La voz del Obispo
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La fiesta y alegría en tiempos del COVID-19

En medio de la vorágine de las fiestas navideñas, a veces nos olvidamos de su sentido más profundo.
Árbol de Navidad
Árbol de Navidad

Participa cada lunes a las 21:00 horas (tiempo del centro de México) en La Voz del Obispo en Facebook Live.  Este lunes 13 de diciembre podrás conversar con el autor de este texto, Mons. Luis Manuel Pérez Raygoza. 

 


Hermanos: Vivan siempre alegres. Sean constantes en la oración. Den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús. No impidan la acción del Espíritu Santo, ni desprecien el don de profecía; pero sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno. Absténganse de toda clase de mal. Que el Dios de la paz los santifique a ustedes en todo y que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que los ha llamado es fiel y cumplirá su promesa (1 Tes 5,16-24).

El final y el comienzo de cada año civil, tradicionalmente son ocasión de grandes festejos y expresiones de alegría en el mundo entero. Obviamente, México no es la excepción, pues en nuestra Patria, la celebración y la fiesta revisten hondos significados antropológicos, sociales y espirituales, profundamente arraigados en la conciencia de los mexicanos.

Las principales fiestas que que figuran en nuestro calendario de final del año son, como bien lo sabemos: la Solemnidad de Todos los Santos, la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, el tiempo de Adviento (y en él las posadas y las convivencias de fin de año) la celebración de la Navidad, el 31 de diciembre, el 1 de enero, la Epifanía del Señor (o en términos más coloquiales, la “Fiesta de los Santos Reyes”) y el día de la Candelaria.

Todas estas celebraciones son ocasión de grandes reuniones familiares y sociales, de diversas y entrañables tradiciones, de adornos multicolores, cantos y, por supuesto, de la confección y degustación de una variada gastronomía y repostería propias de cada fiesta. A esto añadimos los regalos y parabienes que solemos intercambiar y, por los cuales, con tanta frecuencia nos afanamos y extenuamos.

Este año, sin lugar a dudas, nuestro modo de festejar y de alegrarnos será muy distinto y contrastará con aquello a lo que estamos acostumbrados. Por obvias razones, habremos de evitar las reuniones con demasiadas personas, las posadas, las aglomeraciones en centros comerciales y en supermercados, las salidas innecesarias de casa, los tradicionales conciertos navideños, etc.

Ante las circunstancias arriba descritas, cabe preguntarnos: ¿Este año realmente podremos celebrar? Más aún, ¿habrá razones para la alegría durante los próximos días, en medio de la pandemia y la ola de dolor que nos azota?

Pero podemos plantearnos preguntas aún más profundas: ¿Qué y por qué celebramos? ¿Cuál es la causa última de la alegría vinculada a las fiestas de fin de año?

Quizás en medio de la vorágine que ordinariamente acompaña las fiestas navideñas, a veces nos hemos olvidado de su sentido más profundo.

¿Cuál es la razón más profunda de las fiestas navideñas?

La razón y el motivo de “tanta fiesta” es el amor infinito de Dios manifestado en su Hijo único, que se encarnó en el vientre de la Virgen María y, haciéndose ser humano como nosotros, compartiendo en todo nuestra condición humana, menos en el pecado, después de mostrarnos el verdadero rostro del Padre celestial y regalarnos la luz del evangelio, padeció, murió en la cruz y resucitó por nosotros para librarnos del pecado, del vacío, del sinsentido y de la muerte eterna, abriéndonos el acceso a la comunión de conocimiento y amor con Dios y a la participación en su propia vida.

Luego entonces, la causa de nuestra alegría no son las cosas pasajeras: la comida, la música, los regalos, las fiestas, las luces, los adornos, etc. sino Dios mismo. De hecho, los bellísimos adornos navideños y las luces que año con año alegran nuestros sentidos, deberían ser una expresión exterior del gozo inmenso e inenarrable que nos causa el ser, sabernos, y sentirnos incondicional e inmensamente amados por Dios en Cristo.

La alegría que nada nos puede arrebatar

La segunda lectura del tercer domingo de adviento ciclo B (1 Tes 5,16-24), domingo al que llamamos “Domingo de la alegría”, nos recuerda algunas razones y claves para la verdadera alegría, aquella que perdura y que nada ni nadie nos puede arrebatar, aquella por la cual debe haber fiesta dentro del corazón:

-La oración, que nos pone en contacto y diálogo con Dios, para escucharlo, abrirnos a su
amor y vivir de acuerdo con ese amor.
– La gratitud, pues si somos objetivos y sinceros, nos daremos cuenta que hemos recibido de Dios “gracia sobre gracia”: un caudal de dones y bendiciones que quizás nunca terminaremos de agradecer. Sería muy oportuno que durante el Adviento y la Navidad nos demos la oportunidad de recordar, reconocer y agradecer todo lo que Dios nos da: la vida, la fe, la pertenencia a la Iglesia, los sacramentos, nuestra familia, amigos, trabajo,
posibilidades para servir a los demás, etc.
– La apertura y docilidad al Espíritu Santo en cada acto de nuestra vida.
– El discernimiento continuo para descubrir qué es lo que Dios nos pide en cada momento, cuáles son las cosas que valen la pena y de cuáles necesitamos tomar distancia.
– Procurar vivir siempre el bien y el amor, evitando toda expresión de mal y de pecado, por mínima que sea.
– Tener presente que somos del Señor, que vivimos por él y para él y, por lo tanto, orientar hacia él todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo.
– Confianza en el amor y la fidelidad de Dios, que siempre cumple sus promesas.

¡Alegrémonos!, pero alegrémonos en el Señor valorando lo esencial de la vida y adhiriéndonos al manantial y cumbre de nuestra alegría: Dios y su amor por nosotros.

+Luis Manuel Pérez Raygoza es Obispo Auxiliar de México

 

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