La voz del Obispo
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Todos los bautizados somos sacerdotes con Cristo sacerdote

Los bautizados participamos de su sacerdocio, cada uno según nuestra vocación específica.
El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, participan a su manera del único sacerdocio de Cristo. Foto: Exe Lobaiza/Cathopic.
El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, participan a su manera del único sacerdocio de Cristo. Foto: Exe Lobaiza/Cathopic.

Participa cada lunes a las 21:00 horas (tiempo del centro de México) en La Voz del Obispo en Facebook Live.  Este lunes podrás conversar con el autor de este texto, Mons. Daniel Rivera, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México. 

 

El Concilio Vaticano II, recogiendo las enseñanzas de la Iglesia Católica, afirma en la Constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium) que: “Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, de su nuevo pueblo ‘hizo… un reino y sacerdotes para Dios, su Padre’ (Ap 1,6; cf. 5,9-10).

Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2,4-10)”.

Esto significa que todos aquellos que hemos sido bautizados, somos sacerdotes con Cristo Sacerdote, puesto que todos participamos de su sacerdocio, cada uno según su vocación específica.

Por sacerdocio -en el lenguaje común-, solemos entender el ejercicio del ministerio de los obispos, presbíteros y diáconos, y en un sentido es correcto, pero en el contexto de la afirmación de la Lumen Gentium, se refiere ante todo a una actitud interior que marca el modo personal de vivir la propia vida, y que responde al modo como Jesucristo, el Señor, se vivió a sí mismo.

El sacerdote es mediador entre Dios y la humanidad. Entiende la realidad que vive el Pueblo de Dios e intercede por él ante Dios, ofrece sacrificios de expiación por las propias culpas y las ajenas, o de alabanza y de gratitud hacia Dios.

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La Iglesia reconoce a Jesucristo como nuestro Sumo y Eterno Sacerdote, pues desde el momento de su encarnación y hasta su muerte en cruz, vivió ofreciéndose a Dios por la salvación nuestra.

Siguiendo su ejemplo, todos nosotros -independientemente de nuestro género de vida, de nuestro ámbito cultural, de nuestra condición social o de nuestras opciones profesionales y/o vocacionales-, estamos llamados a vivir nuestra vida, con la misma actitud con la cual Cristo vivió la suya.

Asociados a su misión salvadora, tú como laico, en el ámbito de tu casa, de tu trabajo, de tu relación con las personas que te rodean y de las actividades que realizas en la sociedad, puedes vivir en una actitud oblativa, haciendo de tu vida, junto con Jesús y como Él, un verdadero sacrificio de expiación y de alabanza. Yo, como obispo, en el modo de vivir mi vida cotidiana y en las actividades propias de mi ministerio pastoral, vivo también el sacerdocio de Cristo, del cual participo.

En efecto, dice la Lumen Gentium, “el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo”.

En el respeto de la diferencia de ambas vocaciones, somos invitados a vivir todos con la misma actitud y apoyarnos mutuamente en el ejercicio ordinario de lo que específicamente toca a cada uno.

Conscientes de la grandeza y la importancia de nuestra vocación sacerdotal, es muy importante que vivamos comprometidos con ella y sepamos expresarla, día a día, en medio de nuestras ocupaciones.

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De igual manera, es necesario que aprendamos a ser corresponsables con la vocación de los demás; que los fieles laicos aprecien y apoyen la vocación sacerdotal de los consagrados y de los ministros ordenados y que, por su parte, ellos valoren, agradezcan y promuevan el ejercicio del sacerdocio regio de los fieles laicos.

De esta forma, todos -laicos, consagrados y ministros ordenados-, “cual piedras vivas, entramos en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por mediación de Jesucristo” (1Pe 2, 5).

 

*Mons. Daniel Rivera es Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México. 

 

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