El día en que Benedicto XVI se comparó con un bufón

En 1989 el cardenal Ratzinger recibió la distinción que lleva el nombre del bufón Karl Valentin, y en su discurso dijo algo sorprendente.
Benedicto XVI sonriendo / Foto: Especial
Benedicto XVI / Foto: Especial

Pocas personas conocen la anécdota de cuando Benedicto XVI se comparó con un bufón. Esta es la historia.

Recientemente se publicó en castellano el libro “Nada más que la verdad, mi vida junto a Benedicto XVI”, escrito por monseñor Georg Gänswein, quien fue su secretario particular; y en esta publicación cuentan muchísimas anécdotas del Papa Emérito y su relación con otros personajes del Vaticano.

La publicación dice que Benedicto XVI tenía muy buen humor, y que siempre acudía alegre todos los viernes a las reuniones de trabajo que tenía con otros integrantes de la Congregación para la Doctrina de la fe.

Comenta que el lema episcopal del Papa era “Colaboradores de la verdad”, frase que siempre estuvo presente en su ministerio, y el 4 de enero de 1989, siendo ya cardenal, recibió en Munich la distinción que lleva el nombre del comediante Karl Valentin, y en su discurso de aceptación dijo:

“En las cortes de los antiguos potentados, el bufón era a menudo el único que podía permitirse el lujo de la verdad, y como por mi ocupación tengo que decir la verdad, estoy muy feliz de que acabo de ser aceptado en la categoría de aquellos que disfrutan de ese privilegio.”

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Bufones y el privilegio de decir la verdad

En efecto, los bufones medievales tenían el privilegio de decir la verdad, e incluso, ironizar sobre algunos personajes de autoridad, pues ellos cumplían la función social de hacer tomar conciencia al rey y a la corte de algunos temas que podían ser espinosos, cuestionando las leyes o hasta las palabras de rey.

Los bufones, en la Grecia clásica, alternaban en las funciones de teatro donde se montaban obras de Aristófanes, Sófocles o Eurípides.

Ya para el Siglo V se mezclaban con los juglares, y en su vocación de decir la verdad, a veces recurrían a un títere o patiño, al cual dirigían sus parlamentos, para que nadie en particular se sintiera aludido por sus parlamentos.

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