Dios siempre está presente

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COLUMNA

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Dios siempre está presente

Creer en Dios no es una obligación impuesta, sino una elección libre que enriquece la existencia; ante las dudas y los desafíos

20 enero, 2026
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Autor

Consultor en temas de seguridad, justicia, política, religión y educación. 

¿Debemos creer en Dios? Esta interrogante es teológica y filosófica, pues toca las raíces de nuestra ontología, nuestra ética y nuestro anhelo por un sentido trascendente.

En un mundo dominado por la tecnología y las certidumbres científicas, creer en un Ser Supremo podría parecer un acto de irracionalidad. Sin embargo, la respuesta, desde una perspectiva al menos personal, es un sí. No se trata de una creencia ciega, sino de una forma de visión que transforma la existencia, revelando que Dios no es un concepto abstracto, sino una presencia constante que acude a nosotros en el silencio de la necesidad.

La realidad no se agota en lo visible; creer en Dios implica reconocer que Él está siempre presente, un acompañante invisible en el flujo de la vida. No es un dios distante, es un Dios personal, que interviene en la historia humana. Siempre acude a nosotros, no necesariamente con milagros estruendosos, sino con susurros en la conciencia, con coincidencias que revelan un diseño mayor, con la paz que sobrepasa el entendimiento en medio del caos.

Pero ¿por qué creer? Porque siempre que invocamos su presencia y su ayuda con genuina fe, Él responde. También habrá que reconocer que su intervención no siempre se ajusta a nuestras expectativas; a menudo, se manifiesta en formas inesperadas, desafiando nuestra comprensión. En ocasiones queremos imponer nuestra agenda, moldear el mundo a nuestra imagen, pero los planes de Dios son más grandes, infinitamente más sabios.

San Mateo lo expresó: “Pidan y Dios les dará; busquen y encontrarán; llamen y Dios les abrirá.” (Mt. 11:9).
Cuando no entendemos su voluntad, como en el sufrimiento inexplicable o las puertas cerradas, surge la tentación de rebelarnos; pero por el contrario esta incomprensión es una invitación a la humildad, a reconocer que nuestra perspectiva es finita; creer en Dios nos infunde un propósito en un universo que de otro modo sería confuso para algunos.

¿Por qué un Dios bondadoso permite el sufrimiento? Esta duda, ha sido explorada desde hace décadas, es así que no podemos olvidar que la fe no niega el mal; lo transciende. Un ejemplo paradigmático de esta fe transformadora se encuentra en la batalla de Jericó, narrada en el Libro de Josué. Los israelitas, enfrentaban una ciudad inexpugnable, con altas murallas; Dios no les ordenó un asalto convencional, con armas y estrategias; en cambio, les pidió un acto de obediencia: marchar alrededor de las murallas durante siete días; su fe en Dios y en su poder hizo que las murallas cayeran sin enfrentamiento, sólo después de tocar las trompetas.

Jericó ilustra que cuando creemos en su ayuda, Dios responde de maneras que superan nuestra comprensión. No fue la fuerza humana lo que triunfó, sino la sumisión a un designio mayor, recordándonos que la verdadera victoria radica en la confianza, no en el control.

Creer en Dios no es una obligación impuesta, sino una elección libre que enriquece la existencia; ante las dudas y los desafíos, recordemos que sus planes son siempre para nuestro bien; tengamos presente lo que dice el Padre Nuestro: “hágase tu voluntad”.


Autor

Consultor en temas de seguridad, justicia, política, religión y educación.