El Buen Samaritano del siglo XXI
Hacerse prójimo, como sugería la agudeza de San Agustín, es un acto de voluntad que debe encarnarse en la estructura social
Coordinador del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano de la Ciudad de México (C5 CDMX).
El camino a Jericó no es una ruta polvorienta en la memoria del siglo I, sino la banqueta pisada cada mañana, el pasillo del hospital público o la habitación silenciosa del vecino cuya puerta no se ha abierto en días, donde la fragilidad del prójimo obliga a frenar el paso y subvertir la inmediatez.
Al convocar a la 34 Jornada Mundial del Enfermo, el Papa León XIV —continuando el legado de sus predecesores en el cuidado de la vida— lanza un imperativo que es a la vez político y espiritual: la salud no es asunto privado de gestión individual, sino el termómetro definitivo de nuestra calidad como comunidad.
Los datos de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM) revelan una geografía del dolor que no podemos ignorar: con prevalencias críticas en hipertensión, diabetes y artritis, la población mayor vive en un equilibrio precario. La soledad se ha consolidado como epidemia silenciosa.
Es aquí donde la disposición ética surgida de la figura del Buen Samaritano enseña que la moral identifica a quién necesita ayuda y convierte la existencia en plataforma de soporte para otras personas.
Aunque no es suficiente con la buena voluntad; se necesita una estructura de salvación que combine la vigilancia fraterna del barrio con la sofisticación del servicio público. La caridad, para ser sustancial, debe ser también organizada.
En este sentido, la integración de la tecnología y la política pública se vuelve un acto de misericordia técnica. Herramientas como la Telemedicina del C5 en la Ciudad de México —canalizada desde la línea de emergencias 9-1-1— demuestran que es posible utilizar el ingenio humano para priorizar la urgencia real y brindar certeza en el momento de mayor vulnerabilidad.
La implementación del Sistema Público de Cuidados representa un avance sustancial en la justicia social, pues reconoce que el cuidado es un derecho y una responsabilidad compartida entre el Estado, el mercado y la sociedad civil. Al redistribuir estas cargas y profesionalizar la labor, la comunidad no solo protege al enfermo, sino que sana el tejido de relaciones que permite la vida en común.
Hacerse prójimo, como sugería la agudeza de San Agustín, es un acto de voluntad que debe encarnarse en la estructura social. La compasión adquiere su dimensión más creativa y novedosa cuando las parroquias, los centros comunitarios y las instituciones gubernamentales dejan de trabajar como islas para formar una red de cuidados integral. No se trata solo de curar una patología, sino de restaurar la dignidad de la persona.
La Jornada Mundial del Enfermo es oportunidad para recordar que la comunidad organizada conoce sus recursos y actúa desde la corresponsabilidad para diluir el miedo al sufrimiento en la certeza del acompañamiento.
En el siglo XXI, el aceite y el vino del samaritano son las políticas de cuidado, la llamada telefónica a tiempo y la disposición institucional para que nadie atraviese su propio Jericó en soledad.

