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¿Las medidas de la Iglesia contra el coronavirus son falta de fe?

Confiamos en la ayuda de Dios, pero tenemos la obligación de poner todos los medios a nuestro alcance para superar la desgracia.
La Iglesia Católica recomienda tomar medidas para prevenir el contagio de coronavirus. Foto: Vatican Media
La Iglesia Católica recomienda tomar medidas para prevenir el contagio de coronavirus. Foto: Vatican Media

La humanidad ha padecido siempre las epidemias de enfermedades mortales. La ciencia ha progresado mucho y casi las ha eliminado. Gracias a las vacunas han desaparecido algunas enfermedades que herían a la sociedad. La viruela, por ejemplo, casi ha pasado a la historia. Los médicos están logrando darnos cada vez mayores esperanzas de vida.

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Cuando una persona estornuda, acostumbramos desearle “¡salud!”, y así lo manda la cortesía. Esta expresión tiene su historia. En aquellas famosas pestes que asolaron a la humanidad y que llegaron a acabar con más de la mitad de Europa, un estornudo era el síntoma inicial de la enfermedad y entonces les decían “¡salud te dé Dios!” o, más claramente: “¡Jesús te ayude!”. Todavía algunos mexicanos acostumbramos decir “¡Jesús!” cuando alguien estornuda.

¿Por qué decimos "salud" cuando alguien estornuda?

¿Por qué decimos “salud” cuando alguien estornuda?

El cocolixtli

Antes de la llegada de los españoles, que nos trajeron la fatal viruela y el sarampión, ya los habitantes de nuestras tierras sufrían constantes epidemias que diezmaban la población. A pocos años de la conquista, a finales de 1444 y principios de 1445 hubo una tremenda epidemia de cocolixtli, palabra náhuatl que significa “comezón atroz”, y que, a juicio de algunos médicos, era una enfermedad parecida a la tifoidea que se caracterizaba por las ronchas que aparecían en la piel y las hemorragias mortales. Todos los días enterraban a más de cien víctimas de esa epidemia que provocó la muerte de más de 12 mil habitantes de la ciudad.

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Los franciscanos organizaron una procesión de niños indígenas, de seis a siete años, que fueron caminando desde Santiago Tlatelolco hasta el santuario de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac. Durante el camino, fueron haciendo oración, rogando a Dios el remedio para la epidemia. En el Museo de la Basílica de Guadalupe podemos ver un gran óleo que recuerda esta procesión y en ella vemos a los niños vestidos de penitentes, llevando sobre sus rostros capuchas propias de esas fraternidades que acostumbraban hacer penitencia. ¿Sirvió?

Los cronistas cuentan que al día siguiente de esta procesión comenzaron a cesar los muertos y ya tan sólo enterraron a uno o dos afectados por la peste.

A Dios rogando y con el mazo dando

Hay algunas ideas que tenemos que sacar de nuestra mente. Sobre todo la que nos hace pensar que estas catástrofes son castigos divinos. Eso va contra la buena fama de Dios. Los terremotos, marejadas, ciclones, inundaciones y epidemias son catástrofes que tienen un origen natural. En el caso de las epidemias, a veces somos los hombres quienes las ocasionamos por nuestro descuido higiénico. Lo mismo podemos decir del hambre y de la guerra. Dios no es el causante de estas calamidades.

Personas con maletas cruzan la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Foto: Pablo Esparza

Una mujer ora de rodillas frente a la Basílica de San Pedro, cerrada por la pandemia de coronavirus. Foto: Pablo Esparza

La humanidad tiene que aprender a vencer estos problemas como, de hecho, lo hace.
Confiamos en la ayuda de Dios, pero tenemos la obligación de poner todos los medios a nuestro alcance para superar la desgracia. “Ayúdate, que yo te ayudaré”, dice la sabiduría popular.

De lo malo Dios saca lo bueno

Dios no quiere la desgracia del hombre, pero sabe sacar frutos buenos de esos momentos de calamidad. ¿Se han fijado como esos momentos de calamidad despiertan entre nosotros muchos valores que parecían dormidos? Admiramos la generosidad, el espíritu de servicio, el trabajo abnegado de tantas personas que buscan nuestro bien, arriesgando el suyo. La calamidad produce héroes.

Un guardia de seguridad con cubrebocas en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Foto: Pablo Esparza

Un guardia de seguridad con cubrebocas en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Foto: Pablo Esparza

San Carlos Borromeo era un cardenal, arzobispo de Milán, príncipe por derecho familiar, y movido por el amor al prójimo, murió contagiado por los enfermos que atendía personalmente durante una epidemia. Lo mismo sucedió con San Luis Gonzaga, un jesuita jovencito que murió igualmente contagiado.

Como cristianos, pues, debemos pedir a Dios que nos ayude a combatir el mal, debemos poner todos los medios para combatirlo y evitarlo en nuestra familia, debemos ser serviciales y colaborar en lo que podamos para ayudar a las víctimas y debemos no perder nuestra esperanza, esa virtud que nos ayuda a superar los males confiando en la paternidad de Dios.

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