La Virgen María: Madre de Dios, de Cristo y de la Iglesia

Con motivo del Día de las Madres reflexionemos sobre la figura de María.
La Virgen María con una corona de flores. Foto: Cathopic
La Virgen María con una corona de flores. Foto: Cathopic

Participa cada lunes a las 21:00 horas (tiempo del centro de México) en La Voz del Obispo en Facebook Live.  Este lunes 9 de mayo podrás conversar con el autor de este texto sobre la Virgen María, Mons. Andrés Luis García Jasso, Obispo Auxiliar.

 

En esta ocasión, y con motivo del Día de las Madres, me gustaría que reflexionáramos en la imagen de la Virgen María como Madre: de Dios, de Cristo y de la Iglesia.


El capítulo 8º de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, intitulado la Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia, dice:

La Virgen María, que al anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo y dio la Vida al mundo, es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor. Redimida de modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo, y unida a Él con un vínculo estrecho e indisoluble, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las otras criaturas, celestiales y terrenas.

Pero a la vez está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de la salvación; y no sólo eso, «sino que es verdadera madre de los miembros (de Cristo), por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza». Por ese motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como a madre amantísima, con afecto de piedad filial (LG 53).

La Constitución Lumen Gentium, se promulgó el 21 de noviembre de 1964, sin embargo, desde muchos años antes la Iglesia ha reflexionado sobre la figura de María como madre. El Concilio de Éfeso (tercer concilio ecuménico celebrado en el año 431) debatió sobre si María debía ser llamada Theotokos o Christotokos. Theotokos significa en idioma griego “Madre de Dios“; identificando y confesando que Jesús, a quien María dio a luz, es Dios.

Había un grupo denominado los nestorianos que preferían que se llamara solo Christotokos, que en griego significa “Madre de Cristo“, no porque negaran la divinidad de Jesús, sino porque creen que Dios Hijo (el Logos) existió antes del tiempo y antes de María, y que Jesús tomó su divinidad de Dios Padre y su humanidad de su madre; así que para ellos, llamar a María “Madre de Dios” era confuso y potencialmente herético. La contraparte creían que negando el título de Theotokos implicaría negar la divinidad de Jesús.

Al final, el Concilio confirmó el uso del término Theotokos, afirmando la indivisibilidad de la divinidad y la humanidad de Jesús. San Cirilo de Alejandría decía: Nació verdaderamente, y no sólo en apariencia o fantásticamente. Aunque, eso sí, sin renunciar a la divinidad ni dejar de ser lo que siempre había sido, es y será: Dios. Y precisamente por esto afirmamos que la santísima Virgen es Madre de Dios.

En cambio, Madre de la Iglesia es un título con el que la Iglesia católica honra a la Virgen María, de modo oficial, desde el Concilio Vaticano II, aunque el título, ya era usado por San Ambrosio de Milán (338-397). Los primeros cristianos consideraban que la Iglesia era su ‘madre’ espiritual, que los daba a luz en el bautismo, constituyéndolos en hijos de Dios a través de los sacramentos. Los mismos apóstoles a menudo se referían a los fieles como a sus hijos espirituales, y dado que María era el símbolo perfecto de la maternidad espiritual de la Iglesia, no dudamos en decir que María es Madre de la Iglesia. Así lo confirmó Jesús desde la Cruz, cuando le dice al apóstol San Juan, «Allí tienes a tu Madre».

La Festividad de María, como Madre de Dios, la celebramos el 1 de enero y como Madre de la Iglesia, el lunes siguiente a Pentecostés.

 

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