El ayuno, la oración y la limosna nos ayudan a salir de la indiferencia

Estas prácticas de piedad durante la Cuaresma nos ayudan a centrar nuestra atención en Dios y en el prójimo.
Una feligresa ora en la Misa de Miércoles de ceniza 2021 en la Catedral de México. Foto: María Langarica
Una feligresa ora en la Misa de Miércoles de ceniza 2021 en la Catedral de México. Foto: María Langarica

Participa cada lunes a las 21:00 horas (tiempo del centro de México) en La Voz del Obispo en Facebook Live.  Este lunes 21 de febrero podrás conversar con el autor de este texto sobre ayuno, oración y limosna en Cuaresma, monseñor Luis Manuel Pérez Raygoza, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México. 

 

Cada año Dios nos regala la Cuaresma como una magnífica oportunidad para revisar atentamente las profundidades de nuestro corazón, tomar conciencia de cómo estamos viviendo la gracia del bautismo e intensificar nuestra conversión para vivir cada vez mejor como hijos de Dios, discípulos de Cristo, templos del Espíritu Santo y miembros vivos de la Iglesia, dando testimonio de nuestra fe en los ambientes en que vivimos.


En otras palabras, la Cuaresma es un tiempo especial de intenso trabajo espiritual orientado hacia una vivencia más consciente y genuina de lo que ya somos por el Bautismo: hijos de Dios en Cristo por la participación sacramental en su misterio pascual. De ahí que en la vigilia pascual renovamos año con año nuestras promesas bautismales después de haber recorrido el camino cuaresmal de conversión y purificación.

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La globalización de la indiferencia

La conversión siempre está encaminada a madurar en el amor a Dios y al prójimo, saliendo de nosotros mismos, renunciando a la auto-referencialidad y al egoísmo para darnos a los demás.

Sin embargo, hay una actitud que obstaculiza gravemente el camino de la conversión bloqueando la apertura a Dios y a los hermanos: la indiferencia. Así lo hizo notar el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma del año 2015 hablándonos de la globalización de la indiferencia”:

Ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Ayuno, oración y limosna, tres recursos ascéticos

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

Con la indiferencia no será posible jamás construir el presente y el futuro de justicia, paz, solidaridad, desarrollo y oportunidades para todos que seguramente deseamos como miembros de la sociedad y de la Iglesia.

Por eso, para impulsarnos en el camino de la conversión y de la madurez en el amor, dejando de lado la indiferencia, la Iglesia nos sugiere tres medios muy apreciados en la milenaria ascética cristiana: el ayuno, la oración y la limosna; estos tres recursos ascéticos nos “arrancan” de nosotros mismos y nos ayudan a centrar nuestra atención en Dios y en el prójimo.

El ayuno nos ayuda para unir nuestro corazón con Dios aceptándolo como nuestro Sumo Bien, como el Único necesario; a morir a nosotros mismos para abrirnos a nuestros hermanos, a experimentar en carne propia el drama de quienes padecen hambre cotidianamente y socorrerlos, a crecer en el dominio sobre nuestros impulsos primarios y a superar la excesiva atención sobre nosotros mismos.

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La limosna y todas las obras de misericordia (materiales y espirituales) también nos hacen salir de nosotros mismos, abrirnos a los demás, renunciar a las diversas formas de egoísmo, crecer en la caridad con obras concretas y vivir nuestra existencia en clave de donación y servicio a los demás.

Finalmente, la oración nos abre hacia Dios y nos pone en contacto con él mediante la adoración, la alabanza, la acción de gracias, la petición de perdón, la súplica y la intercesión, reconociéndolo como fuente y origen de todo bien y recordando que somos criaturas que solamente tenemos consistencia en él.

 

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