¡La paz esté con ustedes!

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COLUMNA

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¡La paz esté con ustedes!

La fe cristiana no nace de una idea ni de un sentimiento, sino de un acontecimiento real: la resurrección de Cristo. Como Tomás, también nosotros estamos llamados a creer en Aquel que venció verdaderamente la muerte y nos regala su paz.

23 febrero, 2026
¡La paz esté con ustedes!
Santo Tomás toca las llagas de Cristo resucitado, signo de que la resurrección proclamada por la fe cristiana es un acontecimiento real. Foto: IA Desde la fe

No una, sino muchas veces, he oído decir a más de un cristiano que no le importaría nada que la resurrección de Cristo fuese un hecho más espiritual que histórico, y que lo más importante, después de todo, es que él siga vivo en el corazón de los hombres.

-Sí –oigo que dicen éstos-, lo importante es que, dos mil años después, Cristo sigue existiendo en la memoria y en el afecto de sus discípulos. Si resucitó de veras, como dicen los relatos evangélicos –es decir, físicamente-, eso es lo de menos.

¡Vaya manera de hablar! ¡Pues no, no y no, señores! Si Cristo no resucitó realmente, vana es nuestra fe, vana nuestra predicación –como dijo San Pablo (1 Corintios 15, 14)- y vana nuestra vida, también, pues al final todos nos vamos a morir.

¡No es una resurrección puramente espiritual –sólo en el alma y en el corazón de los creyentes- lo que anunciaron los apóstoles el día de Pentecostés, sino una resurrección verdadera: en alma y cuerpo, en divinidad y, por supuesto, también en humanidad!

“Al anochecer del día de la resurrección…, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz esté con ustedes’… Tomás, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: ‘Hemos visto al Señor’. Pero él les contestó: ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré’” (Cf. Juan 20, 19-29).

A menudo tachamos a Tomás de incrédulo, díscolo y malvado por exigir pruebas; y, sin embargo, él lo único que quería era ver y tocar. Quería cerciorarse de que la resurrección no era solamente un acontecimiento místico y espiritual sino algo real y verdadero. Él quería, para desengañarse, ver a Jesús: verlo con sus ojos y tocarlo con sus manos. ¡Y lo hizo!…

“Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba entre ellos. Jesús se presentó entonces en medio de ellos y les dijo: ‘La paz esté con ustedes’. Luego le dijo a Tomás: ‘Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree’”.

¡Bendito Tomás que nos allanó el camino! Yo estoy con él. Y creo que, de haber estado en el grupo de los apóstoles, habría pedido las mismas pruebas que él. Porque la resurrección no es –ni debe ser- un misterio vaporoso, sino algo visible y tangible. Gracias a Tomás y a su terca insistencia, yo puedo ahora creer.

Si me está permitido expresarme así, él dudó para que yo creyera. Tratemos de imaginar a un hombre perdidamente enamorado de una mujer…, de una mujer que no existe, de un ser inexistente. ¿No diríamos que este hombre está loco? Tal vez alabaríamos su sensibilidad, pero el suyo sería un
amor sin objeto; sin objeto en el doble sentido que puede tener esta expresión: sin el ser amado y, por lo tanto, sin sentido.

Una vez, hace muchos años, el gran filósofo francés Jean Guitton (1900-1998) escribió así en uno de sus libros: “Si un día se encontraran los huesos de Cristo, mi fe quedaría destruida… Ya no sería católico y pondría en mi testamento: ‘He engañado y me han engañado al creer en la resurrección tal y como la Iglesia católica la ha presentado siempre’”. ¡Y yo suscribo sus palabras letra por letra! Si Cristo no resucitó de veras, ¿para qué seguirlo? Si no pudo vencer la muerte, ¿por qué habría yo de darle mi vida?… Tenía razón Pablo cuando dijo: “Si Cristo no resucitó, somos los más desdichados de los hombres…”.

Sin embargo, hay algo más. Ahí no acaba la respuesta de Cristo a Tomás, sino que, aparte de mostrarle las marcas de los clavos, le dice: “Tomás, tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”. Como si le dijese: “Tú eres dichoso, Tomás, porque has podido cerciorarte; pero más dichosos que
tú serán los que crean sin haberme visto ni tocado”.

¡Sí, nosotros debemos considerarnos más dichosos que él, porque, sin haber visto al Señor, le servimos y lo amamos! Y que estas palabras de Jesús fueron dichas en elogio nuestro, lo afirma san Agustín (354-430) en uno de sus tratados: “Para consolarnos a nosotros, que no podemos tocar al Señor pero podemos llegar a él por la fe, Jesús dijo al discípulo que pidió tocar para creer: ‘Dichosos los que creen sin haber visto’. Él habla de nosotros, nos señala a nosotros. ¡Que se cumpla, pues, en nosotros, esta bienaventuranza que el Señor nos prometió!” (Tratado sobre la primera carta de San Juan I, 3).

¡Sí, que se cumpla en nosotros esta bienaventuranza! ¡Que seamos dichosos! Ser dichoso es tener paz, es vivir en paz.

“Que la paz esté con ustedes”, dijo el Señor repetidamente a sus discípulos perplejos. Tú que me lees, ¿tienes paz? Yo que escribo, ¿tengo paz, o vivo más bien atormentado? Y bien: la fe tiene el poder secreto –pero real- de hacernos dichosos: basta con que lo queramos.

Un santo de nuestro tiempo –el padre Pío de Pieltrecina (1887-1968) daba siempre a sus dirigidos el siguiente consejo: “El Espíritu Santo es Espíritu de paz; incluso cuando pecamos gravemente nos hace percibir un dolor tranquilo, humilde y confiado, debido precisamente a su misericordia. Por el contrario, el espíritu del mal inquieta, exaspera y nos hace experimentar, cuando fallamos, una especie de cólera contra nosotros; y, sin embargo, hacia nosotros mismos deberíamos ejercer la primera de las caridades. Por eso, cuando estás atormentado por ciertos pensamientos, esa agitación no proviene de Dios, sino del demonio; pues Dios, por su Espíritu de paz, te da serenidad”.