Notas evangélicas, 2
Sí, Señor: todos te buscan, todos te buscamos: los sanos y los enfermos; los ricos y los pobres; los justos y los pecadores
El Señor habló a Moisés: -Di a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas: “El Señor te bendiga y te guarde, el Señor te muestre su rostro radiante y tenga piedad de ti, el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Números 6, 22-27).
La Iglesia proclama cada año, el 1 de enero, esta antigua bendición. Es que la mejor manera de empezar el año es decidirse a mostrar -por fin- un rostro radiante. ¿Y para qué va a mostrarnos Dios su rostro sino para que el nuestro se parezca al suyo? ¡Cuántos cristianos con cara de pocos amigos andan por estos
contornos o rincones del mundo! ¡Y cuánta severidad y mal humor delatan cada uno de sus movimientos! Pero hay que ser sinceros: nadie quiere tratos con gente así: ceñuda y avinagrada, descontenta y grosera. Dijo una vez el escritor francés Georges Bernanos (1888-1948): “Ningún cristiano debería atreverse a salir de su cuarto si antes no ve reflejado en el espejo un rostro resucitado”. Pero, ¿quién se toma en serio tan prudente consejo?
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Nunca acabaremos de comprender lo que significa que Dios sea Padre nuestro. Dios no es “el gran relojero” de la tradición iluminista. Un relojero fabrica sus relojes, les concede un periodo de garantía y luego se desentiende de ellos.
Tampoco es “el gran arquitecto” de la tradición masónica: un arquitecto construye lo que le han encargado hacer, se va. Pero tampoco es “la gran energía” de las tradiciones orientales: con la energía no se puede hablar, y quien lo hiciera se vería tan ridículo como quien, en un rapto de soledad, se pusiera a
platicar con el foco de su estudio. Dios es Padre. Es lo que Cristo nos vino a decir. Ése es el centro de su mensaje. Un padre que dice a cada uno: “¡Tú eres mi hijo, a quien yo quiero!” (Mateo 17, 5).
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A lo largo de mi vida he podido escuchar muchas definiciones de lo que es ser cristiano, y he leído, también, bastantes libros que hablan del mismo asunto. Pero ninguna explicación ha tocado tanto mi alma como ésta que da Tertuliano (160- 220) en su Tratado sobre el bautismo: “Nosotros, pequeños peces, llamados así por nuestro ‘Ictys’ (pez, en griego: acróstico de Jesús-Cristo, Salvador de los hombres), nacemos en el agua y no podemos conservar nuestra vida más que permaneciendo en ella”. Sí, los cristianos nacimos en el agua, como los peces: en el agua del bautismo, y si alguien nos sacara de ella (de la Iglesia, de la comunión con Cristo) sencillamente nos moriríamos. Ser cristiano es haber sido tomado por la red de Cristo y no poder ya vivir sin Él, pues para un cristiano vivir sin Cristo sería tanto y tan peligroso como salir del agua para ir a dar a un mundo que no está hecho a su medida y que terminará asfixiándolo.
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Si la fe fuera sólo una simple declaración verbal de la santidad de Dios, los demonios serían creyentes perfectos. Por lo que se puede constatar al leer los evangelios, ellos saben bastante de teología dogmática: reconocen que Jesús es el Señor, y además lo dicen gritando. Pero, ¿de qué les sirve, si siguen siendo demonios? La fe, pues, no puede ser un mero movimiento de los labios; y, así, aunque alguien dijera mirando al crucifijo: “Tú eres Dios”, aún le quedaría mucho por hacer. La fe es una confesión verbal, sí, pero es todavía mucho más: es entregar la vida, los pensamientos, el corazón. De un anciano que había vivido toda su vida como un libertino, me dijo un día emocionada su hija: “¡Mi padre ya casi cree! Acaba de decirme que después de todo es posible que haya un Dios”.
Triste consuelo. Pues aunque el anciano hubiera dicho que Jesús es el Hijo del Altísimo, y lo dijera a voz en cuello, no por eso habría aventajado aún a los demonios.
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Antes los nombres de las personas se elegían con sumo cuidado, pues se creía que el nombre definía ya la misión que éstas debían realizar en la vida. A Juan el Bautista, por ejemplo, sus parientes querían imponerle el nombre de Zacarías, como su padre, pero éste, desde su mudez, protestó, diciendo: “Juan es su nombre” (Lucas 1, 57ss). Hoy a los niños se les pone el nombre que sea, incluso el más raro o exótico, sólo porque así se llama algún astro de la televisión. Y, sin embargo, imponer un nombre es algo más serio de lo que se cree. Una vez, según cuenta Anselm Grün, una mujer fue a verlo para quejarse con él de su vida difícil.
¡Quería incluso quitarse la vida! Entonces el monje benedictino le preguntó: “¿Cómo te llamas?”. -Hilda –respondió ésta. -Hilda, es decir, “la que combate”.
La mujer no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Así que eso era lo que significaba su nombre? Y desde ese momento, ella decidió ponerse a la altura de las circunstancias y combatir sus estados de ánimo depresivos.
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“Señor, todos te andan buscando” (Lucas 1, 37), dijeron una vez los disípulos al Señor. Lo que quisieron expresar fue un reproche, pero lo que les salió fue una profecía. Sí, Señor, todos te buscan, aunque no lo sepan. Todos te buscamos. El avaro, al apilar sus billetes en las noches oscuras, al resguardo de las miradas ajenas, te está buscando: quiere que su dinero le dé la seguridad que sólo en Ti puede encontrar. Y el hombre que no habla más que de sexo, también te busca: busca en los cuerpos la profunda alegría, esa que no encontrará más que en Ti.
¡Ah, si supiera el nombre que se oculta detrás de sus deseos. Sí, Señor: todos te buscan, todos te buscamos: los sanos y los enfermos; los ricos y los pobres; los justos y los pecadores. Incluso las aves, cuando cantan posadas en las ramas de los árboles, o cuando vuelan alto en el cielo, cantan para Ti. También la creación te busca. “Porque nos hiciste para ti, nuestro corazón andará inquieto hasta que
descanse en ti” (San Agustín, Confesiones 1, 1, 1).

