarse por un buen o mal testimonio.
A veces una vocación comienza con algo muy sencillo: un joven que mira a su párroco celebrar con fe, que escucha una palabra que le toca el corazón, o que encuentra en su comunidad un testimonio creíble de entrega. Ahí, en lo cotidiano, Dios sigue llamando.
Pero también es necesario advertirlo desde el inicio: así como una vocación puede nacer y fortalecerse gracias a un buen testimonio, también puede debilitarse o apagarse cuando encuentra incoherencias, indiferencia o escándalo. Por tanto, el cuidado de las vocaciones exige responsabilidad, cercanía y autenticidad.
Toda vocación en la Iglesia (a la vida laical, a la vida consagrada y al ministerio ordenado) es una gracia para la edificación del Cuerpo místico de Cristo y es inmensamente valiosa. De ahí que san Juan Pablo II escribió que: “La dimensión vocacional es esencial y connatural a la pastoral de la Iglesia” (PDV 34).
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Si bien la vocación sacerdotal es un diálogo entre la libertad divina y la libertad humana, también es cierto que la intervención libre y gratuita de Dios que llama es absolutamente prioritaria, anterior y decisiva. Es suya la iniciativa de llamar (PDV 36) y por lo tanto, esta decisión libre y soberana de Dios, exige un respeto absoluto y nunca podrá ser forzada por ninguna decisión humana. En consecuencia, la vocación sacerdotal “[…] es un don de la gracia y no un derecho del hombre” (PDV 36).
Ahora bien, la Iglesia, llamada por Dios y constituida en el mundo como comunidad de llamados, es a su vez el instrumento de la llamada divina. Por ello Dios le ha confiado el discernimiento sobre la autenticidad del llamado al ministerio ordenado, verificando la rectitud de intención y la idoneidad de los candidatos. La Iglesia cumple esta responsabilidad, principalmente a través de las siguientes acciones:
a) El acompañamiento a los jóvenes que manifiestan alguna inquietud por el sacerdocio y el discernimiento sobre su posible llamado.
b) El cuidado, la formación y el acompañamiento de los candidatos al sacerdocio en los seminarios y casas de formación religiosa, acción en la que participa, de manera diversificada, toda la comunidad eclesial.
c) El discernimiento sobre la idoneidad de los candidatos en las distintas etapas de su formación.
d) La dirección espiritual.
e) El reconocimiento oficial de una llamada divina mediante el llamado eclesial a la ordenación sagrada.
¿Quién debe cuidar la vocación al sacerdocio?
La vocación sacerdotal y todas las vocaciones en la Iglesia requieren de un atento cuidado y desarrollo, en un dinamismo continuo de respuesta libre y personal a la gracia. Este cuidado concierne a toda la Iglesia, comenzando por quien ha sido llamado. La vocación nace en la Iglesia; se desarrolla en la Iglesia y es sostenida por la Iglesia durante toda su evolución.
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Por ello, en la promoción, cuidado y acompañamiento de los futuros sacerdotes, tienen un papel fundamental, las familias de los seminaristas, las comunidades parroquiales de origen, las comunidades de apostolado, la vida consagrada, los formadores del seminario, los profesores, los especialistas auxiliares en la formación, y por supuesto, el obispo y el presbiterio diocesano.
Ahora bien, aunque corresponde a toda la comunidad eclesial el cuidado de las nuevas vocaciones al sacerdocio, los obispos y sacerdotes tenemos una responsabilidad especial al respecto.
Se trata de un asunto de vital importancia que ha de movilizar las fibras sacerdotales más profundas y traducirse en actitudes concretas que expresen la preocupación y ocupación por las vocaciones, de las cuales depende, en cierto modo, el futuro de la Iglesia y de cada diócesis.
Por eso, una dimensión constitutiva de la caridad pastoral del sacerdote, de su amor a la Iglesia y a su diócesis, es el cuidado de los futuros sacerdotes.
Son diversas las formas en que los obispos y sacerdotes podemos y debemos cuidar las vocaciones, pero sin duda, la oración, el apoyo y el testimonio resultan fundamentales e insustituibles.
Muchas veces Dios se vale del testimonio de los sacerdotes para ayudar a los jóvenes a descubrir su llamado a consagrarse a él en el servicio a sus hermanos.
De hecho, la promoción vocacional sacerdotal no consiste principalmente en estrategias, técnicas, y mucho menos en proselitismo. Puesto que la vocación la da Dios, se requiere de oración, pero también del testimonio de los sacerdotes, pues cuando un joven descubre a un sacerdote que está viviendo con fidelidad, amor, alegría y generosidad su ministerio, encarnando vivamente el rostro de Cristo Buen Pastor, Dios puede valerse de ello para inspirar y ayudar a los jóvenes a descubrir su posible llamado al sacerdocio.
Por eso, la mejor promoción vocacional es el testimonio vivo, encarnado en rostros concretos, de una vida sacerdotal íntegra, generosa, gozosa y fecunda.
La importancia de dar buen testimonio
Pero conviene advertir que así como el buen testimonio puede iluminar el camino de quienes están en discernimiento, el antitestimonio y los escándalos pueden ser una trágica piedra de tropiezo y causar una profunda herida. No solo debilitan la confianza, sino que pueden sembrar confusión, desaliento e incluso provocar el abandono del camino vocacional.
Así, pues, no basta con hablar de vocaciones: es necesario cuidar el ambiente en el que pueden surgir y crecer. Cada incoherencia, cada descuido en nuestra vida sacerdotal, tiene un impacto real en quienes nos miran buscando una referencia. Por el contrario, cada gesto de fidelidad, cada acto de entrega silenciosa, puede convertirse en una semilla que Dios haga fructificar.
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El impulso, promoción y acompañamiento de las vocaciones al sacerdocio, implica también, para los obispos y sacerdotes, el compromiso con nuestro seminario diocesano, el cual constituye el corazón de la Iglesia particular, pues es en él está la semilla y la promesa de nuevos pastores que compartirán la misma consagración sacramental y la misma misión de quienes ya somos sacerdotes.
El amor y apoyo a nuestro seminario, se expresan en la oración por los seminaristas y por los formadores, en el conocimiento de los seminaristas, de los formadores y de los proyectos formativos, en el buen acompañamiento de los seminaristas en sus experiencias apostólicas, en el respeto y el respaldo a los proyectos y las líneas formativas del seminario.
Por último, me gustaría invitarme e invitar a cada sacerdote del presbiterio de la Arquidiócesis de México a preguntarnos con sinceridad a quiénes, en concreto, hemos inspirado, acompañado y apoyado en su camino hacia el sacerdocio ministerial.

