Opinión

Más allá de la crisis vocacional

En la continuidad del hoy en día, hablar de una crisis de vocaciones debido al número de éstas, parece un referente erróneo. Sin embargo, es cierto que hay una crisis, y con ello una consistencia de ésta, al contenido, al fondo, al modo de expresarse y mostrarse. Pero también la referencia a las características del sujeto que se dispone a vivir tal o cual vocación. Es un asunto más cualitativo que cuantitativo.

Se reconoce, que la disminución en números tiene su impacto, pero no es únicamente eso, como el de la crisis de la vocación.

En la actualidad los jóvenes siempre están buscando, en esta búsqueda sienten “inquietud” por conocer qué es la vida religiosa o vida consagrada. No obstante, los concernientes de otros estados de vida suelen ser más accesibles a su conocimiento que éste. Esa necesidad de búsqueda, se refleja en la investigación, en las redes sociales y la internet, originando un fenómeno de la necesidad de encontrar lo que se busca.

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Con eso se clasifica que el verbo buscar es propio del ser humano, y en sus búsquedas va tratando de hacer conscientes sus deseos y alcances sociales. El hombre desea, siempre y seguirá deseando. Dicha búsqueda tiene que ver con elegir cómo, cuándo y dónde realizará estos deseos.

Por consiguiente, la llamada vocacional queda encuadrada, en la búsqueda de respuestas a las cuestiones de la propia existencia humana. Por eso se expresa que siempre hay jóvenes buscando el llamado de Dios, de algo trascendente, que los haga experimentar el sentido de su propia vida, para planificar ésta.

Ante la gran oferta de estados de vida y profesionalismo en la vida de los jóvenes, es necesario saber acompañar la inquietud vocacional, con cuestiones como: ¿Quién soy? ¿qué quiero? ¿a dónde voy y a qué?, con la finalidad de encarnar el sentido de plenitud en el hombre, sin importar la complejidad que existe en el posmodernismo.

Cabe expresar que en los últimos años el número de jóvenes preguntándose está en aumento, pero el número de jóvenes eligiendo está disminuyendo. Y con esto se atestigua que la crisis de vocaciones no es el número, sino que va más allá, es decir una crisis en el joven (cuestiones existenciales de su persona); la cual desde la propia conciencia a desarrollarse tal elección que permita un vínculo con la realidad exterior y la realidad elegida.

La Crisis de vocación en el joven también se sitúa en la dificultad de elegir en las aparentes opciones. Pues cada hombre siempre quiere hacer una buena elección, pero en este tiempo, la elección se ha convertido en un desafío el cual presenta la necesidad de certeza y verdad y el miedo a la renuncia, porque existe el pánico a equivocarse y en tal época se ha sembrado en el inconsciente del joven que no es permitido perder el tiempo.

Elegir implica renunciar, y renunciar suena hoy muy mal. Elegir esto y no aquello parece poner a temblar a los jóvenes. Escuchar detrás de sí que la puerta que se ha cruzado se cierra, parece un sonido terrorífico. Ante este pánico suele ponerse el píe detrás, para que la puerta no se cierre, pero con ello se queda muy limitado para avanzar.

Es por eso que frente a las realidades liquidas sociales, que abruman al joven contemporáneo es necesario que el cristianismo muestre en su esencia la consistencia y firmeza fundamental, para mantener a la vocación, auxiliándose de una espiritualidad sólida, capaz de acompañar el discernimiento del joven.

Todo esto porque el hombre joven, se deja impactar por lo que observa, lo que escucha, lo que siente y lo que lo rodea. Por lo tanto, exige que lo que observa, escucha y siente coincida con lo que encuentra en los discursos y acciones de la labor social y eclesiástica; pues en todas las realidades, la coherencia es un signo claro de firmeza que consolida cualquier estructura.

Además, es urgente reflexionar sobre la solidez de la vocación y el ejercicio de escuchar; la vocación no solo se oye, sino que se escucha en lo profundo, manifestando el ejemplo de la congruencia de las acciones.

De ahí, que es este nuevo siglo no se ha de avanzar con máquinas súper rápidas conquistando cimas y proyectos con pasos agigantados; sino que es un tiempo en que hay que caminar a pie pero con paso firme, preparando las sandalias para caminar grandes kilómetros vocacionales, y en silencio ha de crecer la vocación, en grupos pequeños, pero llevando siempre en alto la bandera de Jesús, que sostendrá toda vocación.

Es el siglo de librar a la pastoral vocacional del miedo a los números y al sueño de la gloria mundana manifestada en las grandes masas humanas. Pues es lo más peligroso, creer que la crisis vocacional permea en los números, y eso puede conducir a fabricar vocaciones que no son sustentables para un desarrollo eclesiástico y conducir a algo catastrófico para la vocación y para la Iglesia.

Por lo tanto, reconocer la crisis de vocación, no tiene que desanimar el ímpetu por trabajar por ellas, sino motivar a orar, reflexionar y actuar confiados en Dios, pero haciendo conciencia del desafío, creando una fortaleza en una eclesialidad que sea capaz de aguardar la esencia de la vocación como algo sagrado. Actualmente es el tiempo de mirar el campo, recoger el trigo compartirlo y tirar al fuego la cizaña.

*José Vázquez Domínguez es diácono transitorio de la Arquidiócesis Primada de México.